Por/By Winslow Myers
Nuestros líderes operan bajo un paradigma obsoleto y delirante de interés nacional propio. Xi queriendo «poseer» Taiwán; Putin, Ucrania; Netanyahu, Gaza y Cisjordania; Trump, Venezuela, Groenlandia, Cuba, Canadá.
La crisis climática está convirtiendo estas diversas nociones de imperio —y gran parte de lo que implica la competencia internacional— en abstracciones vacías. La superioridad numérica en armas nucleares carece de sentido en el contexto de la posible crisis medioambiental que los científicos denominan «invierno nuclear»: la victoria pírrica definitiva.
Todo esto ilustra magníficamente la percepción de Einstein de que «no podemos resolver un problema con el mismo nivel de conciencia que lo creó». Nuestros líderes están dominados por una mentalidad de «nosotros contra ellos», cuando lo que se necesita urgentemente es una conciencia de que «todos estamos en el mismo barco».
Estos líderes libran guerras equivocadas, mientras sus verdaderos adversarios se perfilan no solo como temperaturas en aumento e incendios, inundaciones y tormentas más violentos, sino también como tecnologías militares de destrucción en constante avance —incluida ahora la inteligencia artificial— que hacen cada vez más probable el apocalipsis.
La guerra en sí misma es el verdadero enemigo.
La idea de Putin de restaurar el gran Imperio ruso se convierte en un absurdo proyecto de vanidad mientras las vastas extensiones de tundra rusa se descongelan y liberan metano a la atmósfera, y resurgen posibles enfermedades. La naturaleza misma es el imperio que siempre tiene la última palabra.
Trump está atrapado en el mundo agonizante de los combustibles fósiles. El sector petrolero contribuyó a llevarlo al poder. Su decisión de unirse a Israel en una guerra voluntaria contra Irán lo ha sumido en un enorme cuello de botella en el transporte de petróleo y ha disparado los precios, poniendo en riesgo la hegemonía de su propio partido político. Su negacionismo climático resulta grotesco por su arrogante certeza basada en la ignorancia, justificada en nombre del valor para los accionistas de las petroleras. El obsoleto paradigma de los combustibles fósiles parece estar estrechamente vinculado a la guerra, y lo ha estado desde que neoconservadores como Dick Cheney plantearon la pregunta «¿por qué nuestro petróleo está bajo su arena?» y la respondieron con empresas coloniales sangrientas, inútiles y ruinosas para el presupuesto. La apropiación neocolonial del petróleo de Venezuela por parte de Trump supone, según sus propias palabras, una vuelta a la antigua máxima de los caudillos militares: «Al vencedor le corresponde el botín».
Busque a pensadores como Bill McKibben para encontrar una reorientación refrescante. En su optimista libro *Here Comes the Sun*, argumenta claramente que los combustibles fósiles se han convertido en la verdadera «energía alternativa», a medida que el precio de los paneles solares sigue bajando y su eficiencia continúa aumentando. Daniel Poneman, secretario de Energía durante la administración Obama y actualmente directivo del Nuclear Energy Institute, sostiene que no podemos dar el paso definitivo hacia un mundo de energía limpia sin recurrir a la energía nuclear. Sin embargo, la visión realista de McKibben —basada en la combinación de energía solar, eólica y baterías— deja sin argumentos la obsesión de Poneman por la energía nuclear. En comparación con la mano de obra, el dinero y el tiempo necesarios para poner en marcha una central nuclear, la energía solar y la eólica, junto con las baterías, generarían mucha más electricidad en menos tiempo y con menor coste; y eso sin contar el problema aún no resuelto de los residuos nucleares. Si la inteligencia artificial realmente va a ayudar a la humanidad a superar sus numerosos desafíos —y ello implica el uso de centros de datos—, ¿por qué no abastecer las enormes necesidades energéticas de estas instalaciones mediante energía solar y eólica?
Esta invitación a reorientar nuestra perspectiva guarda similitudes con la experiencia que relatan los astronautas al regresar del espacio: miraban hacia abajo y no veían fronteras, sino un único planeta azul, pequeño y frágil, hogar de todo cuanto amamos y valoramos. Podemos vivir esa misma experiencia sin salir al espacio, simplemente identificándonos no solo con nuestra propia nación, sino con el conjunto; no solo con la Tierra en su totalidad, sino con el extraordinario regalo que supone la relación entre la Tierra y el Sol. Somos beneficiarios de una máquina de fusión situada a unos seguros 150 millones de kilómetros de distancia, capaz de transformar 400 millones de toneladas de hidrógeno por segundo en toda la energía que jamás necesitaremos.
Reorientar nuestro verdadero interés personal —lejos de ser algo abstracto o esotérico— constituye una forma práctica y realista de abordar nuestros problemas interconectados. Nos impulsa hacia la diplomacia, las iniciativas de colaboración ciudadana y el apoyo a candidatos políticos que comprendan esta nueva dimensión de los desafíos para «nuestra» supervivencia; un «nosotros» que ahora abarca a todos los habitantes de la Tierra.
Este cambio fundamental de mentalidad posee un enorme potencial para transformar nuestra perspectiva sobre los millones de conflictos específicos, complejos, arduos y mundanos (término derivado de *mundo*) que vivimos aquí abajo, en la superficie terrestre.
Winslow Myers, cuyos artículos son distribuidos por PeaceVoice, es un maestro jubilado y coautor, junto con Libby Traubman, del libro *One: One Humanity, One Earth, One Future*.
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Reorientation
Our leaders operate out of a delusional and obsolete paradigm of national self-interest. Xi wanting to “possess” Taiwan: Putin, Ukraine: Netanyahu, Gaza and the West Bank: Trump, Venezuela, Greenland, Cuba, Canada.
The climate crisis is rendering these various ideas of empire and much else about international competition into hollowed-out abstractions. Superiority in numbers of nuclear weapons becomes meaningless in the context of the potential environmental crisis scientists call nuclear winter, the ultimate potential pyrrhic victory.
All this is a fabulous illustration of Einstein’s perception that “we cannot solve a problem on the same level of consciousness that created the problem.” Our leaders are dominated by an “us versus them” consciousness when what is urgently needed is an “all in the same boat” consciousness.
These leaders are fighting the wrong wars, while their real adversaries loom not only as rising temperatures and more violent fires, floods and storms, but also as ever-advancing military technologies of destruction, now including AI, that make apocalypse ever more probable.
War itself is the real enemy.
Putin’s conception of bringing back the greater Russian Empire becomes an absurd vanity project while the vast tundra fields of Russia thaw and spew methane skyward—and potential diseases reëmerge. Nature herself is the empire that always bats last.
Trump is stuck in the dying world of fossil fuels. The oil sector helped put him in office. His joining Israel in a war of choice with Iran has mired him in a huge oil shipment bottleneck and driven up prices, putting his own political party’s dominance at risk. His climate change denial is grotesque in its arrogant know-nothing certainty, rationalized by oil company shareholder value. The obsolescent fossil fuel paradigm seems all too closely connected to war, and has been since neocons like Dick Cheney asked the question, “why is our oil under their sand?” and answered it with futile budget-busting bloody colonial boondoggles. Trump’s neocolonial seizure of the oil in Venezuela is a self-described reversion to the ancient warlord dictum, “To the victor belong the spoils.”
Look to thinkers like Bill McKibben for a refreshing reorientation. In his optimistic book “Here Comes the Sun,” he makes the clear case that fossil fuels have become the true “alternative energy,” as the price of solar panels keeps falling and their efficiency keeps rising.
Daniel Poneman, Secretary of Energy under Obama and now a director at the Nuclear Energy Institute, tries to make the case that we can’t get over the hump into a clean energy world without recourse to nuclear power. McKibben’s realistic solar-wind-battery vision of possibility blows Poneman’s obsession with nuclear energy out of the water.
For the amount of labor, money and time it takes to get a nuclear plant up and running, solar and wind combined with batteries will yield far more electricity with far less time and money—leaving aside the still-unsolved problem of nuclear waste. If AI is really going to help the species resolve its many challenges and that means data centers, why not supply the huge power needs of these centers with solar and wind?
The invitation to reorientation is not unlike the experience to which every astronaut testifies upon their return from space: they looked down and saw no borders, only one small fragile blue planet, home to all we love and value. We can have that same experience without going into space, simply by identifying not only with our own nation, but also with the whole—not only with the whole Earth, but with the extraordinary gift of the Earth-sun relationship. We are the beneficiaries of a fusion machine, safely 93 million miles away, that turns 400 million tons of hydrogen a second into all the energy we will ever need.
Reorienting our true self-interest, far from being woo-woo and abstract, is a practical and realistic way to think about all our interrelated problems. It pulls us in the direction of diplomacy, people-to-people initiatives—and political candidates who are in tune with this changed sense of “our” survival challenges—“our” now being everyone on Earth.
This fundamental shift in thinking has immense potential to put a new spin on all the millions of specific, complex, difficult, mundane (mundane—from the Spanish mundo, meaning “world”) conflicts we experience down here on the ground.
Winslow Myers, syndicated by PeaceVoice, is a retired teacher and the co-author with Libby Traubman of One: One Humanity, One Earth, One Future.
