La muerte de Alexei Navalni ha supuesto un duro golpe para la oposición rusa

La muerte de Alexei Navalni ha supuesto un duro golpe para la oposición rusa

Carmen Rengel

Mientras la familia pelea con las autoridades de prisiones por tener su cuerpo y saber por qué falleció -un apagarse lento del que Occidente acusa a Vladimir Putin-, resuena el eco de sus palabras. “No os rindáis”, pedía en un documental sobre su vida, un ruego a los rusos por si a él le pasaba algo. Porque, si pasa, decía, es porque estamos “inusualmente fuertes”. “Así que deberíais usar esa fuerza para actuar”.

Aún no se ve ese ímpetu anhelado por Navalni en esta vida sin él. En estos días ha habido protestas y homenajes en su recuerdo, que se han saldado con más de 400 arrestos, pero no manifestaciones masivas. No ha ardido la calle en un país donde la disidencia, hasta con un folio en blanco, se para entre rejas. Lo que sí hay es una especie de afán de control de daños, tanto en su organización como en el resto de la disidencia antiPutin. Hay que ver cómo se mantiene la pelea, con qué mimbres, con qué líderes, con qué enfoque, con qué ayuda.

No será fácil, porque se teme una ola de represión oficial contra quienes ensalcen la memoria de Navalni, pero, a la vez, surge una ligera esperanza de que la brutalidad de su marcha sea el pegamento final para que facciones muy diversas se unan contra el Kremlin, de una vez por todas.

El opositor fallecido dijo en algunas entrevistas que su duelo con Putin era a muerte, que acabaría cuando uno de los dos faltase. Sin embargo, desde su oficina, sus colaboradores y su esposa, Yulia Navalnaya, están lanzando estos días de luto un mensaje de tenacidad. “Hay miedo, claro, pero la resistencia continuará dentro y fuera”, expone a El HuffPost un miembro del Fondo Contra la Corrupción creado por el disidente. Asume que vivimos una especie de “fin de era”, porque la figura de su jefe era “descomunal, formidable”.

Se remite constantemente a las palabras de Navalnaya, ante los ministros de Exteriores de la UE, el lunes pasado, o en el vídeo lanzado en su plataforma, en el que garantiza que va a continuar con la labor de su esposo, pese al segundo plano que siempre guardó. “Quiero vivir en una Rusia libre, quiero construir una Rusia libre”, afirmaba en su mensaje. “Te insto a que estés a mi lado -animaba a los demás opositores rusos-. “Te pido que compartas la rabia conmigo. Rabia, ira, odio hacia quienes se atrevieron a matar nuestro futuro”, ahonda esta mujer de 47 años, en quien ahora se posan los ojos de los críticos del Kremlin.

La oposición rusa no es un grupo homogéneo, que camina con paso regular. Nunca lo ha sido. Es una amalgama de tendencias, de plataformas y organizaciones, que abarca todo el espectro, donde hay quien hace enmiendas a la totalidad y quien critica políticas muy concretas. El movimiento de Navalni era un verso suelto por disparidad ideológica (su senda era la liberal), por enfrentamientos pasados y presentes con otros líderes y por seguridad, también, para tener pleno control de sus apuestas y sus colaboradores.

Caído el líder -porque lo era, por más que arrugasen la nariz otros críticos de Moscú-, las principales figuras restantes están en su mayoría en la cárcel o en el exilio. Tienen también las manos atadas por la persecución del régimen y, además, distan mucho de tener su atractivo y sus medios y apoyos. “No sé quién vendrá, porque no será fácil cubrir su agujero, pero sí que su lucha sobrevivirá, porque es el símbolo de una Rusia mejor”, añade su asesor desde Vilna (Lituania), donde está parte de la estructura del equipo Navalni.

En el campo liberal casi todos están contra Putin, como lo estaba el propio Navalni, y eso incluye la “operación militar especial” en el país vecino. Son pocos, en su mayoría están en el extranjero y se pelean entre ellos. Luego están los ultranacionalistas y neonazis, con los que Navalni coqueteó hace tiempo y de los que se desmarcó después, que creen que al acoger a musulmanes e inmigrantes, Putin es un traidor a su ideal de un etnoestado blanco eslavo. Cientos de ellos se han ofrecido como voluntarios para luchar por Ucrania aunque, frente a ellos, también hay milicias neonazis que luchan por Moscú, gente para las que la idea de una Gran Rusia supera cualquier recelo sobre el actual presidente.

Por otro lado, están los izquierdistas y los comunistas, igualmente divididos. Por ejemplo, los dirigentes del Partido Comunista -que sí puede presentarse a las elecciones sin problemas- han aplaudido la invasión de Ucrania. También hay células anarquistas que han saboteado proactivamente el esfuerzo bélico y, al fin, hay una disidencia menos conocida pero tenaz en regiones remotas y repúblicas étnicas de Rusia, como Bashkira, de mayoría musulmana , donde estallaron protestas en enero tras la detención de un activista contra la guerra. Se calcula que casi 20.000 rusos han sido detenidos por actividades contra la invasión de Ucrania y cientos han sido condenados desde febrero de 2022.

Los intentos del Gobierno ruso por acallar a la oposición se han intensificado desde el inicio de la guerra, incluyendo la aprobación de una ley que, de hecho, criminaliza toda expresión pública sobre el conflicto que se aparte del discurso del Kremlin. La norma ha sido aplicada contra políticos opositores, activistas de derechos humanos y rusos comunes que critican al Kremlin, dentro y fuera de la Federación, en estados satélites o territorios ocupados. El éxodo es importante entre críticos, pacifistas y evasores del reclutamiento obligatorio.

Entre este grupo de arrestados y encarcelados está uno de los hombres más destacados de los opositores que restan. Se trata de Ilya Yashin, condenado a ocho años y medio por transmitir en un directo críticas a la guerra de Ucrania y denunciar posibles crímenes de guerra en la ciudad de Bucha. Las autoridades dicen que su delito es difundir información falsa.

Yashin, de 40 años, es un antiguo aliado de Navalni y exjefe de un partido de oposición (el PARNAS, liberal conservador), que tras conocer su pena aún señaló a Putin como “el responsable de la masacre”. Para él, “es mejor pasar diez años tras las rejas como un hombre honesto que arder silenciosamente de vergüenza por la sangre que su gobierno cobertizos”. Eludiendo los controles de prisiones, ha logrado publicar una carta en su canal de Telegram en la que afirma que “no hay duda” de que Navalni fue asesinado por las autoridades que “intentaron hacerlo ya en 2020 [y] ahora han terminado el trabajo”, en referencia al envenenamiento del que el ahora fallecido se curó en Alemania.

“Mientras mi corazón lata en mi pecho, lucharé contra la tiranía”, escribió Yashin al final de su carta. “Mientras viva, no temeré el mal. Mientras respire, estaré con mi pueblo. Lo juro”. Un mensaje que ha tenido una enorme difusión en los medios alternativos que batallan ante la propaganda estatal.

Entre los opositores destaca también el ruso-británico Vladimir Kara-Murza (1981), que fue asistente de Boris Nemtsov, otro prominente hombre contrario a Putin asesinado en el centro de Moscú en 2015. Es vicepresidente de Rusia Abierta, una ONG fundada por el empresario ruso y exoligarca Mijaíl Jodorkovski, que promueve la sociedad civil y la democracia en su país, y fue colíder del Partido de la Libertad Popular.

 

Fue sentenciado en abril de 2023 a 25 años de prisión por traición y otros cargos que él ha negado, comparando su procesamiento con un juicio-espectáculo estalinista. Todo, porque porque dio un discurso ante la Cámara de Representantes de Arizona en que criticó la invasión rusa de Ucrania. Al igual que Navalni, fue trasladado el mes pasado a una nueva colonia penitenciaria en Siberia y se encuentra recluido en una celda de aislamiento estricto. Un movimiento que se llevó a cabo poco después de que se confirmara la candidatura de Putin a las elecciones del mes que viene.

Sus abogados sostienen que sufre un trastorno nervioso después de sobrevivir a dos intentos de envenenamiento y su esposa, Evgenia, ha expresado públicamente su temor a que pierda la vida en prisión.

Igor Girkin tiene un perfil diferente al de los anteriores. Es un destacado excomandante, especialista en Inteligencia que desempeñó un papel clave en la anexión de Crimea y en la Guerra del Dombás, como organizador de grupos militantes de la República Popular de Donetsk. Por esa función pesan sobre él sanciones de la Unión Europea. En 2022, en La Haya, fue declarado culpable en ausencia del asesinato de 298 personas, entre pasajeros y la tripulación del vuelo MH17 de Malaysian Airlines que cubría la ruta Ámsterdam-Kuala Lumpur.

Sin embargo, ahora es un apestado del régimen. El mes pasado fue condenado a cuatro años de pena por incitar al extremismo después de insultar a Putin. Este disidente, también conocido como Igor Strelkov, tiene 53 años y ha mostrado públicamente su plan de competir contra Putin en las presidenciales de marzo. “Puedo hacerlo mejor”, defiende. Su candidatura no ha prosperado, estando como está en prisión por crear el llamado “Club de Patriotas Enojados”, una iniciativa para salvar a Rusia del peligro de una “agitación sistémica” debido a fracasos militares. Ha ganado fama como bloguero, llamando incluso a usar la fuerza contra el Kremlin. Su familia también reconoce que teme por su vida, sobre todo tras lo ocurrido a Navalni.

Fuera, en Londres, está Mikhail Khodorkovsky, mucho más veterano y potente, un hombre de negocios que llegó a ser el más rico de Rusia y a quien Putin congeló sus activos y quien no tendría tanto empeño en liderar nada como en financiar a quien dé el paso. Pasó diez años en prisión y no quiere más. El presidente lo indultó en 2013.

Todos se mueven bien en las nuevas redes sociales, todos tienen sus canales para criticar al régimen, todos tienen su puñado de seguidores, pero ninguno en Navalni. Maxim Katz, excampeón de póker y youtuber, instalado en Israel, lo ha asumido en declaraciones al New York Times: “Nadie en la oposición sabe qué deberíamos hacer ahora y cómo hacerlo (…). Toda la vida de la oposición siempre ha girado en torno a Navalni, por lo que ahora no está del todo claro qué sucederá”.

Boris Nadezhdin ha sido el último opositor en el que se han puesto los focos, pero pese a su veteranía en la vida política rusa, no parece la figura que aglutine a todas estas fuerzas dispares. Ha intentado presentarse a las elecciones pero la Comisión Electoral Central ha visto errores en las firmas que lo avalaban y se lo ha impedido. No hay esperanza en su recurso al Supremo pero tampoco la había de origen en su figura, pacifista de última hora. Dentro, sin encarcelar, también sigue Yeugeny Roizman, exalcalde de Ekaterimburgo, que por ahora sólo ha pagado con dinero su “descrédito” a las Fuerzas Armadas en redes sociales. Su perfil es demasiado bajo así que entre el encarcelamiento masivo y el exilio, no queda nadie de la talla del fallecido Alexei al que apoyar.

De momento, se está relanzando un plan que estaba bendecido por Navalni: que el 17 de marzo, a mediodía, masas de rusos se citen en los colegios electorales de todo el país y se concentren en señal de protesta contra Putin. El temor a detenciones y a mano dura le pone brida a esa iniciativa.

Y no hay que perder de vista al propio equipo de Navalni, presente y pasado, gente que ha trabajado codo con codo con él y defiende su línea. Como destaca Reuters, entre ellos están Liliya Chanysheva, Vadim Ostanin y Ksenia Fadeyeva, exempleados de su oficina y su organización contra la corrupción.

Chanysheva, que dirigió la campaña del político en la ciudad de Ufa, en los Urales, fue condenada a siete años y medio en junio por “crear una organización extremista”. Ostanin había dirigido la sede local de Navalni en la ciudad siberiana de Barnaul y fue condenado en julio a nueve años por participar en una “comunidad extremista”. Fadeyeva, exjefa de la oficina antifraude en la región siberiana de Tomsk y edil, fue condenada en diciembre a nueve años y medio de prisión por dirigir una “organización extremista”.

Y están Igor Sergunin, Alexei Liptser y Vadim Kobzev, abogados del fallecido, detenidos en octubre bajo sospecha de pertenecer a un “grupo extremista”, en una medida que sus partidarios consideraron en ese momento como un intento de aislar aún más al político encarcelado del mundo exterior.

Los letradps están acusados de utilizar su acceso a Navalni para permitirle dirigir actividades “extremistas” desde prisión, pasando material a sus seguidores. El Ministerio del Interior de Rusia añadió este mes a dos abogados más de Navalny a su lista de los más buscados: son Olga Mikhailova y Alexander Fedulov. Se cree que ambos se encuentran ya fuera de Rusia, lógico en un país donde apenas hay una absolución por cada 10.000 sentencias, una ratio de condenas más alta que la que tenía Joseph Stalin.

Los conformistas

La muerte del preso más famoso de la Colonia Penal Número 3 del Ártico pone fin a una manera de hacer política que, pese al muro que supone un estado autoritario, caló entre los rusos. Navalni hablaba del “partido de los ladrones y los delincuentes” para referirse a Rusia Unida y tuvo el mérito de hacer daño al mito de Putin, denunciando su decadencia moral, su corrupción, el nepotismo y la arbitrariedad de sus decisiones y políticas.

Con sus vídeos en Youtube, logró que millones de ciudadanos vieran la mansión secreta de su presidente. Con sus llamadas falsas, desveló que el hijo del portavoz del Kremlin se libraba de ir reclutado a Ucrania o que la mujer del exviceprimer ministro usaba aviones para llevar a sus perros a competiciones caninas por medio mundo. Con sus manifestaciones, antes de su enfermedad y antes de la cárcel, reunió a más gente que nadie en la calle contra el poder.

Alexei Navalny, en julio de 2013, saludando a sus seguidores a su llegada a la estación central de trenes de Moscú.DMITRY LOVETSKY / AP

Nada de eso han logrado los demás. Y eso que las encuestas decían que un 14% de los rusos no sabía quién era Navalni, según datos del Levada Center de febrero de 2023. ¿Ignorancia fingida? A saber. Eliminado Navalni, queda un panorama que convierte a Putin en prácticamente invulnerable. No tiene casi rivales, los pocos que tiene carecen de estructura y medios como los que tenía “el paciente de Berlín”, como lo llamaba el presidente cínicamente tras su ingreso por envenenamiento.

El investigador Andrei Kolesnikov ha publicado en el Fondo Carnegie para la Paz Internacional (Carnegie Endowment for International Peace) una radiografía de los opositores a Putin que se duele de la suma de una “sociedad indiferente” y una “crueldad imprudente” del régimen, que resulta en una “pérdida de esperanza” para la democracia rusa. Habla de la figura esencial de los “conformistas pasivos de Rusia”, la “verdadera columna vertebral del régimen semitotalitario”, que buscarán “excusas para todo”, para explicar hasta la muerte del opositor, y se conformarán de nuevo con lo que hay: Putin eterno.

Hay rivales, matiza Kolesnikov, pero con el máximo rival muerto, “nuestro comandante supremo está fuera de competencia. De ahora en adelante es un solus rex“, la única pieza que queda en el tablero. “El poder no sólo se ha prerservado, sino que es absoluto” ahora y el “shock” de la muerte de Navalni pasará. Más que un levantamiento, teme un “aumento del sentimiento de absoluta omnipotencia e irresponsabilidad de la clase dominante y su aparato de represión”.

Su conclusión es desoladora: “La parte silenciosa de la sociedad, que prefiere aplaudir cualquier iniciativa de la autocracia a la libertad de expresión, se encerrará aún más en sí misma o incluso comenzará a demostrar celo en su apoyo a las autoridades. Algunos conformistas pasivos entenderán que para su tranquilidad personal necesitan convertirse en conformistas activos“, escribe. Así que no hay amenaza alguna para Putin. “Quienes no se callan sólo confirmarán su reputación de enemigos y para ellos existe una vasta máquina de opresión y un conjunto igualmente expansivo de legislación represiva. Quienes permanezcan en silencio mantendrán la boca firmemente cerrada, y quienes apoyen al régimen sólo lo harán de manera aún más ruidosa y agresiva”, augura.

Ya la Rusia que vio Navalni desde su celda era otra a aquella en la que empezó a hacer oposición. No se pueden llevar a cabo actividades políticas libres, no se autorizan candidaturas críticas -el fallecido pudo presentarse a la Alcaldía de Moscú en 2013- y una protesta masiva es preludio de calabozo. Putin reformó las leyes en 2020 para poder perpetuarse en el poder y por eso puede seguir concurriendo a elecciones, hasta 2036. La persecución de la disidencia, el uso de los medios de comunicación, la manipulación de grupos como los ancianos, las normas para perseguir la financiación de los demás partidos…

Nada pone las cosas fáciles y, tampoco, el adormecimiento social de un país que en un 30% decía que el envenenamiento del opositor era un montaje y un 19% más, que era una provocación de fuerzas occidentales. “Es más fácil vivir y pensar así o, mejor dicho, no pensar en absoluto. Esta mayoría estaba dispuesta a cualquier cosa que se les ocurriera a las autoridades, y no sorprende que aceptaran tanto la operación especial como todas las excusas para llevarla a cabo”, remarca el experto. Queda una “parte pensante” menor, lleva de “vergüenza fatiga, desconcierto y desesperación”.

“Todo lo que se necesita para que el mal triunfe es la inacción de la gente buena… La hipocresía de la neutralidad, el apoliticismo y la recusación, que oculta la pereza, la cobardía y la mezquindad, es la razón principal por la que un grupo de villanos bien organizados gobierna”. Esto lo firma Alexei Navalni, un hombre con claroscuros pero que volvió a su país a sabiendas de que le esperaba la muerte y ahora aguarda su entierro.

 

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