Que afirma el género en jóvenes es clara
¿Por qué los guardianes no permiten que los médicos la vean?
Por Zhenya Abbruzzese y Erica Li
El Departamento de Salud y Servicios Humanos acaba de publicar su informe sobre disforia de género. Sus hallazgos son innegables.
Basándose en revisiones sistemáticas en Europa y EE. UU., el informe muestra que la evidencia sobre intervenciones médicas en menores es más inestable de lo que se creía, y que los riesgos, como la infertilidad, la reducción de la densidad ósea, los efectos cognitivos, las enfermedades cardiometabólicas, las complicaciones psiquiátricas y los daños quirúrgicos, son más graves de lo que se ha hecho creer al público.
Sin embargo, es posible que muchos médicos nunca vean esta evidencia.
Esto se debe a que las principales organizaciones médicas funcionan como puertas de entrada a un cártel de información sobre medicina de género. Su negativa a reconocer la evidencia emergente deja a los médicos en la ignorancia, y los pacientes pagan el precio.
Considere el desequilibrio en los cursos de educación médica continua (EMC) sobre este tema. Tras la residencia, los médicos recurren a los programas de formación médica continua (CME) para mantenerse al día con la evidencia emergente y los estándares clínicos.
Existen numerosos programas de CME que promueven intervenciones de afirmación de género para menores, incluyendo cursos que contradicen la evidencia. Por ejemplo, un CME en AMA Ed Hub recomienda bicalutamida, un bloqueador de hormonas sexuales, para adolescentes, a la vez que minimiza los riesgos de daño hepático. Un caso de 2024 confirmó insuficiencia hepática en una adolescente trans. Promocionar fármacos endocrinos fuera de indicación sin datos de seguridad adecuados pone en peligro la seguridad del paciente. Estos cursos siguen disponibles hoy en día.
Pero cuando un curso desafía esa narrativa, se desencadena un escrutinio inmediato.
Lo sabemos de primera mano. Colaboramos en un programa de CME desarrollado por la Sociedad para la Medicina de Género Basada en la Evidencia (SEGM), con la Universidad Estatal de Washington como entidad acreditadora. El curso exploró la transición de Europa hacia enfoques más cautelosos. Se sometió a meses de revisión: comprobaciones de conflictos de intereses, selección del profesorado y evaluaciones de calidad científica. Entonces, los activistas se enteraron. La WSU canceló el curso de la noche a la mañana.
El contraste es difícil de ignorar: el contenido que se alinea con las expectativas ideológicas actuales permanece intacto. La evidencia que lo cuestiona se elimina en el momento en que los activistas atacan.
Esta dinámica se extiende a la propia investigación académica: cuando la evidencia desafía la narrativa preferida, también se entierra.
La Asociación Profesional Mundial para la Salud Transgénero (WPATH) encargó al Centro de Práctica Basada en la Evidencia de Johns Hopkins que revisara la literatura sobre intervenciones pediátricas de género. Cuando, según se informó, los hallazgos no respaldaron las suposiciones de la WPATH, la organización presionó a Johns Hopkins para que no publicara los resultados. La revisión desapareció.
Las organizaciones médicas profesionales se han negado a confrontar la evidencia emergente. Estas organizaciones se han convertido en ejecutoras del Lysenkoismo Médico. Sus tácticas reflejan el catastrófico reinado de Trofim Lysenko sobre la agricultura soviética entre las décadas de 1930 y 1960. La etiqueta de “odio” impuesta a los académicos actuales que insisten en el rigor de la medicina de género equivale a la etiqueta de “burgués” impuesta a los genetistas soviéticos, severamente perseguidos por oponerse a la “botánica de lucha de clases”. Los académicos que cuestionan las suposiciones predominantes se enfrentan a ataques públicos o rechazo ideológico.
El reciente proceso de revisión por pares del informe del HHS sobre disforia de género puso de manifiesto hasta qué punto los grupos médicos eluden la evidencia inoportuna. La Sociedad de Endocrinología y la Academia Americana de Pediatría fueron invitadas a participar. Ambas declinaron. Su negativa garantizó que las voces más influyentes en la medicina de género pediátrica evitaran lidiar con la evidencia que cuestionaba sus posturas.
La medicina depende de la libertad de plantear preguntas difíciles, evaluar los datos con honestidad y educar a los médicos en consecuencia. El lavado de ideas que se está produciendo en las instituciones médicas estadounidenses debe cesar. Pacientes, familias y médicos no merecen menos.
Zhenya Abbruzzese, investigadora sanitaria, es cofundadora de la Sociedad para la Medicina de Género Basada en la Evidencia (SEGM).
La Dra. Erica Li es profesora adjunta de pediatría en la Universidad Estatal de Washington. Las opiniones expresadas anteriormente son suyas y no representan las de su empleador.
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Evidence Challenging Gender-Affirming Care for Youth Is Clear. Why Won’t Gatekeepers Let Doctors See It?
The Department of Health and Human Services just released its report on gender dysphoria. Its findings are impossible to ignore.
Drawing on systematic reviews in Europe and the U.S., the report shows that the evidence for medical interventions in minors is shakier than assumed — and that the risks, including infertility, reduced bone density, cognitive effects, cardiometabolic disease, psychiatric complications, and surgical harms, are more serious than the public has been led to believe.
Yet many physicians may never see this evidence.
That’s because major medical organizations function as gateways to an information cartel about gender medicine. Their refusal to acknowledge emerging evidence leaves clinicians in the dark — and patients pay the price.
Consider the imbalance of continuing medical education (CME) courses on this topic. After residency, physicians rely on CME programs to stay current on emerging evidence and clinical standards.
There are numerous programs for CME credit promoting gender-affirming interventions for minors, including courses that contradict the evidence base. For example, a CME on AMA Ed Hub recommends Bicalutamide, a sex hormone blocker, for adolescents while downplaying the risks of liver damage. A 2024 case confirmed liver failure in a trans teen. Promoting off-label endocrine drugs without adequate safety data endangers patient safety. Those courses remain available today.
But when a course challenges that narrative, it triggers immediate scrutiny.
We know this firsthand. We collaborated on a CME program developed by the Society for Evidence-Based Gender Medicine (SEGM), with Washington State University serving as the accreditor. The course explored Europe’s shift toward more cautious approaches. It underwent months of review: conflict-of-interest checks, faculty vetting, and scientific quality assessments. Then activists got wind of it. WSU yanked the course overnight.
The contrast is difficult to ignore: content that aligns with current ideological expectations remains undisturbed. Evidence that questions it is removed the moment activists aggress.
This dynamic extends into academic research itself: when evidence challenges the preferred narrative, it too is buried.
The World Professional Association for Transgender Health (WPATH) commissioned the Johns Hopkins Evidence-Based Practice Center to review the literature on pediatric gender interventions. When the findings reportedly failed to support WPATH’s assumptions, the organization pressured Johns Hopkins not to publish the results. The review vanished.
Professional medical organizations have refused to confront the emerging evidence. These organizations have become enforcers of Medical Lysenkoism. Their tactics mirror Trofim Lysenko’s catastrophic reign over Soviet agriculture from1930s–1960s. The “hate” label foisted upon today’s scholar insistent on rigor in gender medicine is equivalent to the “bourgeois” label forced upon Soviet geneticists severely persecuted for objecting to “class-struggle botany.” Scholars who question prevailing assumptions face public attacks or ideological rejection.
The recent peer review process for the HHS report on gender dysphoria laid bare the extent to which medical groups will sidestep inconvenient evidence. The Endocrine Society and the American Academy of Pediatrics were invited to participate. Both declined. Their refusal ensured that the most influential voices in pediatric gender medicine avoided grappling with the evidence challenging their positions.
Medicine depends on the freedom to ask difficult questions, evaluate data honestly and educate clinicians accordingly. The idea-laundering taking place at American medical institutions must stop. Patients, families, and clinicians deserve nothing less.
Zhenya Abbruzzese, a healthcare researcher, is co-founder of the Society for Evidence-Based Gender Medicine (SEGM).
Dr. Erica Li is an assistant professor of pediatrics at Washington State University. The views expressed above are her own and do not represent those of her employer.
