Podemos salvar vidas
Por George Cassidy Payne
Existe un sonido particular propio de los terremotos: el de las personas llamando desde entre las ruinas. Una madre llamando a su hijo. Un rescatista pidiendo silencio a gritos. Un perro ladrando en algún lugar bajo el hormigón. Y luego, a veces, el sonido que todos esperaban: un llanto, una respiración, un susurro.
Alguien está vivo.
Tras el terremoto del 10 de agosto en Colombia, los rescatistas oyeron a un hombre pedir ayuda desde debajo de un edificio derrumbado. Dijo que estaba vivo y que se encontraba con un bebé. Finalmente, la pequeña y su madre fueron rescatadas.
Fue un momento de extraordinaria esperanza. Pero la esperanza se complica cuando recordamos que otros niños murieron. Algunas personas fueron sacadas con vida de los escombros; otras no. Los hogares desaparecieron. Las familias quedaron separadas. Comunidades enteras se quedaron buscando a personas que tal vez nunca serían encontradas.
Y esto plantea una pregunta que ha inquietado a filósofos y teólogos durante siglos: ¿Cómo puede coexistir un Dios bondadoso con un mundo en el que sufren personas inocentes?
Después de que el terremoto de Lisboa de 1755 acabara con la vida de decenas de miles de personas, Voltaire cuestionó célebremente la creencia optimista de que habitamos el mejor de los mundos posibles. El problema persiste. Mueren niños sin haber hecho nada para merecerlo. Los animales sufren sin entender por qué. Las familias pueden perderlo todo en cuestión de segundos.
No tengo una respuesta satisfactoria para ese problema. De hecho, desconfío de las respuestas que llegan demasiado rápido.
Decir «todo sucede por una razón» no es una respuesta adecuada para un padre que sufre una pérdida. Tampoco lo es decir «era el plan de Dios». Tales afirmaciones pueden ofrecer consuelo a algunos, pero también pueden convertir el sufrimiento de otra persona en una mera explicación intelectual.
A veces, la respuesta teológica más honesta es simplemente: no lo sé.
Pero la incertidumbre sobre por qué existe el sufrimiento no implica incertidumbre sobre qué debemos hacer al respecto.
No podemos impedir que las placas tectónicas se muevan bajo nuestros pies. La Tierra es un planeta dinámico. Su corteza se desplaza, las montañas se elevan y se erosionan, los minerales circulan y las fuerzas geológicas actúan a lo largo de millones de años. El mismo planeta inquieto que provoca terremotos es también el que dio origen a los océanos, los bosques, la biodiversidad y, finalmente, a nosotros.
Quizás un mundo capaz de albergar vida compleja no pueda ser, al mismo tiempo, un mundo perfectamente seguro.
Quizás sí podría serlo. No lo sabemos.
Pero sí sabemos algo más: las consecuencias de un terremoto no dependen únicamente de la geología. Un terremoto es un fenómeno natural; un desastre con múltiples víctimas es, en parte, una creación humana.
El suelo no decide si un edificio resistirá las sacudidas; eso lo decidimos nosotros. La tierra no decide si un hospital cuenta con energía de emergencia; eso lo decidimos nosotros. Una falla geológica no decide si se cumplen las normas de construcción, si las comunidades vulnerables reciben la preparación adecuada, si los equipos de primera respuesta disponen del equipo necesario o si los gobiernos invierten en sistemas de alerta temprana. Esas son decisiones humanas.
Aquí es donde la conversación sobre el sufrimiento debe trascender la pregunta de por qué Dios permite los terremotos y centrarse en lo que los seres humanos nos debemos unos a otros cuando estos ocurren.
Podemos construir estructuras más seguras, hacer cumplir las normas sísmicas y reforzar hospitales y escuelas. Podemos mejorar las comunicaciones de emergencia y los sistemas de alerta temprana. Podemos capacitar a los equipos de primera respuesta y garantizar que el personal médico cuente con el equipo y el apoyo necesarios cuando los sistemas habituales colapsan. Podemos establecer acuerdos internacionales que permitan al personal de rescate, a los medicamentos y a los suministros cruzar fronteras rápidamente ante un desastre. Y podemos prestar especial atención a las personas que ya son vulnerables: los pobres, los ancianos, los niños, las personas con discapacidad y las comunidades que habitan estructuras con menor capacidad para resistir un desastre.
No se trata de responsabilidades vagas, sino de expresiones de solidaridad.
Cuando alguien queda atrapado bajo el hormigón, la pregunta más importante no es si pertenece a nuestra religión, nacionalidad, partido político o clase económica. La pregunta es si podemos llegar hasta esa persona.
Por eso la imagen de un rescatista sacando a un bebé de entre los escombros tiene tanta fuerza. Podemos llamarlo milagro. Podemos llamarlo valentía. Podemos llamarlo ciencia, capacitación y una coordinación humana extraordinaria. Es todo eso a la vez. Pero en ese momento ocurre algo más: seres humanos que se niegan a abandonarse mutuamente. Quizás esa sea la respuesta más importante a nuestro alcance.
El teólogo John Hick describió el mundo como un «valle de formación del alma», sugiriendo que el valor, la compasión y la responsabilidad moral se desarrollan a través de la lucha. Hay sabiduría en la idea de que la adversidad puede revelar nuestra capacidad para el bien.
Pero debemos ser cautelosos. El sufrimiento no nos hace mejores automáticamente. A veces, simplemente destruye. Un niño aplastado por un terremoto no se vuelve más valiente por el hecho de que el terremoto haya ocurrido.
Existe una profunda diferencia entre afirmar que los seres humanos pueden encontrar sentido en el sufrimiento y decir que el sufrimiento fue creado precisamente para dar lugar a ese sentido.
Lo primero honra la resiliencia humana; lo segundo corre el riesgo de trivializar la tragedia. Prefiero dejar algunas preguntas sin respuesta antes que ofrecer certezas que resten valor al dolor de otra persona
¿Por qué tembló la tierra bajo la cama de aquel niño? No lo sé.
¿Podría Dios haber creado un mundo sin terremotos? No lo sé.
¿Habría podido un mundo así sustentar la vida tal como la conocemos? No lo sé.
Pero sí sé que se nos ha dado un mundo en el que nuestras decisiones importan. No podemos hacer que la Tierra sea un lugar perfectamente seguro, pero sí podemos hacer que los seres humanos estén más seguros en ella. Podemos prepararnos y construir con sensatez. Podemos responder con rapidez y realizar labores de rescate. Podemos cuidar a los heridos y negarnos a abandonar a quienes han quedado atrapados bajo los escombros.
Ahí es donde convergen la teología y la responsabilidad cívica. Quizás nunca comprendamos por qué a veces la tierra se mueve bajo nuestros pies, pero podemos decidir qué sucede después de que eso ocurra.
No podemos controlar los movimientos de la tierra, pero sí podemos elegir acercarnos los unos a los otros. Y cuando el suelo cede, esa elección puede convertirse en el terreno más firme que poseemos.
George Cassidy Payne, colaborador de PeaceVoice, es un escritor radicado en Rochester cuya obra se sitúa en la intersección de la política, la ética y la experiencia vital. Como poeta, filósofo y consejero de crisis para la línea 988, aborda temas relacionados con la democracia, la justicia y la resiliencia comunitaria.
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We can’t stop earthquakes
We can save lives
There is a particular sound that belongs to earthquakes: people calling into the ruins. A mother calling for a child. A rescuer shouting for silence. A dog barking somewhere beneath the concrete. Then, sometimes, the sound everyone has been waiting for—a cry, a breath, a whisper.
Someone is alive.
After the August 10 earthquake in Colombia, rescuers heard a man calling from beneath a collapsed building. He was alive, he said, and he was with a baby. The infant and her mother were eventually rescued.
It was a moment of extraordinary hope. But hope becomes complicated when we remember that other children died. Some people were pulled alive from the rubble. Others were not. Homes disappeared. Families were separated. Communities were left searching for people who might never be found.
And this raises a question that has troubled philosophers and theologians for centuries: How can a good God coexist with a world in which innocent people suffer?
After the Lisbon earthquake of 1755 killed tens of thousands, Voltaire famously challenged the optimistic belief that we inhabit the best of all possible worlds. The problem remains with us. Children die without having done anything to deserve it. Animals suffer without understanding why. Families can lose everything in a matter of seconds.
I have no satisfying answer to that problem. In fact, I am suspicious of answers that arrive too quickly.
“Everything happens for a reason” is not an adequate response to a grieving parent. Neither is “It was God’s plan.” Such statements may offer comfort to some, but they can also turn another person’s suffering into an intellectual explanation.
Sometimes the most honest theological response is simply: I don’t know.
But uncertainty about why suffering exists does not mean uncertainty about what we should do about it.
We cannot stop tectonic plates from moving beneath our feet. Earth is a dynamic planet. Its crust shifts, mountains rise and erode, minerals circulate and geological forces operate over millions of years. The same restless planet that produces earthquakes is also the planet that produced oceans, forests, biodiversity and, eventually, us.
Perhaps a world capable of sustaining complex life cannot also be a perfectly safe world.
Perhaps it could.
We don’t know.
But we do know something else: the consequences of an earthquake are not determined by geology alone. An earthquake is a natural event. A mass-casualty disaster is partly a human creation.
The ground does not decide whether a building will withstand shaking. We do. The earth does not decide whether a hospital has emergency power. We do. A fault line does not decide whether building codes are enforced, whether vulnerable communities receive adequate preparation, whether first responders have the equipment they need or whether governments invest in early-warning systems. Those are human choices.
This is where the conversation about suffering needs to move beyond the question of why God allows earthquakes and toward the question of what human beings owe one another when they occur.
We can build safer structures, enforce seismic standards, strengthen hospitals and schools. We can improve emergency communications and early-warning systems. We can train first responders and ensure that medical teams have the equipment and support they need when ordinary systems collapse. We can make international agreements that allow rescue personnel, medicine and supplies to cross borders quickly when disaster strikes. And we can pay particular attention to people who are already vulnerable—the poor, the elderly, children, people with disabilities and communities living in structures least capable of withstanding disaster.
These are not vague responsibilities but expressions of solidarity.
When someone is trapped beneath concrete, the most important question is not whether they belong to our religion, nationality, political party, or economic class. The question is whether we can reach them.
This is why the image of a rescuer pulling a baby from the rubble carries such power. We can call it a miracle. We can call it courage. We can call it science, training and extraordinary human coordination. It is all of those things. But there is something else happening in that moment: human beings refusing to abandon one another. That may be the most important answer available to us.
Theologian John Hick described the world as a “vale of soul-making,” suggesting that courage, compassion and moral responsibility develop through struggle. There is wisdom in the idea that adversity can reveal our capacity for goodness.
But we should be careful. Suffering does not automatically make us better. Sometimes it simply destroys. A child crushed by an earthquake does not become more courageous because the earthquake happened.
There is a profound difference between saying that human beings can create meaning from suffering and saying that suffering was created for the sake of that meaning.
The first honors human resilience. The second risks explaining away tragedy. I would rather leave some questions unanswered than offer certainty that diminishes another person’s grief.
Why did the earth move beneath that child’s bed? I don’t know.
Could God have created a world without earthquakes? I don’t know.
Could such a world have sustained life as we know it? I don’t know.
But I do know that we have been given a world in which our choices matter. We cannot make Earth perfectly safe but we can make human beings safer upon it. We can prepare and build wisely. We can respond quickly and rescue. We can care for the wounded and refuse to abandon the people beneath the rubble.
That is where theology and civic responsibility meet. We may never understand why the earth sometimes moves beneath us. But we can decide what happens after it does.
We cannot control the movement of the earth. But we can choose to move toward one another. And when the ground gives way, that choice may be the most solid ground we have.
George Cassidy Payne, syndicated by PeaceVoice, is a Rochester-based writer whose work sits at the intersection of politics, ethics, and lived experience. A poet, philosopher, and 988 crisis counselor, he covers issues of democracy, justice, and community resilience.
