Fabricarse en Estados Unidos beneficiará al país
Por/By Georges Kern
El gobierno de Estados Unidos ha recaudado aproximadamente 340.000 millones de dólares en aranceles de importación desde que el presidente Trump anunció sus aranceles —denominados por él mismo como los del “Día de la Liberación”— hace más de un año. El impacto económico ha sido más complejo de lo que tanto partidarios como detractores están dispuestos a admitir.
Sin embargo, como han señalado los críticos, los aranceles son esencialmente impuestos sobre las ventas de productos importados, lo que inevitablemente se traduce en mayores costos para los estadounidenses que los adquieren. Dos tercios de los estadounidenses consideran que los aranceles han elevado su costo de vida personal.
Washington podría minimizar esta carga financiera —sin dejar de incentivar el retorno de la producción al país (*reshoring*)— haciendo que el régimen arancelario sea más específico y flexible. En particular, carece de sentido imponer aranceles a bienes importados que, por definición, no pueden fabricarse en Estados Unidos.
Pensemos en ciertos productos —como los relojes suizos, los cuchillos japoneses o el champán francés— que constituyen una categoría única de bienes cuyo valor intrínseco deriva de su origen, así como de tradiciones, habilidades y sistemas de producción desarrollados a lo largo de generaciones.
Aunque existan productos superficialmente similares, estos carecen de las cualidades distintivas que buscan los consumidores. Como director ejecutivo de un grupo relojero suizo, he sido testigo directo de esta realidad en mi propio sector.
La etiqueta “Swiss made” (fabricado en Suiza) es una denominación legal que exige que el reloj sea desarrollado, inspeccionado y fabricado principalmente en Suiza. Su reputación se sustenta en un ecosistema centenario de fabricación de precisión y en habilidades transmitidas a través de generaciones de artesanos. Si los relojeros suizos trasladaran su producción a Estados Unidos, sus relojes perderían la autenticidad que impulsa la demanda.
La historia lo confirma. En 1954, Estados Unidos impuso fuertes aranceles a los movimientos de relojes importados para proteger a los fabricantes nacionales, que atravesaban un periodo de decadencia. No obstante, la industria no se recuperó. En 1967, el presidente Johnson eliminó los aranceles tras concluir que hacerlo respondía al “interés nacional”. Los aranceles no lograron trasladar la relojería suiza a Estados Unidos en aquel entonces, y tampoco lo conseguirán ahora.
Si bien los relojeros suizos fabrican sus productos en Suiza, han establecido una presencia significativa en Estados Unidos. Operan tiendas en todo el país y emplean a estadounidenses en áreas de ventas y atención al cliente. Asimismo, capacitan a técnicos estadounidenses para el mantenimiento de sus productos, generando así empleos técnicos cualificados y bien remunerados. Dado que los aranceles elevan el precio —ya de por sí elevado— de los relojes suizos, disuaden a los estadounidenses de comprarlos. Esto se traduce en un menor volumen de negocio para las empresas suizas, lo que a su vez les impide invertir en la contratación y formación de trabajadores estadounidenses adicionales para desempeñar funciones de apoyo.
Quizás lo más importante es que los aranceles sobre productos vinculados a un origen geográfico específico corren el riesgo de socavar las relaciones comerciales bilaterales que sustentan el empleo y la competitividad de Estados Unidos.
Países como Suiza han mantenido durante mucho tiempo vínculos comerciales equilibrados y mutuamente beneficiosos con Estados Unidos. A pesar de contar con una población de apenas 9 millones de habitantes, Suiza adquirió bienes y servicios estadounidenses por valor de casi 90.000 millones de dólares en 2024, una cifra cercana a los aproximadamente 98.000 millones de dólares en bienes y servicios que los estadounidenses compraron a Suiza.
Los responsables de formular políticas ya reconocen que imponer aranceles a productos que Estados Unidos no puede producir carece de sentido. La administración Trump eximió anteriormente al café, y recientemente hizo lo propio con el whisky escocés, precisamente por esa razón.
La misma lógica debería aplicarse a los relojes suizos, los cuchillos japoneses y otros productos vinculados a un origen geográfico específico. Eliminar los aranceles a estos productos impulsaría la economía estadounidense, generaría más empleos bien remunerados y fortalecería las relaciones de Estados Unidos con sus socios comerciales en todo el mundo.
Georges Kern es el director ejecutivo (CEO) de House of Brands, grupo que gestiona las marcas Breitling, Universal Genève y Gallet.
Este material es distribuido por Keybridge Communications en nombre de la Faith Whittlesey Society. Puede obtenerse información adicional en el Departamento de Justicia, en Washington D. C.
—————————
Why Removing Tariffs on Products that Can’t Be Made in America Will Benefit the U.S.
The U.S. government has collected roughly $340 billion in import duties since President Trump announced his Liberation Day tariffs over a year ago. And the economic impact has been more complex than either the supporters, or the critics, want to admit.
But as critics have noted, tariffs are essentially sales taxes on imports — which inevitably means higher costs for Americans who buy those products. Two-thirds of Americans feel that tariffs have increased their personal cost of living.
Washington could minimize this financial burden — while still incentivizing reshoring — by making the tariff regime more targeted and flexible. In particular, it doesn’t make sense to impose tariffs on imported goods that, by definition, cannot be made in America.
Consider how certain products — like Swiss watches, Japanese knives, or French Champagne — are a distinct class of goods whose intrinsic value comes from their origin, and from traditions, skills, and production systems built over generations.
Even when superficially similar products exist, they lack the defining qualities consumers are seeking. As CEO of a Swiss watch group, I’ve seen this firsthand in my own industry.
“Swiss made” is a legal designation that requires a watch to be developed, inspected, and primarily manufactured in Switzerland. Its reputation rests on a centuries-old ecosystem of precision manufacturing and skills passed down through generations of craftsmen. If Swiss watchmakers moved their production to the United States, their watches would lose the authenticity that drives demand.
History bears this out. In 1954, the United States imposed steep tariffs on imported watch movements to protect domestic manufacturers, who were in a state of decline. But the industry did not recover. By 1967, President Johnson lifted the tariffs, concluding it was “in the national interest” to do so. Tariffs didn’t bring Swiss watchmaking to America then — and they won’t now.
While Swiss watchmakers may manufacture in Switzerland, they have built an extensive footprint in the United States. They operate boutiques across the country and employ Americans in sales and client services. They also train U.S. technicians to service their products, creating skilled, well-paid technical jobs. Because tariffs increase the already steep price of Swiss watches they deter Americans from purchasing them. This leads to a lower turnover for the Swiss companies, which in turn prevents them from investing in hiring and training additional American workers for these supporting roles.
Perhaps most vitally, tariffs on geographically rooted goods risk undermining the bilateral trade relationships that sustain American jobs and competitiveness.
Countries such as Switzerland have long maintained balanced, mutually beneficial trade ties with the United States. Despite having a population of just 9 million, Switzerland bought nearly $90 billion of goods and services from America in 2024 — not far off from the roughly $98 billion of goods and services that Americans bought from Switzerland.
Policymakers already recognize that tariffing goods that America cannot produce makes little sense. The Trump administration previously exempted coffee, and just exempted Scotch whiskey, for that exact reason.
The same logic should apply to Swiss watches, Japanese knives, and other geographically rooted products. Lifting tariffs on these products would grow the U.S. economy, create more high paying jobs, and strengthen America’s relationships with its trading partners around the world.
Georges Kern is CEO of House of Brands, overseeing Breitling, Universal Genève, and Gallet.
This material is distributed by Keybridge Communications on behalf of the Faith Whittlesey Society. Additional information is available at the Department of Justice, Washington, DC.
