Podría poner en riesgo mi salud
Por/By Madonna Long
Cuando tenía 18 años, quedé paralizada tras un accidente en un autobús escolar. Durante las últimas cuatro décadas, he dependido de sondas para hacer algo en lo que la mayoría de la gente nunca tiene que pensar: ir al baño.
Mi sonda no es opcional. No es una cuestión de comodidad. Es la diferencia entre llevar mi vida diaria con independencia y terminar en el hospital.
Encontrar los suministros adecuados para mi cuerpo requirió mucha prueba y error, además de un gran apoyo por parte de mi médico y de mi proveedor de equipos médicos. Afronté bastantes contratiempos dolorosos. Cuando personas como yo encontramos algo que funciona, nos aferramos a ello.
Ahora, una compleja normativa federal podría arrebatarnos todo eso.
Los Centros de Servicios de Medicare y Medicaid (CMS) planean reactivar y ampliar el programa de “licitación competitiva”, el cual adjudicaría los contratos de suministros urológicos y de ostomía a menos de 10 empresas para todo el país; esto supone una reducción del 92 % en el número de empresas proveedoras de estos suministros médicos a nivel nacional.
Si el proveedor actual de equipos médicos de una persona no gana uno de esos contratos, esta se verá obligada a cambiar de proveedor. Obligada a empezar de cero. Y obligada a poner su salud en juego.
Los responsables de formular políticas en Washington deben comprender que suministros como los míos no son intercambiables. No son productos genéricos que puedan sustituirse como las toallas de papel o las bolsas de plástico. Son necesidades médicas personalizadas.
Existen más de 1300 productos diferentes de sondas intermitentes en el mercado, cada uno con diferencias significativas en cuanto a tamaño, flexibilidad, recubrimiento y diseño. Los médicos los eligen basándose en la anatomía, la destreza manual y la afección subyacente del paciente.
Ese nivel de personalización no es un lujo. Es lo que evita que personas como yo terminemos en el hospital, ya que un producto inadecuado puede provocar infecciones que ponen en peligro la vida.
Las infecciones del tracto urinario se encuentran entre las complicaciones más frecuentes y peligrosas para quienes dependen de sondas. En casos graves, estas infecciones pueden derivar en sepsis, una de las principales causas de hospitalización.
Ya he lidiado con infecciones anteriormente. Sé con qué rapidez puede agravarse la situación, pasando de una simple molestia a la necesidad de atención de urgencia. Para los pacientes con ostomía, un sistema mal ajustado puede provocar fugas, problemas cutáneos e infecciones. Un análisis reveló que más de un tercio de los pacientes con ostomía desarrollan complicaciones en la piel en los 90 días posteriores a la cirugía. Estas complicaciones pueden ser peligrosas y, a menudo, requieren intervención médica u hospitalización.
Los costos —tanto para los pacientes como para el sistema de salud en general— son elevados. En otras palabras, este programa de licitación competitiva, cuyo objetivo es reducir costos, podría acabar aumentándolos a largo plazo.
El programa podría tener otras consecuencias imprevistas. Exige que las empresas operen a nivel nacional, contando con la escala y la infraestructura necesarias para atender a pacientes en todo el país. En la práctica, esto dificulta —o incluso imposibilita— que muchos proveedores de equipos médicos más pequeños y de ámbito local puedan competir.
Esto es más importante de lo que la gente cree.
No soy solo un paciente; también dirijo una empresa de suministros médicos. Compruebo de primera mano lo personal que resulta esta atención. Los proveedores de equipos médicos no se limitan a enviar productos: educan a los pacientes, conocen su historial, les ayudan a evitar complicaciones y mantienen un contacto regular.
Con este nuevo sistema, esas relaciones podrían desaparecer de la noche a la mañana. En su lugar, los pacientes podrían verse obligados a recurrir a empresas lejanas que no nos conocen, no entienden nuestras necesidades y tal vez ni siquiera ofrezcan los productos que nos mantienen sanos.
Más de cuatro de cada diez proveedores de equipos médicos están planeando o considerando activamente dejar de suministrar productos urológicos y para ostomía debido a una dinámica de mercado que se verá agravada por el programa de licitación competitiva. Perder la capacidad de atender a los beneficiarios de Medicare obligaría a muchos de nosotros a cerrar el negocio.
En estados rurales como el mío, las consecuencias podrían ser aún peores. Si las empresas más pequeñas se ven obligadas a abandonar el mercado, algunos pacientes podrían tener dificultades para encontrar cualquier proveedor, independientemente del seguro médico que tengan.
Las autoridades federales afirman que la nueva norma busca ahorrar dinero y preservar la sostenibilidad fiscal de Medicare. Sin embargo, recortar costos desestabilizando a pacientes como yo no elimina el gasto; simplemente lo traslada a otro ámbito.
Si la nueva norma provoca más infecciones, más complicaciones y más visitas al hospital, Medicare no ahorrará dinero, sino que gastará más en otros aspectos. Y los pacientes pagarán las consecuencias con dolor, miedo y pérdida de dignidad.
Fui testigo directo de esto durante una ronda anterior de licitación competitiva para sillas de ruedas, que son mi principal medio de transporte. Los CMS todavía están a tiempo de aprender de sus errores pasados y replantear su estrategia. De no ser así, el Congreso debería intervenir y garantizar que los pacientes mantengan el acceso a los suministros urológicos y de ostomía, así como a los proveedores de equipos médicos de los que dependen.
Puede que esta norma parezca una simple partida en una hoja de cálculo en Washington. Pero determinará si personas como yo podemos llevar nuestras vidas, o si nos vemos arrastradas de nuevo a un ciclo de enfermedad e incertidumbre.
Madonna Long utiliza una sonda a raíz de una lesión medular sufrida en un accidente de autobús cuando tenía 18 años, y es fundadora de Summit Services & Supplies.
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New Medicare Cost-Cutting Plan Could Put My Health at Risk
When I was 18 years old, I was paralyzed in a school bus accident. For the past four decades, I’ve relied on catheters to do something most people never have to think about: go to the bathroom.
My catheter isn’t optional. It’s not a convenience. It’s the difference between going about my daily life independently and ending up in the hospital.
Finding the right supplies for my body took a lot of trial and error — and a lot of support from my doctor and medical equipment provider. I faced my share of painful setbacks. When people like me find something that works, we stick with it.
Now, an arcane federal rule could take all that away.
The Centers for Medicare and Medicaid Services are planning to restart and expand the “competitive bidding” program that would hand contracts for urological and ostomy supplies to less than 10 companies for the whole country — that’s a 92% reduction in urological and ostomy medical supply companies nationwide.
If someone’s current medical equipment provider doesn’t win one of those contracts, they’ll be forced to switch. Forced to start over. And forced to gamble with their health.
Policymakers in Washington need to understand that supplies like mine are not interchangeable. They are not generic commodities that can be swapped out like paper towels or plastic bags. They are individualized medical necessities.
There are more than 1,300 different intermittent catheter products on the market, each with meaningful differences in size, flexibility, coating, and design. Doctors choose them based on a patient’s anatomy, dexterity, and underlying condition.
That level of customization isn’t a luxury. It’s what keeps people like me out of the hospital. Because the wrong product can cause life-threatening infections.
Urinary tract infections are among the most common and dangerous complications for people who rely on catheters. In severe cases, those infections can turn into sepsis — a leading cause of hospitalization.
I’ve dealt with infections before. I know how quickly things can spiral, from discomfort to emergency care.
For ostomy patients, an ill-fitting system can lead to leakage, skin problems, and infection. One analysis found that more than one-third of ostomy patients develop skin complications within 90 days of surgery. Those complications can be dangerous — and often require medical intervention or admission to the hospital.
The costs — to both patients and the broader healthcare system — are high. In other words, this competitive bidding program, which is intended to reduce costs, could raise them in the long run.
The program could have additional unintended consequences. It requires companies to operate nationwide, with the scale and infrastructure to serve patients across the country. In practice, that makes it difficult — if not impossible — for many smaller, community-based medical equipment providers to compete.
That matters more than people realize.
I’m not just a patient. I also run a medical supply business. I see firsthand how personal this care is. Medical equipment providers don’t just ship products. They educate patients, understand their history, help them avoid complications, and maintain regular contact.
Under this new system, those relationships could disappear overnight. Instead, patients could be pushed to distant companies that don’t know us, don’t understand our needs, and may not even offer the products that keep us healthy.
More than four in ten medical equipment providers are actively planning or considering not to provide urological and ostomy supplies because of market dynamics that will only be exacerbated under the competitive bidding program. Losing the ability to serve Medicare beneficiaries would force many of us to close.
In rural states like mine, the consequences could be even worse. If smaller companies are forced out, some patients may struggle to find any supplier at all, regardless of what health insurance they have.
Federal officials say the new rule is about saving money — about preserving Medicare’s fiscal sustainability. But cutting costs by destabilizing patients like me doesn’t eliminate spending. It shifts it.
If the new rule leads to more infections, more complications, and more hospital visits, Medicare won’t save money. It will spend more elsewhere. And patients will pay the price in pain, fear, and lost dignity.
I saw as much firsthand during a previous round of competitive bidding for wheelchairs — my primary mode of transportation.
CMS still has time to learn from its past mistakes — and rethink its strategy. Failing that, Congress should step in — and ensure that patients retain access to the urological and ostomy supplies and the medical equipment providers they depend on.
This rule may look like a line item on a spreadsheet in Washington. But it will determine whether people like me can live our lives — or whether we’re pushed back into a cycle of illness and uncertainty.
Madonna Long uses a catheter after a bus accident left her with a spinal cord injury when she was 18 and is founder of Summit Services & Supplies.
