Por/By Bruce Altschuler
Se suele decir que los generales están preparados para librar la guerra anterior. En otras palabras, tras cada guerra, los militares evalúan los resultados para evitar repetir los mismos errores, pero la siguiente guerra siempre presenta condiciones y problemas diferentes, lo que resta relevancia a muchas de estas lecciones. Alemania y Japón no eran Vietnam del Norte. Ho Chi Minh y Saddam Hussein no eran Hitler y Stalin. Las guerras libradas con tanques, acorazados, aviones y misiles tenían poca relevancia en la lucha contra artefactos explosivos improvisados y drones.
Sin embargo, hay una lección que las guerras modernas deberían enseñar tanto a los líderes civiles que las inician como a los militares que sufren el peso de los combates. Por muy poderoso que sea el ejército de una nación, no puede someter a un enemigo mediante bombardeos. Como J.D. Vance le dijo a Israel (sin rastro de ironía): «No se puede resolver cualquier problema de seguridad nacional simplemente matando».
La ineficacia de tales bombardeos, a pesar de su poder destructivo, se conoce desde hace muchos años. Al final de la Segunda Guerra Mundial, el economista John Kenneth Galbraith dirigió un amplio equipo en la elaboración de un informe gubernamental sobre la eficacia de los bombardeos estratégicos aliados. En 2004, resumió sus conclusiones, casi 60 años después. Los ataques a las fábricas de armas alemanas «fueron lamentablemente inútiles», ya que «la producción de aviones de combate aumentó a principios de 1944 tras los bombardeos masivos» gracias a la reubicación de fábricas y maquinaria y a una gestión decidida. La muerte y la destrucción resultantes en las ciudades alemanas «no tuvieron un efecto apreciable en la producción bélica ni en la guerra». Esta lección, opinó, fue ignorada cuando Estados Unidos inició las guerras de Vietnam e Irak.
Quizás la razón por la que se prestó poca atención al estudio de Galbraith fue que los Aliados ganaron la guerra. Según Daniel Ellsberg, dado que en 1965 Lyndon Johnson temía enviar tropas terrestres a Vietnam (de forma similar a como Donald Trump rechazó el despliegue de tropas terrestres en 2026), «una de las cosas que resultaba fácil para un presidente estadounidense era una demostración de fuerza mediante bombardeos». Ellsberg creía que, desde la Segunda Guerra Mundial, existía una creencia generalizada en la eficacia y la aceptabilidad del bombardeo aéreo, lo que desempeñó un papel crucial en la entrada de Estados Unidos en la guerra de Vietnam y su escalada. Al fin y al cabo, la disparidad entre el poderío militar de Estados Unidos y el de Vietnam del Norte era enorme; sin embargo, el resultado fue una guerra de diez años que culminó con la retirada estadounidense y la toma del control de todo Vietnam por parte del gobierno norvietnamita. El poder aéreo estadounidense tampoco resultó más eficaz en Afganistán, donde, dos décadas después de que las fuerzas estadounidenses derrocaran al gobierno talibán, este regresó al poder.
Otros países tampoco han aprendido la lección de la insuficiencia del poder aéreo. Tras la invasión soviética de Afganistán en 1979, sus 100.000 soldados lograron controlar las ciudades, pero no las zonas rurales. Intentaron bombardear estas áreas rurales, pero a pesar de que cuatro millones de afganos huyeron del país, los bombardeos no consiguieron detener a los muyahidines, que utilizaron misiles portátiles contra la aviación soviética. En 1989, todas las tropas soviéticas se habían retirado. En 2015, Arabia Saudita lanzó una campaña masiva de bombardeos en Yemen para derrocar a los hutíes, utilizando aviones suministrados y pilotos entrenados por Estados Unidos. El resultado fue una catástrofe humanitaria que, según las Naciones Unidas, dejó cientos de miles de muertos a causa de los combates o consecuencias indirectas como el hambre. Solo los bombardeos causaron 24.000 muertes, incluyendo 9.000 civiles. En marzo de 2022, los saudíes anunciaron el fin de las hostilidades.
Ninguno de estos fracasos impidió que la administración Trump iniciara una campaña de bombardeos en Irán el 28 de febrero. Si bien sus razones para ir a la guerra han sido diversas, parece basarse en tres: un cambio de régimen, el fin del programa nuclear iraní y la destrucción de los misiles de Irán.
Irán respondió cerrando el estrecho de Ormuz, lo que provocó un aumento drástico en los precios del petróleo. Gran parte del ejército iraní, incluida su armada, fue destruido y sus líderes asesinados, pero lograron conservar el 70% de sus misiles y reemplazar a sus líderes con figuras más jóvenes y beligerantes, incluido el hijo de su Líder Supremo.
Trump amenazó con “diezmar” a Irán o destruir “toda una civilización”, pero siempre se retractó antes de la fecha límite que él mismo se había impuesto. El 17 de junio, Estados Unidos e Irán firmaron un memorando de entendimiento que declaraba un alto el fuego de 60 días durante el cual se llevarían a cabo negociaciones sobre un acuerdo nuclear y el estrecho de Ormuz permanecería abierto. Ninguno de los objetivos de Trump se ha logrado, mientras que la posición de Irán se ha fortalecido gracias a su demostrada capacidad para cerrar el estrecho de Ormuz, algo que nunca hizo hasta que fue atacado.
¿Acaso Trump ha aprendido la lección de que no se puede someter al enemigo a base de bombardeos? Sus declaraciones más recientes sugieren que no. En una entrevista con Fox News, amenazó con que si Irán cerraba el estrecho de Ormuz, «no tendrían país», lo que provocó que los negociadores iraníes abandonaran las conversaciones de paz. Probablemente se trate solo de bravuconería, pero, con Trump, ¿quién sabe?
«Quienes no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo».—George Santayana
El Dr. Bruce Altschuler es profesor emérito de ciencias políticas.
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A lesson not learned
It is often said that generals are ready to fight the last war. In other words, after every war, the military evaluates the results in order to avoid repeating the same mistakes, but the next war always presents different conditions and problems, making many of these lessons less relevant. Germany and Japan were not North Vietnam. Ho Chi Minh and Saddam Hussein were not Hitler and Stalin. Wars fought with tanks, battleships, airplanes and missiles had limited relevance when fighting against IEDs and drones.
Nevertheless, there is one lesson that modern wars should teach both the civilian leaders who initiate them and the military who bear the brunt of the fighting. No matter how powerful a nation’s military, it cannot bomb an enemy into submission. As J.D Vance told Israel (without a hint of irony), “You can’t just kill your way out of solving every national security problem.”
The ineffectiveness of such bombing, despite its destructive power, has been known for many years. At the end of WW II, the economist John Kenneth Galbraith led a large staff in a government report on the effectiveness of the Allies strategic bombing. In 2004, he summarized his conclusions from nearly 60 years before. Attacks on German arms factories “were sadly useless” as “fighter aircraft production actually increased in early 1944 after major bombing” due to factory and machinery relocation and determined management. The resulting death and destruction in German cities “had no appreciable effect on war production and the war.” This lesson, he opined, was ignored when the United States initiated wars in Vietnam and Iraq.
Perhaps the reason little attention was paid to Galbraith’s study was that the Allies won the war. According to Daniel Ellsberg, because in 1965 Lyndon Johnson was afraid to send ground troops to Vietnam (much like Donald Trump rejected “boots on the ground” in 2026), “one thing that came easy to an American President was a demonstration by bombing.” Ellsberg believed that since WW II, “there was a widespread belief in the efficacy and acceptability aerial bombing” that played a critical role in the United States entering and escalating the war in Vietnam. After all, the disparity between the superpower military of the United States and that of North Vietnam could not have been greater yet the result was a 10-year war that ended in an American withdrawal and a takeover of all of Vietnam by the North Vietnamese government. Nor did American air power prove any more successful in Afghanistan where, two decades after American forces deposed the Taliban government, it returned to power.
Other countries have also failed to learn the lesson of the insufficiency of air power. After the Soviet Union invaded Afghanistan in 1979, its 100,000 troops were able to control the cities but not the countryside. They sought to bomb these rural areas but despite four million Afghans fleeing the country, the bombing failed to stop the mujahideen who used shoulder fired missiles against the Soviet aircraft. By 1989, all Soviet troops had been withdrawn.
In 2015, Saudi Arabia launched a massive bombing campaign in Yemen to oust the Houthis from power using airplanes supplied and pilots trained by the United States. The result was a humanitarian catastrophe with, according to the United Nations, hundreds of thousands dying from the fighting or such indirect consequences as hunger. From the bombing alone, 24,000 died, including 9000 civilians. In March 2022, the Saudis announced that they would end hostilities.
None of these failures stopped the Trump administration from initiating a bombing campaign in Iran on February 28. While his reasons for going to war have varied, he seems to have three: regime change, ending Iran’s nuclear program, and destroying Iran’s missiles.
Iran countered by closing the Strait of Hormuz which caused a dramatic spike in oil prices. Much of Iran’s military, including its navy, was destroyed and their leadership killed, but they were able to retain 70% of their missiles and replace their leaders with younger and more militant figures, including their Supreme Leader’s son.
Trump has threatened to “decimate” Iran or destroy “a whole civilization” but has always pulled back before his self-imposed deadline. On June 17, the US and Iran signed an MOU declaring a 60-day cease fire during which negotiations on a nuclear agreement will take place and the Strait of Hormuz will be open. None of Trump’s objectives have been achieved while Iran’s position has been strengthened by its demonstrated ability to close the Strait of Hormuz—something it never did until attacked.
The war, however, has killed thousands of Iranians, at least 1700 of them civilians, and 13 American soldiers. An American missile strike on an elementary school killed 175 people, most of them children. The UN estimates that more than three million Iranians have been forced to leave their homes.
Has Trump learned the lesson that you can’t bomb your enemy into submission? His most recent statements suggest that he has not. In an interview with Fox News, he threatened that if Iran closed the Strait of Hormuz, “you won’t have a country,” causing Iran’s negotiators to walk out of the peace talks. This is probably just bluster, but, with Trump, who knows?
“Those who cannot remember the past are condemned to repeat it.” —George Santayana
Dr. Bruce Altschuler is emeritus professor of political science.
