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EL PAIS QUE SE ENCERRO

Jorge Ramos

Jorge Ramos

Había una vez un país tan rico, tan rico, que creyó que ya no necesitaba de otras nacio nes. Entonces cerró sus fron teras, expulsó a los extranjeros y anunció que ya no quería nada de sus vecinos y ni de sus aliados. Por un ratito pensó que el plan iba a salir bien. Pero pronto se quedó solo, triste, sin amigos y los otros países se acostumbraron a vivir sin él.

Este cuentito está incompleto. Le falta el final. Aunque tiene moraleja.

Lo que acaba de anunciar hace unos días el gobierno del presidente Donald Trump es la actitud del incómodo vecino que está har to, que ha decidido cerrar sus puertas y venta nas y no volver a ver a nadie más.

Estados Unidos es hoy un país que se encerró. No me atrevo a decir que es el fin de la era de la globalización. El mundo sigue siendo un mercado global. Pero estamos lejos de ese momento de expansión y de derrumbe de barreras que surgió tras la caída del muro de Berlín (1989) y que siguió con la desinte gración de la Unión Soviética, la popularización de la internet y las computadoras personales, y la ingenua idea de que la democracia se ex tendería como agua por todos lados.

Estados Unidos es un país que está viendo hacia dentro. Se siente poderoso. Y en lo que viene de fuera; consumimos cosas de todo el mundo y producimos cosas para todo el mundo. lugar de negociar y de hablar se ha dedicado a imponer sus reglas y sus puntos de vista. (Casi) todos bailan al ritmo que Trump impone. Pero es un modelo insostenible. Primero, porque difícilmente durará más de cuatro años -los que le quedan a Trump en la Casa Blanca- y, segundo, porque va a contracorriente.

Escribo esta columna sobre un escri torio de madera japonesa en la ciudad de May ami donde se habla más español que inglés. Me puse unos zapatos Sperry, color beige, mis favoritos, sin calcetines y con una marca interna que dice que fueron hechos en Indone sia. Aunque estuve a punto de ponerme unos tenis Allbirds grises hechos en Vietnam. Partes de mi celular Apple y de la computadora donde escribo fueron construidos en China, al igual que el vaso de plástico transparente donde tomo un concentrado de jugo de manzana, que también es un producto chino. Aunque estoy tan lejos de México, casi todos los días como aguacates michoacanos, que saben muy dis tinto a los que vienen del caribe. (Mi hermano Alejandro decía que una casa sin aguacate y limón no es un hogar. Y le creo.) Hace un par de años manejo un carro alemán azul marino, que sale más barato que algunas camionetas hechas en Estados Unidos. En mi librero brin can varios ejemplares impresos en México y en Colombia. Y cada vez que levanto un objeto hay altas probabilidades de que fue hecho en un lugar distinto a Estados Unidos.

¿Por qué? Porque es más barato, porque es de mejor calidad, porque hay un acu erdo comercial que facilita su entrada o porque nos hemos acostumbrado a ver como local

Bueno, prácticamente todos los ob jetos que mencioné en esta columna van a costarme más muy pronto. Y todo porque el nuevo gobierno de Estados Unidos ha impues tos aranceles a los productos importados. No hay que tener un doctorado en economía para entender que la inflación va a subir, que habrá escasez de ciertos productos, y que pasarán años antes de que las industrias es tadounidenses puedan producir lo que antes se importaba. Una gran ironía es que esas nuevas fábricas que quiere construir Trump, y que reemplazarían los miles de productos im portados, solo se podrían llenar con empleados extranjeros, muchos de los cuales ahora están siendo deportados.

Lo que Trump llamó el “día de la lib eración” fue un verdadero desmadre. Los mer cados del mundo, que le hacen más caso a las monedas y a los hechos que a las palabras, están en crisis. No hay ninguna liberación, solo más angustia y desconcierto.

Cuando los astronautas regresan del espacio -incluyendo dos estadounidenses que pasaron más de 9 meses en la estación espa cial internacional, en lugar de 7 días- hablan del gran impacto que tuvo en ellos ver la tierra desde lejos, sin fronteras y sin esos mapas de colores que nos enseñaron en la primaria.

El mapa mental de Trump es de esos años y parece estar muy distorsionado, con un solo país en rojo y el resto en gris. Como siem pre, la realidad se encargará del resto.

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