Labor de paz: Dra. Margarita Tadevosyan sobre el conflicto, la memoria y el largo horizonte de la justicia
Por George Cassidy Payne
Para Margarita Tadevosyan, la construcción de la paz no es una abstracción. Comienza con la memoria.
Recuerda haber hecho fila para conseguir pan cuando era niña en Armenia, a principios de la década de 1990, durante el colapso de la Unión Soviética y la guerra con Azerbaiyán. Los inviernos eran gélidos. La electricidad era escasa. Las familias cortaban leña en los parques cercanos simplemente para calentar sus hogares. Cada persona recibía solo una pequeña ración de pan. La incertidumbre de aquellos años quedó grabada en su infancia de formas que solo comprendería más tarde.
«Recuerdo sentir miedo hasta que mi padre regresaba a casa», rememora. La policía militar se llevaba a los hombres aptos para el servicio a las líneas del frente. Su padre, médico con un doctorado en medicina, estaba exento del servicio militar; sin embargo, el miedo persistía hasta que él cruzaba la puerta cada tarde.
Fue una época de escasez, pero también de solidaridad.
«La comunidad era muy fuerte», afirma.
Hoy en día, Tadevosyan se desempeña como Directora Ejecutiva del Centro para la Práctica de la Construcción de la Paz (Center for Peacemaking Practice) en la Escuela Jimmy y Rosalynn Carter para la Paz y la Resolución de Conflictos de la Universidad George Mason. Su trayectoria abarca la diplomacia, las iniciativas de diálogo ciudadano y la investigación académica en toda la región postsoviética. No obstante, la brújula moral que guía esa labor se remonta directamente a aquellas experiencias tempranas de conflicto heredado y estabilidad frágil.
Una brújula centrada en lo humano
Crecer en Armenia significó crecer bajo el peso de la historia. Las narrativas del trauma —particularmente el legado del genocidio armenio— moldearon el discurso público y la identidad nacional. Pero Tadevosyan sostiene que su trabajo en la construcción de la paz le ha exigido oponerse a la forma en que las narrativas de conflicto pueden despojar de su humanidad a los demás.
«Mi brújula siempre ha estado centrada en lo humano», explica. «Intento separar a las personas de los gobiernos que afirman representarlas».
En los conflictos alimentados por el nacionalismo, esta distinción a menudo se pierde. Poblaciones enteras se convierten en sustitutos simbólicos de las acciones de los líderes estatales. Para Tadevosyan, resistirse a esa simplificación es esencial para la labor de la paz.
«Cuando la gente dice “los rusos son esto” o “ellos son aquello”, les recuerdo que muchas personas no tienen ninguna influencia sobre las decisiones que se toman en las altas esferas», señala. «Alguien que vive en Siberia puede no tener ni idea de qué decisiones se están tomando en el Kremlin».
La construcción de la paz, en su opinión, requiere desmantelar esas imágenes generalizadas y sustituirlas por encuentros humanos reales.
«Las impresiones que tenemos del otro bando suelen ser erróneas», afirma. «La labor consiste en crear oportunidades para que las personas puedan conocerse, escuchar las historias de los demás y darse cuenta de que la persona que tienen enfrente alberga esperanzas y temores, tal como ellos».
El terreno intermedio
Gran parte del trabajo de Tadevosyan se ha centrado en los conflictos del Cáucaso Meridional, incluidas las iniciativas de diálogo en las que participan comunidades georgianas, osetias del sur y abjasias.
A lo largo de años de labor de facilitación, ha observado un patrón recurrente: la escalada se ve alimentada por narrativas rígidas y maniqueas, mientras que la desescalada suele comenzar con pequeños actos de cooperación.
«La escalada suele ser impulsada desde las altas esferas», señala. «Pero los espacios de reconciliación surgen cuando las personas se dan cuenta de que comparten intereses prácticos».
A veces, esos momentos de cooperación resultan sorprendentemente cotidianos.
En una iniciativa, participantes de bandos opuestos colaboraron en labores medioambientales: la limpieza de un río que discurría por territorios que afectaban a ambas comunidades. No fue un gran avance diplomático. Pero cambió la forma en que los participantes se veían los unos a los otros.
«Empezaron a ver al otro no como un enemigo, sino como un colaborador potencial», comenta.
En una era dominada por los medios de comunicación de formato breve y los ciclos rápidos de opinión, a Tadevosyan le preocupa que las conversaciones más profundas, necesarias para la reconciliación, estén desapareciendo.
«Estamos invirtiendo menos tiempo en el diálogo y más tiempo reaccionando a los titulares», dice. «Las conversaciones matizadas exigen paciencia. Requieren una inversión».
Ella compara este proceso con la construcción de un mosaico.
«Se necesita tiempo para colocar cada pieza con cuidado», explica. «Es mucho más rápido limitarse a cubrirlo todo con yeso».
Los límites de la distancia
Los conflictos globales se desarrollan cada vez más no solo en los campos de batalla, sino también en el seno de las comunidades de la diáspora y en las redes sociales. La distancia entre quienes sufren la violencia en carne propia y quienes se limitan a comentarla puede generar distorsiones morales.
Tadevosyan ha sido testigo de esta dinámica en las reacciones ante la violencia en Irán.
Le han inquietado las celebraciones de campañas de bombardeos por parte de personas que se encuentran muy alejadas de las consecuencias inmediatas de los mismos.
«Dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo», afirma. «Un régimen puede ser opresivo, y bombardear a la población civil también puede ser terrible».
Las comunidades de la diáspora, señala ella, a veces adoptan posturas más extremas que aquellas personas que viven dentro de las propias zonas de conflicto.
«Resulta más fácil abogar por una escalada del conflicto cuando uno no es quien tendrá que vivir con las secuelas», afirma.
Para los constructores de paz, esto plantea interrogantes difíciles en torno a la defensa de causas y la responsabilidad.
«Cuando uno habla en nombre de otras personas, debe preguntarse si estas cuentan con los recursos necesarios para sobrevivir a las consecuencias de los cambios que se están reclamando», dice.
Poder, asimetría y progreso discreto
Muchos de los conflictos en los que trabaja Tadevosyan implican profundas asimetrías de poder. Algunas comunidades operan bajo una mayor influencia política, disponen de más recursos o mantienen vínculos más estrechos con actores geopolíticos de gran relevancia.
En tales casos, la construcción de paz exige esfuerzos sutiles para nivelar el terreno de juego. Un ejemplo de ello es el acceso al idioma. En Osetia del Sur, la influencia rusa domina la vida pública, lo que deja a muchos jóvenes con un acceso limitado a otras redes internacionales.
Ofrecer formación en el idioma inglés puede parecer una intervención modesta. Sin embargo, para Tadevosyan, este tipo de iniciativas amplían las oportunidades y reducen el aislamiento.
«Los constructores de paz deben ser cautelosos para no reforzar, de manera involuntaria, las estructuras de desigualdad», advierte. «El éxito, en ocasiones, consiste en fortalecer las capacidades para que las comunidades marginadas puedan participar de forma más plena».
Los cambios rara vez resultan espectaculares; no obstante, con el paso del tiempo, reconfiguran el abanico de posibilidades.
La teoría del cambio
Al impartir clases a estudiantes que se preparan para trabajar en zonas de conflicto, Tadevosyan hace hincapié en una habilidad que, a su juicio, suele pasarse por alto: la capacidad de articular una teoría del cambio.
Las buenas intenciones, por sí solas, no bastan.
«A menudo, la gente desea ayudar», comenta. «Pero la construcción de paz exige contar con una hoja de ruta».
Dicha hoja de ruta debe establecer un nexo entre las condiciones actuales y las transformaciones a largo plazo que los profesionales aspiran a lograr. Sin esa claridad, incluso los programas que cuentan con una sólida financiación pueden desmoronarse una vez que desaparece el apoyo externo.
Ella cita iniciativas internacionales —como el Cuerpo de Paz (Peace Corps)— como ejemplos de una interacción intercultural significativa, aunque no siempre estructurada como una labor de construcción de paz propiamente dicha.
«Cuando los voluntarios se marchan, surge la siguiente interrogante: ¿qué es lo que perdura?», plantea.
Un cambio sostenible exige algo más que una presencia temporal; requiere generar las condiciones necesarias para que las comunidades puedan seguir evolucionando mucho después de que los actores externos se hayan retirado.
Lecciones extraídas del fracaso
Si bien la construcción de paz ofrece momentos de inspiración, también conlleva profundas decepciones. Para Tadevosyan, la guerra de 2020 entre Armenia y Azerbaiyán supuso una prueba aleccionadora de los supuestos que rigen este campo de acción.
«Es fácil ser un constructor de paz en tiempos de paz», afirma. «Es mucho más difícil en tiempos de guerra».
También considera que las estructuras de financiación internacional han fomentado, en ocasiones, una programación superficial en lugar de una transformación estructural más profunda.
«Muchas iniciativas incentivan proyectos en lugar de un cambio a largo plazo», señala.
Incluso dentro de las propias comunidades dedicadas a la construcción de la paz, ella ha observado una división entre quienes conciben esta labor como un rol profesional y quienes la asumen como un compromiso ético fundamental.
«Las personas que creen verdaderamente en la coexistencia siguen trabajando incluso cuando todo a su alrededor se desmorona», dice.
Esos individuos —que a menudo trabajan en silencio y sin reconocimiento— podrían, en última instancia, moldear el futuro más que cualquier programa formal.
Un horizonte, no un destino
Al preguntársele si la paz puede llegar a alcanzarse verdaderamente, Tadevosyan hace una pausa.
«No creo que la paz sea algo que podamos asir de una vez y para siempre», afirma. «Es un horizonte hacia el que nos movemos constantemente».
Las nuevas tecnologías, los cambios políticos y las transformaciones sociales reconfiguran el terreno de manera incesante. Incluso los sistemas emergentes, como la inteligencia artificial, plantean nuevas interrogantes sobre la justicia, la verdad y el poder.
La paz, en este sentido, es menos una condición permanente que una práctica continua.
En su nivel más básico —señala ella— la paz significa vivir sin miedo; sin la amenaza del hambre, la persecución o la violencia.
Pero, en un nivel más profundo, significa también algo más personal: la serena convicción de que el trabajo diario de uno contribuye al bien colectivo.
«Significa despertar sabiendo que lo que haces ayuda a crear las condiciones necesarias para que las personas puedan vivir con dignidad», dice.
Puede que el horizonte permanezca distante. Pero la labor de avanzar hacia él continúa.
George Cassidy Payne, distribuido por PeaceVoice, es un escritor radicado en Rochester cuya obra se sitúa en la intersección de la política, la ética y la experiencia vivida. Poeta, filósofo y consejero de crisis en la línea 988, aborda temas relacionados con la democracia, la justicia y la resiliencia comunitaria.
