Los demócratas moderados cometen un error
Por/By Bob Topper
En un ensayo anterior sobre «Por qué los demócratas perdieron la confianza del electorado», señalé que el índice de aprobación del Partido Demócrata era de un pésimo 33%. Nueve meses después, su aprobación sigue siendo baja, con un 37,8%, apenas superior a la de Trump, y eso después de que la incompetencia y la corrupción de su administración se hayan hecho evidentes para todos, excepto para sus seguidores más acérrimos. Aun así, los demócratas esperan ganar la Cámara de Representantes y posiblemente el Senado en las elecciones de mitad de mandato.
Pero la esperanza no es estrategia y corre el riesgo de cegar a los demócratas ante una dura realidad. A pesar del descontento generalizado con la administración actual, el Partido Demócrata sigue gozando de menor popularidad entre los votantes que el Partido Republicano. Criticar a Trump no es suficiente. Para recuperar la confianza del electorado, también deben reevaluar y modificar sus propias políticas y posturas.
Muchos demócratas moderados atribuyen esta debilidad en las encuestas al ala progresista del partido. Un reciente artículo del New York Times, titulado «Demócratas moderados se preparan para la “guerra” contra una izquierda en ascenso», informa que un grupo moderado considera las victorias progresistas «profundamente preocupantes» y planea una campaña de 15 millones de dólares contra el socialismo democrático. Otro artículo del Times argumenta que «Bernie Sanders no le está haciendo ningún favor al partido».
Los moderados están cometiendo un error. En lugar de luchar contra la izquierda, deberían escuchar. Su mensaje conecta con los estadounidenses de a pie, hartos del establishment, de la enorme cantidad de dinero opaco en la política y de un gobierno que prioriza los intereses de las corporaciones y los ricos por encima del bien común.
No es que la izquierda del partido coincida en todos los temas. Las guerras culturales, financiadas en gran medida por multimillonarios e intereses corporativos para desviar la atención de la desigualdad de ingresos, continuarán. Pero la gente no se dejará engañar para siempre y, si se centran en la justicia económica, la izquierda y la derecha pueden encontrar puntos en común.
La reciente victoria de Abdul Sayed en Michigan, la de Mamdani en Nueva York y el entusiasta apoyo que Bernie Sanders obtuvo en 2016 muestran el camino que deberían seguir los demócratas moderados: un camino que conduce a un capitalismo regulado, a una socialdemocracia, es decir, una economía capitalista de libre mercado que recauda impuestos para financiar la sanidad, la educación y el bienestar social, como en los países nórdicos.
Dinamarca, Suecia, Noruega y Finlandia practican la socialdemocracia. Cuentan con sólidas economías capitalistas de libre mercado, combinadas con amplios programas de bienestar público, propiedad privada y altos niveles de regulación. Además, los habitantes de los países nórdicos presentan índices de democracia, felicidad e ingresos medios significativamente superiores a los de la población estadounidense.
En su camino hacia la socialdemocracia, los demócratas deben tener claro que esto no es socialismo. El socialismo es un sistema en el que el gobierno posee y regula las grandes empresas, en lugar de los particulares. El Partido Demócrata tradicional no apoya la nacionalización de las empresas privadas. Pero resulta irónico que, mientras Trump y los republicanos de MAGA arremeten contra el socialismo, se las ingenien para convertir a Estados Unidos en un país socialista. La administración Trump ha adquirido participaciones en 30 empresas mediante 37 acuerdos por un valor de 27.600 millones de dólares. Cabe destacar que, bajo su mandato, Estados Unidos posee ahora el 9,9% de Intel.
La astuta práctica de tachar a los demócratas de comunistas y socialistas no es nada nuevo. Ya tacharon a Franklin D. Roosevelt de socialista durante la Gran Depresión. Sin embargo, Roosevelt era un capitalista que reconoció la necesidad de regular los mercados y garantizar un «Nuevo Trato» justo para los estadounidenses de a pie. Sus políticas incluían la Seguridad Social y programas de obras públicas financiados o respaldados por el gobierno, como la WPA y el CCC, que ayudaron a los estadounidenses a superar la depresión. Los críticos adinerados argumentaban que los impuestos más altos y la intervención federal en el mercado destruirían el capitalismo de libre mercado. Se equivocaron. Estados Unidos siguió adelante y prosperó.
Roosevelt rechazó la etiqueta de socialista y defendió sus políticas. Fue un reformador pragmático del capitalismo estadounidense. Lideró la nación durante su recuperación de la Gran Depresión y, sin duda, preservó el capitalismo estadounidense. Su objetivo no era cambiar, sino reparar Estados Unidos. Nuestra nación necesita nuevamente reparación y un trato justo. El modelo de Roosevelt debería inspirar a los demócratas actuales.
Pero los demócratas abandonaron el legado de Roosevelt durante la administración Clinton. En 1966, firmó la Ley de Reconciliación de Responsabilidad Personal y Oportunidades Laborales, que abolió la Ayuda a Familias y Niños Dependientes, un programa creado durante el primer mandato de Roosevelt y que se convirtió en la piedra angular de la red de seguridad federal. Además, con el TLCAN, Clinton defendió el libre comercio y apoyó la desregulación financiera con la derogación de la Ley Glass-Steagall.
Los demócratas deben promover una visión diferente, centrada en los aspectos fundamentales: por qué existe el gobierno y cuál debe ser su función. La responsabilidad primordial del gobierno es proteger la seguridad, los derechos y el bienestar básico de la población, no los intereses de una clase privilegiada o de las grandes corporaciones. El gobierno debe servir al bien común.
La revista *Time* estima que, entre 1975 y 2020, 50 billones de dólares pasaron del 90% de la población con menores ingresos al 1% más rico. Esa realidad no refleja un gobierno que sirva al bien común. Es hora de que los estadounidenses retomen la visión de Franklin D. Roosevelt (FDR), tal como lo han hecho los países nórdicos. Sus modelos de socialdemocracia adoptan un capitalismo de libre mercado regulado y recaudan impuestos para financiar la atención sanitaria, la educación y el bienestar social. Los demócratas pueden y deben reivindicar ese legado rooseveltiano.
Sin duda, los republicanos adinerados se opondrán a esta visión e intentarán desacreditarla mediante etiquetas políticas; tal resistencia no es nada nuevo. Pero no se trata de una elección binaria entre capitalismo y socialismo. La pregunta es: ¿qué tipo de capitalismo regulado distribuye mejor los beneficios del crecimiento económico y del cambio tecnológico? ¿Qué forma de capitalismo sirve mejor al bien común?
Cuando las empresas eliminan empleos y automatizan tareas, los costos laborales disminuyen mientras aumentan los beneficios corporativos y el precio de las acciones. Esto incrementa la riqueza de los empresarios y de los inversores que poseen acciones, al tiempo que los trabajadores desplazados pierden su principal fuente de ingresos, lo que amplía la brecha entre ricos y pobres. Esto fue lo que ocurrió cuando los empleos manufactureros se trasladaron al extranjero.
Volverá a suceder. La inteligencia artificial desplazará tanto a los trabajadores manuales como a los empleados administrativos. Y, con nuestro capitalismo relativamente desregulado, los ingresos medios del estadounidense común disminuirán. La riqueza se concentrará aún más y se acelerará el prolongado deslizamiento de Estados Unidos hacia la oligarquía.
Mediante una nueva forma de capitalismo regulado, similar a la socialdemocracia de los países nórdicos, podemos evitar ese desenlace.
Bob Topper, columnista distribuido por PeaceVoice, es ingeniero jubilado.
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Capitalism or Socialism? It’s not a binary choice
Moderate Democrats are making a mistake
In an earlier essay on “Why Democrats Lost Voter Confidence,” I noted that the Democratic party’s approval rating was a dismal 33%. Nine months later their approval is still dismal, at 37.8%, only slightly better than Trump’s, and that is after the incompetence and corruption of his administration has become evident to all but the die-hard supporters. Still, Democrats hope to win the House and possibly the Senate in the midterm elections.
But hope is not strategy and it risks blinding Democrats to a harsh reality. Despite widespread dissatisfaction with the current administration, the Democratic Party remains less favorable in voters’ eyes than the Republican Party. Criticizing Trump is not enough. To regain voter confidence, they must also reevaluate and change their own policies and positions.
Many moderate Democrats attribute this polling weakness to the party’s progressive wing. A recent New York Times article, Moderate Democrats Prepare for ‘War’ Against an Ascendant Left, reports that one moderate group views progressive victories as “deeply troubling” and is planning a $15 million campaign against democratic socialism. Another Times article argues that “Bernie Sanders is not doing the party any favors.”
The moderates are making a mistake. Rather than fighting the left, they should be listening. Their message connects with ordinary Americans who are fed up with the establishment, fed up with the vast amounts of dark money in politics, and fed up with government that prioritizes the interests of corporations and the wealthy over the common good.
Not that the left of the party connects on every issue. The culture wars, which are largely financed by billionaires and corporate interests to deflect attention away from income inequality, will go on. But the people will not be fooled forever and, if focused on economic justice, the left and right can find common ground.
Abdul Sayed’s recent win in Michigan, Mamdani’s in New York city, and the enthusiastic following Bernie Sanders garnered in 2016 show the path that moderate Democrats should be on, a path that leads to regulated capitalism, a Social Democracy, i.e. a free-market capitalist economy that collects taxes to fund healthcare, education and social welfare, like the Nordic countries.
Denmark, Sweden, Norway, and Finland practice social democracy. They have robust free-market capitalist economies combined with extensive public welfare programs, private property ownership, and high levels of regulation. And Nordic people rank significantly higher in democracy, happiness, and median income than the American people.
On a path to Social Democracy, Democrats must be clear that this is not socialism. Socialism is a system in which the government owns and regulates major businesses rather than private individuals. The mainstream Democratic party does not support the nationalization of private companies.
But there is great irony in the fact that, while Trump and the MAGA Republicans rail against socialism, they contrive to make America socialistic. The Trump administration has taken equity stakes in 30 companies through 37 deals worth $27.6 billion. Most notable, under Trump, America now owns 9.9% of Intel.
The devious labeling of Democrats as communists and socialists is nothing new. They labeled Franklin D Roosevelt a socialist during the Great Depression. But FDR was a capitalist who recognized the need to regulate markets and ensure a fair “New Deal” for ordinary Americans. His policies included Social Security and government funded or backed public works programs like the WPA and CCC, which helped ordinary Americans through the depression. Wealthy critics argued that higher taxes and federal market intervention would destroy free market capitalism. They were wrong. America moved on and thrived.
Roosevelt rejected the socialist label and defended his policies. He was a pragmatic reformer of American capitalism. He led the nation as it recovered from the Great Depression and arguably preserved American capitalism. His goal was not to change, but to repair America. Our nation is again in need of repair and a fair deal. The FDR model should inspire present day Democrats.
But Democrats abandoned their Roosevelt legacy during the Clinton Administration. In 1966, he signed the Personal Responsibility and Work Opportunity Reconciliation Act, which abolished Aid to Families and Dependent Children, a program created in Roosevelt’s first term, which became the cornerstone of the federal safety net. And, with NAFTA, Clinton championed free trade and he supported finance deregulation with the repeal of the Glass-Steagall act.
Today’s moderate Democrats generally align themselves with Clinton’s approach to government. And, like their Republican counterparts, are swayed by the monied interests that have corrupted our government of the people, by the people, for the people. Rather than changing Washington, they think that if they take us back to the time before Trump and MAGA all will be well. But that will not be enough. Voters rejected the political theater of 2016 and want a better alternative.
Democrats need to promote a different vision, one that focuses on the fundamentals – why we have government and what it should do. Government’s primary responsibility is to protect the safety, rights, and basic welfare of its people, not a preferred class or corporations. Government should serve the common good.
Time Magazine estimates that between 1975 and 2020, $50 trillion moved from the bottom 90% to the top 1%. That does not reflect a government that serves the common good. It is time for Americans to recall FDR’s vision, as the Nordic countries have done. Their Social Democracies embrace regulated free-market capitalism and collect taxes to fund healthcare, education, and social welfare. Democrats can and should reclaim their Roosevelt legacy.
Affluent Republicans will undoubtedly oppose and seek to discredit that vision through political labeling; such resistance is hardly unprecedented. But this is not a binary choice, capitalism or socialism. The question is, what form of regulated capitalism best distributes the gains from economic growth and technological change? What form of capitalism best serves the common good?
When companies cut jobs and automate work, labor costs drop while corporate profits and stock prices rise. This boosts the wealth of business owners and investors who hold shares, while displaced workers lose their primary source of income, widening the gap between rich and poor. This happened when manufacturing jobs moved offshore.
It will happen again. Artificial Intelligence will displace both blue-collar and white-collar workers. And with our relatively unregulated capitalism the average income of ordinary American will decline. Wealth will become more concentrated and America’s long slide into oligarchy will accelerate.
With a new form of regulated capitalism, like the social democracies of the Nordic countries, we can avoid that outcome.
Bob Topper, syndicated by PeaceVoice, is a retired engineer.
