Winslow Myers
En un mundo duro y complejo, a menudo se acusa de una ingenuidad idealista a las personas que se inclinan hacia el lado izquierdo del espectro político cuando abogan por la prevención de la guerra y la construcción de la paz mediante el derecho, la diplomacia y el control presupuestario sobre las fuerzas militares, sustituyendo la ley de la fuerza por la fuerza de la ley. El paradigma operativo de los partidarios de la línea dura —los «halcones»—, por el contrario, es la paz a través de la fuerza: ninguna cantidad de armas es jamás suficiente, y el guante de la diplomacia apenas cubre el puño de hierro de la fuerza. Estas son caricaturas, simplificadas para ilustrar un punto.
Ahora tenemos un Secretario de Defensa que es, en sí mismo, una caricatura; y el motor que lo impulsa es una ingenuidad tan profunda que ha sido, con toda razón, destrozado por los medios de comunicación. Su concepción de la resolución de conflictos internacionales está tatuada en su propio cuerpo. Sus modelos predilectos son las guerras entre cristianos y musulmanes en Oriente Medio, conflictos que se prolongaron durante dos siglos y terminaron alrededor del año 1300. Resultaría más cómico si no condujera a catástrofes como la masacre de escolares.
El Sr. Hegseth es un blanco casi demasiado fácil. Pero el panorama general sugiere una ingenuidad poco analizada en el pensamiento de las élites políticas —el *establishment*— respecto a las relaciones internacionales en general. El régimen de seguridad global ha propiciado la gran posibilidad de que se produzcan escenarios apocalípticos que, cabría suponer, los expertos se esforzarían mucho más por evitar: accidentes que están a la espera de ocurrir.
El primer escenario de este tipo que viene a la mente es ese lapso de 20 minutos en el que un líder debe decidir cómo responder ante las señales de que uno o más misiles balísticos se dirigen hacia su territorio y han logrado burlar las medidas defensivas (la trama de la película, de una sobriedad impactante, *House of Dynamite*). La disyuntiva se reduce a no hacer nada, o bien lanzar un ataque de respuesta y correr el riesgo de que el Armagedón se haya desencadenado a causa de un error. ¿Acaso no encierra una ingenuidad extraordinaria la suposición fatalista de que no se puede hacer nada ante esta locura? ¿Especialmente cuando resulta tan evidente que cambiar esta situación redunda en el interés común y superior de todas las naciones?
Sin embargo, esta ingenuidad —o locura— se sustenta en la omnipresente premisa de la paz a través de la fuerza: las armas están listas para ser utilizadas al instante, precisamente para que nunca lleguen a usarse… jamás. ¿No resulta esto, en realidad, tan risiblemente ingenuo como la idea del Sr. Hegseth de matar musulmanes en nombre de Cristo? La verdad es más inquietante. Piense en lo que realmente hay ahí fuera «protegiéndonos»: miles y miles de ojivas capaces de destruir el mundo, conectadas a miles de computadoras y sensores de alerta temprana, conectados a miles de seres humanos falibles —por muy bien entrenados que estén.
Pero no es como si todo este armamento reforzara una oposición de poderes equilibrada. Todo esto se desarrolla dentro de dos contextos en rápida transformación: el vaivén de las diversas guerras convencionales del planeta y el movimiento perpetuo de los avances tecnológicos bajo la dinámica de «nosotros construimos, ellos construyen» (donde el uso militar de la inteligencia artificial eleva aún más el nivel de inestabilidad).
¿Qué podría salir mal?
Y, sin embargo, la inmensa mayoría de los comentaristas que inundan nuestras ondas con sus opiniones se siente, en el fondo, cómoda con nuestra condición de estar «todos en el mismo barco… y haciendo agua».
La ingenuidad de un líder como Benjamin Netanyahu puede ser más astuta, pero es básicamente similar a la de Hegseth. Al igual que el Secretario, Netanyahu recurre a la ya conocida falacia del «o están con nosotros o están en nuestra contra». Utiliza el doble contexto del Holocausto y del ataque de Hamás del 7 de octubre para no dar tregua a sus numerosos adversarios ni esperanza alguna a los palestinos. Transformarse de víctima en una figura de invulnerabilidad «invencible» —cual soldado de asalto— para arrasar con todo enemigo percibido (incluso de manera preventiva) resulta funcionalmente ingenuo; si no por otra razón, porque jamás conducirá a la seguridad de Israel.
Vivimos en condiciones radicalmente nuevas. Otros dos judíos ya nos lo advirtieron: Einstein dijo en 1946: «El poder desatado del átomo lo ha cambiado todo, salvo nuestros modos de pensar; y así, nos deslizamos hacia una catástrofe sin precedentes». Y Jesús sugirió un camino que, si bien suena ingenuo a oídos de los partidarios de la línea dura, se revela cada día más como una imperiosa necesidad realista: debemos aprender a amar a nuestros enemigos tanto como nos amamos a nosotros mismos. Por desafiante que pueda parecer este ideal, no sería ni de lejos tan difícil como tratar de recoger los pedazos tras una Tercera Guerra Mundial.
Winslow Myers, distribuido por PeaceVoice, es coautor —junto con Libby Traubman— del libro *One: One Humanity, One Earth, One Future* («Uno: Una humanidad, una Tierra, un futuro»).
Naïveté
In a tough and complex world, people tending to the left side of the political spectrum are often accused of starry-eyed naïveté when they push for the prevention of war and the building of peace through law, diplomacy and budgetary control over military forces—replacing the law of force with the force of law. The operating paradigm of the hawkish, by contrast, is peace through strength: no amount of weapons is ever enough and the glove of diplomacy only thinly covers the iron fist of force. These are caricatures, simplified to make a point.
We now have a Secretary of Defense who is himself a caricature, and the engine that motivates him is a naïveté so deep that he has been rightfully eviscerated in the media. His conception of the resolution of international conflict is tattooed on his own body. His models of choice are Christian-Muslim wars in the Mid-East that ran for two centuries and ended about 1300. It would be more amusing if it did not lead to catastrophes like the mass slaughter of schoolchildren.
Mr. Hegseth is almost too ripe a target. But the bigger picture suggests an underexamined naïveté in establishment thinking about international relations generally. The global security regime has encouraged the strong possibility of apocalyptic scenarios which one would assume experts would try far harder to avoid, accidents waiting to happen.
The first such scenario that comes to mind is that 20-minute moment when a leader must decide how to respond to signals that one or more ballistic missiles are incoming and have gotten past any defensive measures (the plot of the powerfully understated film “House of Dynamite”). The choice becomes to do nothing, or launch in response and risk that Armageddon was based on a mistake. Isn’t there an extraordinary naïveté in the fatalist assumption that nothing can be done about this insanity? Especially when it is so clearly in every nation’s shared best interest to change it?
But this naïveté/insanity is based on the pervasive assumption of peace through strength: the weapons are ready for instant use so that they will never be used—forever. Isn’t this really as laughably naïve as Mr. Hegseth’s killing Muslims for Christ?
The truth is more ominous. Think of what’s really out there “protecting” us: thousands upon thousands of world-destroying warheads, connected to thousands of computers and early-warning sensors, connected to thousands of fallible, however well-trained, human beings.
But it’s not as if all this weaponry reinforces a balanced opposition of power. It is taking place within two rapidly changing contexts: the back-and-forth of the planet’s various conventional wars, and the perpetual motion of we build/they build technological advances (with the military use of A.I upping the instability ante.)
What could go wrong?
And yet the vast majority of the commentariat that fills our airways with opinions is fundamentally OK with our all-in-the-same-leaky-boat condition.
The naïveté of a leader like Benjamin Netanyahu may be more wily but is basically similar to Hegseth’s. Like the Secretary, Netanyahu trafficks in the familiar “either you’re with us or against us” fallacy. He uses the dual context of the Holocaust and of the October 7th Hamas attack to give no quarter to his many adversaries and no hope to the Palestinians. To transform oneself from victim to “invincible” storm-trooper invulnerability and lay to waste, even preëmptively, all perceived enemies is functionally naïve if only because it will never lead to Israeli’s security.
We live in radically new conditions. Two other Jews laid it out for us: Einstein said in 1946: “The unleashed power of the atom has changed everything save our modes of thinking, and we thus drift toward unparalleled catastrophe.” And Jesus suggested a path that sounds naïve to hawks but seems more realistically imperative by the day: that we must learn to love our enemies as much as we love ourselves. Challenging as that ideal may seem, it wouldn’t be as difficult as trying to pick up the pieces after WW3.
Winslow Myers, syndicated by PeaceVoice, is the co-author with Libby Traubman of One: One Humanity, One Earth, One Future.
