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¿Un presidente pacifista?/An Antiwar President?

Boris Nadezhdin, who plans to run for Russian president in 2024, visits election commission office in Moscow

Boris Nadezhdin, a representative of Civil Initiative political party who plans to run for Russian president in the March 2024 election, visits an office of the Central Election Commission in Moscow, Russia February 8, 2024. REUTERS/Maxim Shemetov

Por/By Derek Royden

En al menos tres elecciones distintas, Donald J. Trump fue retratado por sus partidarios e intelectuales de derecha como un candidato “pacifista”. Este planteamiento fue interesante porque la doctrina de Trump, tal como él y sus aliados la han articulado a lo largo del tiempo, es una que debería resultar familiar para la mayoría de la gente: “paz a través de la fuerza”.

Esta doctrina, como gran parte del mensaje político de Trump, está tomada de Ronald Reagan y ha estado en el centro de la política exterior de todas las administraciones estadounidenses desde al menos los años 1980. El énfasis, sea quien sea el presidente, siempre ha estado en la segunda parte, razón por la cual el presupuesto para el ejército estadounidense aumentó en miles de millones cada año bajo el presidente Trump la última vez, al igual que lo hizo bajo el presidente Biden.

Aquellos que se oponen al militarismo, independientemente de quién lo defienda, se horrorizaron con razón por el uso sistemático de drones por parte de Barack Obama durante sus dos mandatos como presidente, incluso en muchos países donde no se habían declarado hostilidades. Sin embargo, las cifras muestran que, lejos de poner fin a estos ataques a menudo improductivos que mataron a tantos inocentes, el presidente Trump redobló la apuesta.

Como informó Matthew Duss en Foreign Policy el año pasado, “según la Oficina de Periodismo de Investigación del Reino Unido, hubo 2.243 ataques con drones sólo en los dos primeros años de la presidencia de Trump, en comparación con 1.878 en los ocho años de la administración Obama”.

Si Donald Trump realmente estuviera interesado en evitar conflictos inútiles, no se habría retirado del JCPOA (el acuerdo nuclear con Irán) negociado por su predecesor. Su objetivo parece haber sido destruir el principal legado diplomático de Obama a pesar del éxito del acuerdo, según informaron quienes lo supervisaron, incluidos aliados europeos cercanos, lo que no es precisamente el acto de una persona de principios. El hecho de que la anterior administración Trump no tuviera más que desprecio por el derecho internacional y la diplomacia quedó demostrado no solo por la retórica del presidente, sino también por sus acciones, algunas de las cuales fueron explicadas por Michael Galant poco después de que el futuro presidente dejara el cargo a principios de 2021:

“(Él) destruyó el Tratado de Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio, se retiró del Tratado de Cielos Abiertos que garantizaba la transparencia entre Estados Unidos, gran parte de Europa y Rusia, y no prorrogó el crítico Tratado Nuevo START con Rusia. Adoptó un enfoque inconsistente, egoísta y a menudo antagónico en las negociaciones con Corea del Norte que casi nos llevó a una guerra nuclear”.

Debería ser obvio que en algún momento otros países pueden reaccionar a tal intimidación con agresión, pero a menudo parece que Estados Unidos depende de que aquellos considerados rivales o enemigos se comporten de una manera racional que no se exige a sus propios líderes.

En la actualidad, el presidente entrante ya ha prometido utilizar el ejército estadounidense en al menos dos frentes cuando regrese al cargo. En primer lugar, una promesa inconstitucional de desplegar el ejército estadounidense contra inmigrantes y solicitantes de asilo dentro de los propios Estados Unidos y, en segundo lugar, el uso de la fuerza contra los cárteles de la droga en México. Esto último podría ser un problema, ya que, en mi experiencia, el nacionalismo mexicano es una fuerza poderosa en ese país y una intervención armada estadounidense podría conducir a una resistencia más generalizada más allá de esos grupos criminales violentos y bien dotados de recursos.

Incluso sin tener en cuenta los grandes conflictos en Ucrania y en Oriente Medio o sus elecciones de gabinete de línea dura, lo que el hombre que pronto regresará a la Oficina Oval está prometiendo en términos de diplomacia no parece probable que resulte en un mundo más pacífico, sino más propenso al conflicto.

Basándose en sus propias palabras, siempre cambiantes, y en su último mandato en el cargo, esta esperanza de que la administración de Trump promueva la paz es una ilusión.

Derek Royden es un periodista canadiense.

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An Antiwar President?

In at least three separate elections, Donald J. Trump was portrayed by his supporters and right-wing intellectuals as an ‘anti-war’ candidate. This framing was interesting in that the Trump doctrine as he and those allied with him have articulated over time is one that should be familiar to most people: “peace through strength.”

This, like so much of Trump’s political messaging, is taken from Ronald Reagan and has been at the heart of every US administration’s foreign policy since at least the 1980s. The emphasis, whoever the president, has always been on the second part, which is why the budget for the US military went up by billions every year under President Trump the last time around just as it did under President Biden.

Those opposed to militarism regardless of who is espousing it were rightly appalled by Barack Obama’s routine use of drones over his two terms as president, including in many countries where no hostilities had been declared. Nonetheless, the numbers show that far from ending these often unproductive strikes that killed so many innocents, President Trump doubled down on them.

As reported by Matthew Duss in Foreign Policy last year, “According to the United Kingdom’s Bureau of Investigative Journalism, there were 2,243 drone strikes in just the first two years of Trump’s presidency, compared with 1,878 in the entire eight years of the Obama administration.”

If Donald Trump were truly interested in avoiding pointless conflicts, he would not have pulled out of the JCPOA (the Iran nuclear deal) negotiated by his predecessor.His goal seems to have been to tear up Obama’s chief diplomatic legacy despite the success of the agreement as reported by those overseeing it including close European allies, hardly the act of a principled person.

That the prior Trump administration had nothing but contempt for international law and diplomacy was demonstrated not only by the president’s rhetoric but by his actions, some of which were elucidated by Michael Galant shortly after the soon-to-be president left office in early 2021,

“(He)shredded the Intermediate-Range Nuclear Forces Treaty, withdrew from the Open Skies Treaty that ensured transparency between the U.S., much of Europe, and Russia, and failed to extend the critical New START Treaty with Russia. He took an inconsistent, self-serving, and often antagonistic approach to negotiations with North Korea that nearly took us to nuclear war.”

It should be obvious that at some point other countries may react to such bullying with aggression, but it often seems that the US relies on those deemed rivals or enemies to behave in a rational way not required of its own leaders.

At present, the incoming president has already vowed to use the American military on at least two fronts upon his return to office. First, an unconstitutional promise to deploy the U.S military against immigrants and asylum seekers within the United States itselfand second, the use of force against drug cartels in Mexico.The latter could be a problem, as, in my experience, Mexican nationalism is a powerful force in that country and an armed American intervention could lead to more generalized resistance beyond those violent and well-resourced criminal groups.

Even without taking major conflicts in Ukraine and in the Middle East or his hawkish cabinet picks into account, what the man soon returning to the Oval Office is promising in terms of diplomacy doesn’t seem likely to result in a more peaceful world but one more prone to conflict.

Based on his own ever-shifting words and his last term in office, this hope that Trump’s administration will promote peace is wishful thinking.

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Derek Royden is a Canadian journalist.

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