Por/By Bob Topper
El progreso de la civilización desde la Era de la Razón, a mediados del siglo XVII, ha sido asombroso. Podemos viajar a la Luna y regresar en menos tiempo del que tardaron los peregrinos en cruzar el Atlántico. Y con el Telescopio Webb, podemos retroceder en el tiempo para presenciar la formación del universo. Galileo apenas podía ver las lunas de Júpiter con su telescopio. Sin embargo, sus observaciones cambiaron el mundo. Piensen en lo que podemos hacer.
Sin embargo, el avance de la civilización generó dos amenazas existenciales para nuestra supervivencia: el calentamiento global y la guerra nuclear. ¿Es posible eliminarlas? Los logros de los últimos 250 años demuestran que tenemos la capacidad mental necesaria. Pero se necesita más: una amplia aceptación de que las amenazas son reales y un foro para encontrar e implementar soluciones. Para ello, el humanismo y la democracia son esenciales. Nuestro progreso fue impulsado por la Ilustración: la comprensión de que la capacidad de razonamiento de la humanidad proporcionaba una mejor comprensión del mundo natural que la revelación o la superstición. Y la Ilustración engendró el humanismo, que afirmaba que nada podía aceptarse como verdad a menos que estuviera validado por hechos. A partir de esta simple idea, que parece tan obvia, la humanidad avanzó más que en todos los 200.000 años anteriores de existencia humana.
La Ilustración también engendró el liberalismo, que, en el sentido clásico, es una filosofía que reemplaza el privilegio hereditario, la religión de Estado y el derecho divino de los reyes por la democracia representativa. Al eliminar las restricciones arbitrarias impuestas por el gobierno autocrático, la democracia liberal hizo posible esta revolución, ya que dio al pueblo la libertad de desarrollar y promover sus ideas y recursos.
La democracia liberal es el foro adecuado para abordar las amenazas del calentamiento global y la guerra nuclear, ya que es el único sistema de gobierno basado en la razón y dedicado al bien común. No es casualidad que el auge de los logros humanos coincida con el establecimiento de la democracia. Pero las democracias liberales son una especie en peligro de extinción, y la magnitud de estas amenazas se subestima.
Democracia
Durante 250 años, Estados Unidos fue la democracia líder y un actor esencial en la modernización de nuestro mundo. Debería desempeñar un papel protagónico en la resolución de estos problemas críticos. Sin embargo, la democracia estadounidense se ha visto descarrilada por la avaricia y el fundamentalismo religioso.
Los fundadores de nuestra nación, inspirados por la Ilustración, comprendieron que el propósito del gobierno es servir al bien común. Por lo tanto, la nación que crearon no podía ser una teocracia, ya que las teocracias sirven a un dios. Además, dado que las teocracias se basan en creencias más que en hechos, son inestables. Al igual que las opiniones, cada uno tiene sus propias creencias. Hoy en día existen más de 10 000 sectas cristianas, lo que demuestra por qué la separación de la Iglesia y el Estado es una necesidad. Respetando ese principio, las creencias religiosas se habían tratado como un asunto privado y no como asunto del gobierno estadounidense… hasta la década de 1970.
En esa década, evangelistas cristianos como Pat Robertson y Jerry Falwell se integraron activamente al Partido Republicano. Promovieron la idea de que las leyes de nuestras naciones debían ajustarse a la Biblia y se opusieron a la idea de que las libertades de Estados Unidos se extendieran a las mujeres embarazadas y a la comunidad LGBTQ. Gradualmente, el Partido Republicano se convirtió en el primer partido teocrático de Estados Unidos, con un 61 % de sus miembros defendiendo el establecimiento de Estados Unidos como una nación cristiana, aunque eso violaría o incluso invalidaría nuestra Constitución.
Para los fundamentalistas cristianos, la Constitución y el bienestar público son consideraciones secundarias. Además, sus creencias no permiten el compromiso. A medida que los republicanos devotos ganaban poder e influencia, el Congreso fue menos capaz de alcanzar acuerdos, algo esencial en una democracia. Hoy es incapaz de gobernar.
Las contribuciones ilimitadas a las campañas también perjudican nuestra democracia. El dinero negro influye en los miembros de ambas Cámaras, en nuestro presidente y en los jueces de la Corte Suprema. El gasto en las elecciones de 2024 superó los 15.900 millones de dólares, más de 50 millones por candidato. La mayoría de los políticos ahora trabajan para intereses particulares en lugar del bien común, como lo demuestra su bloqueo de leyes para regular la seguridad de las armas y reducir el costo de los medicamentos, ambas con el apoyo de una abrumadora mayoría de votantes.
Nuestro gobierno ya no está dedicado al bien común. Se ha vendido al mejor postor, y eso preparó el terreno para el ascenso de un líder autoritario, Donald Trump. Él y su partido niegan el cambio climático, y Trump retiró a Estados Unidos de los tratados más importantes de reducción de armas nucleares en su primer mandato, aumentando radicalmente ese peligro mortal para la vida.
Afortunadamente, Estados Unidos no es la única democracia liberal. Otra nación, quizás Inglaterra, Francia o Alemania, llenará el vacío dejado por Estados Unidos y liderará los esfuerzos para abordar el calentamiento global y la guerra nuclear.
Conciencia
Las personas de todo el mundo deberían ser conscientes de estas amenazas existenciales, pero no lo son. El fundamentalismo religioso es, una vez más, un obstáculo. La Biblia cristiana sostiene que el medio ambiente se autocorrige y está diseñado para que la humanidad prospere. No existe la menor evidencia fáctica que respalde esta idea, pero los fundamentalistas la creen fervientemente. Su creencia se ve exacerbada por dispensacionalistas, como el orador Mike Johnson, quien imagina que vivimos en el fin de los tiempos y que el mundo terminará antes de que los efectos del calentamiento global se agraven.
Los cristianos tienen derecho a venerar las historias del Apocalipsis, pero es mejor considerarlas como alegorías. En cuanto al calentamiento global, es mejor aplicar la lógica simple que subyace al progreso humano; es decir, confiar en lo que ha sido validado por la evidencia fáctica, lo que sabemos que es cierto.
Las industrias de combustibles fósiles también niegan el calentamiento global a pesar de que está bien establecido. Los procesos mediante los cuales las moléculas de dióxido de carbono absorben e irradian calor infrarrojo a la superficie terrestre se comprendían bien hace más de un siglo, y para la década de 1980, los datos que demostraban la correlación entre el aumento de la temperatura y el incremento del dióxido de carbono, causado por la quema de combustibles fósiles, eran concluyentes. El calentamiento global es un hecho y pone en peligro nuestro planeta.
Sin embargo, las compañías petroleras gastaron 3.600 millones de dólares para influir en la opinión pública, poniendo en duda la ciencia establecida. Esto no incluye el dinero negro donado a congresistas. Los esfuerzos de la industria, sumados al negacionismo cristiano, han nublado la conciencia de los estadounidenses. Solo el 29 % de los estadounidenses dice estar “muy preocupado” por el calentamiento global. Con la administración actual, hay pocas esperanzas de que la cifra aumente.
A diferencia del calentamiento global, nadie niega la posibilidad de una guerra nuclear y, salvo los dispensacionalistas que creen en la predicción del Armagedón sobre el fin de los tiempos, nadie cree que una guerra nuclear sea inevitable. Sin embargo, al igual que el calentamiento global, no ocupa un lugar destacado en nuestro debate público. Quizás la idea de una guerra nuclear sea tan abrumadora que preferimos ignorarla. Pero después de Nagasaki e Hiroshima, nadie debería dudar de la aterradora realidad.
La proliferación de armas nucleares y el auge del fanatismo religioso, junto con las amenazas de líderes como Vladimir Putin respecto a Ucrania, aumentan la probabilidad de una guerra nuclear. No podemos ignorarlo.
La responsabilidad de reducir el calentamiento global y eliminar la amenaza de una guerra nuclear recae exclusivamente sobre nosotros, pues solo la humanidad tiene la capacidad para hacerlo. Si bien la oración puede brindar consuelo y esperanza, estos problemas requieren un pensamiento racional. Por el bien del planeta y de todos los seres vivos, estamos obligados a abordar estos problemas de frente, y deberíamos estar trabajando en ellos ahora. Para ello, necesitamos democracias fuertes, cooperación internacional y soluciones realistas y basadas en hechos.
Y Estados Unidos debería ser parte de la solución, no parte del problema.
Bob Topper, sindicado por PeaceVoice, es un ingeniero jubilado.
————-
Save Liberal Democracy – Life Depends on It
Civilization’s progress since the Age of Reason, the mid-seventeenth century, has been astonishing. We can travel to the moon and back in less time than it took for the pilgrims to cross the Atlantic. And with the Webb Telescope, we can peer back in time to see the formation of the universe. Galileo could barely see the moons of Jupiter with his telescope. Yet Galileo’s observations changed the world. Think of what we can do.
The advance of civilization, however, produced two existential threats to our survival – global warming and nuclear war. Can they be eliminated? The accomplishments of the past 250 years show that we have the mental capacity. But more is required – wide acceptance that the threats are real, and a forum for finding and implementing solutions. To that end, Humanism and Democracy are essential.
Our progress was fostered by the Enlightenment: the realization that humankind’s reasoning ability provided a better understanding of the natural world than revelation or superstition. And the Enlightenment spawned Humanism, which asserted that nothing could be accepted as truth unless it was validated by factual evidence. From this simple idea, which seems so obvious, humankind advanced more than in all of the preceding 200,000 years of human existence.
The Enlightenment also spawned Liberalism, which, in the classic sense, is a philosophy which replaces hereditary privilege, state religion, and the divine right of kings with representative democracy. By removing the arbitrary constraints imposed by autocratic governance, liberal democracy enabled this revolution, for it gave the people freedom to develop and promote their ideas and resources.
Liberal democracy is the appropriate forum for addressing the threats of global warming and nuclear war, for it is the one system of government that is grounded in reason and dedicated to the common good. It is no coincidence that the surge in human accomplishment coincides with the establishment of democracy. But liberal democracies are an endangered species, and the magnitude of these threats is underappreciated.
Democracy
For 250 years, America had been the leading democracy, and an essential player in the modernization of our world. It should play a leading role in resolving these critical issues. But American democracy has been derailed by greed and religious fundamentalism.
Our nation’s founders, inspired by the Enlightenment, understood that the purpose of government is to serve the common good. So, the nation they created could not be a theocracy, for theocracies serve a god. Moreover, because theocracies are based on belief rather than fact, they are unstable. Like opinions, everyone has their own beliefs. Today there are more than 10,000 Christian sects, which shows why the separation of church and state is a necessity. Respecting that principle, religious belief had been treated as a private matter and not the business of the American government…until the 1970’s.
In that decade, Christian evangelists like Pat Robertson and Jerry Falwell became active in the Republican Party. They promoted the notion that our nations’ laws should conform to their Bible, and they railed against the idea that America’s freedoms should extend to pregnant women and the LGBTQ community. Gradually, the Republican Party became America’s first theocratic party, with 61 percent advocating the establishment of America as a Christian nation, even though that would violate or even void our Constitution.
To Christian fundamentalists, the Constitution and public welfare are secondary considerations. Moreover, their beliefs do not allow compromise. As pious Republicans gained power and influence, Congress was less able to reach compromise, which is essential in a democracy. Today it is incapable of governing.
Unlimited campaign contributions also impair our democracy. Dark money influences members of both Houses, our President, and justices of the Supreme Court. Spending on the 2024 election exceeded $15.9 billion, more than $50 million per candidate. Most politicians now work for special interests rather than the common good, as evidenced by their blocking legislation to regulate gun safety and lower the cost of drugs, both supported by an overwhelming majority of voters.
Our government is no longer dedicated to the common good. It has been sold to the highest bidder, and that set the stage for the rise of an authoritarian leader, Donald Trump. He and his party deny climate change and Trump pulled the US out of the most important nuclear weapons reduction treaties in his first term, radically increasing that mortal danger to life.
Fortunately, America is not the only liberal democracy. Another nation, perhaps England, France, or Germany will fill the vacancy left by America, and lead efforts to address global warming and nuclear war.
Awareness
People everywhere should be mindful of these existential threats, but they are not. Religious fundamentalism is, once again, an obstacle. The Christian Bible holds that the environment is self-correcting and designed so that humankind would flourish. There is not a shred of factual evidence to support this notion, yet it is fervently believed by fundamentalists. Their belief is exacerbated by dispensationalists, like speaker Mike Johnson, who imagines we are living in the end-times, and the world will end before the effects of global warming become serious.
Christians have a right to revere the stories in Revelation, but they are best viewed as allegories. For global warming it is better to apply the simple logic that underlies human progress, that is, to rely on what has been validated by factual evidence, what we know to be true.
The fossil fuel industries also deny global warming despite the fact it is well established. The processes by which carbon dioxide molecules absorb and radiate infrared heat back to the earth’s surface were well understood more than a century ago, and by the 1980’s, data showing the correlation between temperature rise and the increase in carbon dioxide, caused by burning fossil fuels, was conclusive. Global warming is a fact, and it endangers our planet.
Yet oil companies spent $3.6 billion to influence public opinion, casting doubt on the established science. That does not include dark money donated to congresspeople. The industry’s efforts, coupled with the Christian denialism has clouded Americans’ awareness. Only 29 percent of Americans say they are “very worried” about global warming. With the current administration there is little hope that the number will increase.
Unlike global warming, no one is in denial about the prospect of a nuclear war, and, aside from the dispensationalists who believe the end-times prediction of Armageddon, no one thinks a nuclear war is inevitable. Yet, like global warming, it is not prominent in our public dialogue. Perhaps the idea of nuclear war is so overwhelming we choose to ignore it. But after Nagasaki and Hiroshima, no one should doubt the terrifying reality.
The proliferation of nuclear weapons and the rise of religious fanaticism, along with threats from leaders like Vladimir Putin regarding Ukraine, increase the likelihood of nuclear war. We cannot ignore it.
The responsibility to reduce global warming and eliminate the threat of nuclear war falls on us alone, for only humankind has the capacity. While prayer may offer comfort and hope, these issues necessitate rational thinking. For the good of the planet and every living creature, we are obligated to tackle these problems head-on, and we should be working on them now. For that we need strong democracies, international cooperation, and realistic, fact-based, solutions.
And America should be part of the solution, not part of the problem.
Bob Topper, syndicated by PeaceVoice, is a retired engineer.
