Por/By Lawrence S. Wittner
El 1 de marzo de 1945, apenas seis semanas antes de su muerte, el presidente de los Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, pronunció un discurso ante el Congreso que apuntaba hacia una transformación radical de las relaciones internacionales.
Con las potencias del Eje tambaleándose hacia la derrota en la Segunda Guerra Mundial, Roosevelt informó que la recién concluida conferencia de Yalta, que reunió a los líderes aliados, había acordado establecer “una base común para la paz”. Esta supondría “el fin del sistema de acción unilateral, las alianzas exclusivas, las esferas de influencia, los equilibrios de poder y todos los demás recursos que se han intentado durante siglos… y que siempre han fracasado”. Tales enfoques serían reemplazados por “una organización universal”, una “estructura permanente de paz sobre la cual podamos comenzar a construir… ese mundo mejor en el que nuestros hijos y nietos… deben vivir, y pueden vivir”.
Como paso siguiente, delegados de 50 naciones se reunieron en San Francisco entre el 25 de abril y el 26 de junio de 1945 y redactaron la Carta de las Naciones Unidas. Aunque la Carta reafirmaba la “fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana, en la igualdad de derechos de hombres y mujeres y de las naciones grandes y pequeñas” y prometía promover la “justicia”, el “progreso social” y “mejores condiciones de vida en una libertad más amplia”, su primer objetivo declarado (y máxima prioridad) era “preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra”.
En las décadas posteriores, las Naciones Unidas realizaron una labor eficaz en el fomento de los derechos humanos y el progreso social. La Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, en cuya redacción y promoción desempeñó un papel fundamental Eleanor Roosevelt, representó un avance sustancial en materia de derechos sociales, culturales y económicos. Además, las Naciones Unidas jugaron un papel esencial en el amplio proceso de descolonización en África, Asia y el Caribe, en la promoción del desarrollo económico y la salud pública en naciones empobrecidas, y en la elaboración de acuerdos internacionales para abordar cuestiones medioambientales.
Irónicamente, sin embargo, en lo que respecta a prevenir la agresión militar y la guerra, el historial de la ONU fue menos impresionante. Ciertamente, la organización internacional logró mediar en más de 170 acuerdos de paz, desplegó más de 70 misiones de mantenimiento de la paz para estabilizar zonas de posconflicto e impulsó importantes medidas de control de armas y desarme. Sin embargo, desde 1945 han estallado más de 285 conflictos militares en todo el mundo, causando un enorme costo humano y económico. Además, el número de guerras entre naciones ha aumentado drásticamente en la última década, alcanzando en 2025 el nivel más alto desde la Segunda Guerra Mundial.
Si las Naciones Unidas no han logrado alcanzar su objetivo de poner fin a la guerra, ello se debe en gran medida a la conducta de las «grandes potencias». Estados Unidos, la Unión Soviética (y su sucesora, Rusia), Francia, Gran Bretaña y China han ejercido su derecho de veto al menos 320 veces en el Consejo de Seguridad de la ONU para obstaculizar la acción del organismo. Asimismo, han sido protagonistas de algunas de las guerras más devastadoras libradas desde 1945: en Corea, Hungría, Indochina, Argelia, Afganistán, Irak, Siria, Ucrania y otras muchas naciones.
Dado que las Naciones Unidas se han visto frecuentemente paralizadas por las naciones más poderosas, la defensa de la paz ha recaído a menudo en el activismo ciudadano, especialmente en el movimiento pacifista. De hecho, dicho movimiento ha logrado despertar la oposición popular al militarismo, consiguiendo en ocasiones poner fin a conflictos bélicos. En colaboración con sus aliados naturales —entre ellos, naciones más pequeñas y sectores dentro de las propias Naciones Unidas—, el movimiento ha cosechado éxitos notables a la hora de impulsar medidas de control de armas nucleares y de desarme.
En ocasiones, el movimiento logró incluso convencer a líderes de las grandes potencias. El dirigente soviético Mijaíl Gorbachov, figura clave que puso fin a la Guerra Fría, atribuyó gran parte de su «nuevo pensamiento» al activismo a favor del desarme nuclear de aquella época. En un discurso memorable pronunciado el 7 de diciembre de 1988, Gorbachov declaró ante las Naciones Unidas que «el uso o la amenaza de la fuerza ya no pueden… ser un instrumento de la política exterior». En su lugar, afirmó, el mundo necesitaba establecer un sistema sólido de seguridad internacional bajo la dirección de unas Naciones Unidas revitalizadas. Había llegado el momento de «poner fin a una era de guerras, confrontación y conflictos regionales», señaló. «Este es nuestro objetivo común, y solo podremos alcanzarlo juntos».
Aunque Gorbachov fue apartado del poder debido a la disolución de la Unión Soviética, otro dirigente gubernamental, Barack Obama, asumió su papel. Profundamente influido —cuando aún era estudiante— por el movimiento de desarme nuclear de la década de 1980, Obama prometió durante su campaña presidencial de 2008 buscar «la paz de un mundo sin armas nucleares». Tras ser elegido presidente de los Estados Unidos, cumplió su palabra presidiendo una reunión trascendental del Consejo de Seguridad de la ONU —apenas la quinta en la historia del Consejo celebrada a nivel de jefes de Estado—, en la que se proclamó el compromiso con el objetivo de un mundo libre de armas nucleares. El secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, calificó el encuentro de «acontecimiento histórico».
Sin embargo, el fin de la Guerra Fría ofrecía la mejor oportunidad para un giro decisivo hacia la paz, y esa oportunidad ya había pasado. Ni los sucesores de Gorbachov ni los republicanos del Congreso aceptaron la propuesta de Obama, que naufragó en medio de una creciente ola de nacionalismo de derecha. Nuevos líderes gubernamentales como Donald Trump, Vladímir Putin y Benjamin Netanyahu llegaron al poder, arremetiendo contra las Naciones Unidas e iniciando programas de rearme, acciones unilaterales y guerras.
Aun así, el futuro no está escrito. Como revelan las encuestas de opinión, existe un amplio apoyo público a una mayor cooperación mundial, así como un rechazo generalizado a las invasiones y ocupaciones militares de otros territorios. Las naciones más pequeñas del mundo se están rebelando contra las grandes potencias militares, tal como demuestran las votaciones abrumadoras en las Naciones Unidas para condenar la agresión militar de las grandes potencias y para implementar el Tratado de la ONU sobre la Prohibición de las Armas Nucleares, ratificado ya por más de la mitad de los países del mundo. De hecho, recientemente ha comenzado una campaña internacional para fortalecer las Naciones Unidas mediante la reforma de su Carta fundacional.
El sueño se ha postergado, pero sigue vivo.
El Dr. Lawrence Wittner, colaborador de PeaceVoice, es profesor emérito de Historia en la SUNY/Albany y autor de *Confronting the Bomb* (Stanford University Press).
A Dream Deferred, But Still Alive
On March 1, 1945, only six weeks before his death, U.S. President Franklin D. Roosevelt delivered an address to Congress that pointed toward a sweeping transformation of international relations.
With the Axis powers tottering toward defeat in World War II, Roosevelt reported that the recently concluded Yalta conference of Allied leaders had agreed upon “a common ground for peace.” It would “spell the end of the system of unilateral action, the exclusive alliances, the spheres of influence, the balances of power, and all the other expedients that have been tried for centuries―and have always failed.” These approaches would be replaced by “a universal organization,” a “permanent structure of peace upon which we can begin to build . . . that better world in which our children and grandchildren . . . must live, and can live.”
As a follow-up, delegates from 50 nations met in San Francisco from April 25 to June 26, 1945 and drafted the United Nations Charter. Although the Charter affirmed “faith in fundamental human rights, in the dignity and worth of the human person, in the equal rights of men and women and of nations large and small” and promised to promote “justice,” “social progress,” and “better standards of life in larger freedom,” its first proclaimed goal (and top priority) was “to save succeeding generations from the scourge of war.”
In subsequent decades, the United Nations did an effective job of encouraging human rights and social progress. The 1948 Universal Declaration of Human Rights, which Eleanor Roosevelt occupied a pivotal role in drafting and promoting, represented a substantial advance in social, cultural, and economic rights. In addition, the United Nations played an essential part in the widespread decolonization process in Africa, Asia, and the Caribbean, in promoting economic development and public health in impoverished nations, and in developing international agreements to address environmental issues.
Ironically, however, when it came to preventing military aggression and war, the UN record was less impressive. Yes, the international organization successfully mediated more than 170 peace settlements, deployed over 70 peacekeeping missions to stabilize post-conflict zones, and fostered important measures for arms control and disarmament. Nevertheless, more than 285 military conflicts have erupted around the world in the years since 1945, taking a vast human and economic toll. Furthermore, the number of wars between nations has increased sharply over the past decade, reaching, in 2025, the highest level since World War II.
If the United Nations has fallen short of its goal of ending war, this is largely due to the behavior of the “great powers.” The United States, the Soviet Union (and its successor, Russia), France, Britain, and China have employed their veto at least 320 times in the UN Security Council to frustrate UN action. They have also been leading participants in some of the world’s most disastrous wars fought since 1945―in Korea, Hungary, Indochina, Algeria, Afghanistan, Iraq, Syria, Ukraine, and numerous other nations.
With the United Nations frequently hobbled by the most powerful nations, the defense of peace has often been left to citizen activism, especially the peace movement. And, indeed, that movement has managed to stir up popular opposition to militarism, occasionally succeeding in bringing wars to an end. Working with its natural allies among smaller nations and at the United Nations, the movement has been particularly successful at generating nuclear arms control and disarmament measures.
Sometimes the movement even made converts among the leaders of the major powers. Soviet party leader Mikhail Gorbachev, the key government official who brought the Cold War to an end, credited much of his “New Thinking” to the nuclear disarmament activism of his time. In a remarkable address, delivered on December 7, 1988, Gorbachev told the United Nations that “the use or threat of force no longer can . . . be an instrument of foreign policy.” In their place, he said, the world needed the establishment of a strong international security system, under the direction of a revitalized United Nations. It was time “put an end to an era of wars, confrontation and regional conflicts,” he said. “This is our common goal, and we can only reach it together.”
Although Gorbachev was swept from power thanks to the dissolution of the Soviet Union, another government official, Barack Obama, took up his role. Deeply influenced when still a student by the nuclear disarmament movement of the 1980s, Obama, during his 2008 presidential campaign, promised to seek “the peace of a world without nuclear weapons.” After his election as President of the United States, he followed through by chairing a dramatic meeting of the UN Security Council―only the fifth in the Council’s history held at the level of heads of state―that proclaimed a commitment to the goal of a world free of nuclear weapons. UN Secretary-General Ban Ki-moon termed it “an historic event.”
But the end of the Cold War provided the best opportunity for a decisive turn toward peace, and that opportunity had already passed. Neither Gorbachev’s successors nor Congressional Republicans could stomach Obama’s proposal, which sank amid a rising tide of rightwing nationalism. New government leaders like Donald Trump, Vladimir Putin, and Benjamin Netanyahu took power, assailing the United Nations and embarking on programs of weapons buildups, unilateral action, and wars.
Even so, the books have not been closed on the future. As opinion polls reveal, public support for heightened global cooperation is widespread, as is public disdain for military invasions and occupations of other lands. The smaller nations of the world are revolting against the major military powers, as revealed by overwhelming votes at the United Nations to condemn great power military aggression and to implement the UN Treaty on the Prohibition of Nuclear Weapons―now ratified by more than half the world’s countries. Recently, in fact, an international campaign has begun to strengthen the United Nations by amending its Charter.
The dream has been deferred, but it remains alive.
–end–
Dr. Lawrence Wittner, syndicated by PeaceVoice, is Professor of History emeritus at SUNY/Albany and the author of Confronting the Bomb (Stanford University Press).
