Por Rob Okun
Fue la protesta más grande en la historia de los Estados Unidos. Más de 3300 manifestaciones en los 50 estados y muchas más en todos los continentes del globo. Decir que *No Kings III* fue un éxito abrumador sería quedarse corto.
Tejió un rico tapiz de desafío, exhibió coloridos carteles hechos a mano, animó a amigos y familiares a manifestarse juntos y recibió un impulso extraordinario gracias a los participantes primerizos. Una estrategia de «Cada uno atrae a uno» contribuyó a la asombrosa asistencia. El pasado junio, cinco millones de personas acudieron a *No Kings I*. Siete millones estuvieron en *No Kings II* en octubre. ¡El 28 de marzo hubo entre ocho y nueve millones! Sorprendentemente, entre los asistentes primerizos se encontraban aquellos que habían votado por Donald Trump en más de una ocasión. Hay una sinergia en juego: a medida que sus índices de aprobación se desploman, el movimiento No Kings cobra fuerza.
Claro, todos, está bien asimilar lo sucedido; pero luego, dicen los organizadores de No Kings: «volvamos al trabajo». Si algo hemos aprendido en estos últimos 18 meses, es que la democracia no es un deporte de espectadores y los ciudadanos no pueden permitirse quedarse al margen. El pueblo de Minneapolis le mostró a la nación cómo responder.
«Este es un movimiento impulsado por la gente», declaró Leah Greenberg, codirectora ejecutiva de Indivisible, uno de los principales organizadores de No Kings. Es una mezcla de «desafío masivo y poder local». Para tener éxito, el movimiento debe ser multirracial, multigeneracional y multiétnico, cimentado en principios feministas. Y, para lograr sus objetivos, las mujeres deben estar al frente.
Existe la tentación, tras un evento de esta magnitud, de volver a reproducir las imágenes impactantes y de regodearse en los logros obtenidos. Sin embargo, con el pueblo palestino aún bajo asedio, la emergencia climática agravándose, la nación envuelta en la guerra de un demente, los inmigrantes siendo continuamente detenidos por el ICE y el autoritarismo profundizándose, resulta fácil caer en la desesperanza. (Reconozco que he dejado fuera muchas otras crisis).
Mantener el impulso no sucede por arte de magia; debe construirse. Lo mismo ocurre con la solidaridad. Un solo día de protesta —por muy importante que haya sido No Kings— no puede, por sí solo, sostener un movimiento. Lo que viene a continuación, sí que importa. Y ahí es donde entra en juego *May Day Strong*. El 1 de mayo, Día Internacional de los Trabajadores: un llamado a no trabajar, no ir a la escuela y no ir de compras.
Una coalición de organizaciones laborales, de derechos de los inmigrantes, juveniles y prodemocráticas —incluyendo el Sindicato Internacional de Empleados de Servicios (SEIU), la Alianza Nacional de Trabajadoras del Hogar, el Movimiento Sunrise, *United We Dream* y el Partido de las Familias Trabajadoras— está organizando acciones en todo el país. En total, una coalición de 200 grupos.
Las cifras de participación serán menores que las de *No Kings*. Se está organizando con éxito para dar el siguiente paso. El menú de acciones incluye paros laborales, abandonos escolares y una pausa más amplia en la actividad económica, con el fin de demostrar que nuestro músculo político y económico colectivo se extiende más allá de una protesta de un solo día.
En su obra *Sobre la tiranía*, el historiador Timothy Snyder nos recuerda: «No obedezcan por adelantado», advirtiendo contra la acomodación pasiva. También hace un llamado a emprender acciones colectivas. Eso es el Primero de Mayo de 2026. Del mismo modo, Heather Cox Richardson, otra historiadora, ha escrito que la democracia no depende únicamente de las instituciones, sino de la disposición de la gente común para defenderlas. Exacto. Y el economista y activista Robert Reich es aún más directo: «El cargo más importante en una democracia no es el de presidente… es el de ciudadano».
Estas no son abstracciones. Apuntan a una verdad sencilla: la participación es la salvaguarda. En tiempos como estos, recordemos: la acción es el antídoto contra la desesperación. O, dicho de otro modo, el antídoto contra la ansiedad es la acción.
Y la ansiedad está por todas partes: en torno a la guerra insensata, la asequibilidad de la vida, la atención médica, los derechos de voto y un clima político despótico y hostil a la verdad. El 28 de marzo ofreció a la gente un espacio para expresar sus sentimientos. El Primero de Mayo —y lo que le sigue— es una forma de mantenernos activos y comprometidos.
Pocos de quienes desafían las acciones autoritarias de la administración Trump creen que las movilizaciones periódicas y puntuales —por muy importantes que sean— constituyan la única flecha en la aljaba del movimiento de resistencia. Se requiere un enfoque multifacético: trabajo electoral (las elecciones de mitad de mandato son de importancia crítica), así como acciones públicas, organización comunitaria y la paciente labor de construir relaciones por encima de las diferencias. *No Kings* tiene la fortuna de contar con activistas experimentados que comprenden todo esto.
Otra lección que nos dejó el 28 de marzo es la importancia de mantener una actitud positiva. Alegría. Humor. Creatividad. Había un aire de celebración en las manifestaciones: «Puede que no hayamos alcanzado todos nuestros objetivos, pero estamos juntos en esto». Se trata de algo más que simple oposición; es también la construcción de comunidad: la reafirmación de un compromiso colectivo hacia una sociedad más justa e inclusiva.
La filosofía del «realismo esperanzado» —eje central del boletín *Today’s Edition*, de Robert Hubbell— nos recuerda que el progreso se construye mediante un esfuerzo constante y colectivo; incluso cuando los resultados no son visibles de inmediato, hay que seguir adelante.
El Primero de Mayo, el país será testigo de cómo el movimiento hace gala de su músculo económico colectivo. Los organizadores tienen la vista puesta en las semanas y meses venideros para demostrar que «No Kings» ha encontrado su ritmo; no mediante un *sprint* hacia la próxima gran protesta a escala nacional, sino dosificando sus fuerzas para el maratón. Se trata de mantener la mirada fija en el objetivo: no solo recuperar la democracia, sino asegurar que esta jamás vuelva a verse amenazada por un aspirante a hombre fuerte.
Si el antídoto contra la ansiedad es la acción, ¿a qué estamos esperando?
Rob Okun (robokun50@gmail.com), distribuido por PeaceVoice, es editor emérito de *Voice Male*, publicación que desde hace mucho tiempo ha documentado la trayectoria del movimiento de hombres profeministas.
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What’s next for the No Kings movement?
It was the largest protest in US history. More than 3300 rallies in all 50 states and more on every continent across the globe. It’s an understatement to say No Kings III was an overwhelming success.
It wove a rich tapestry of defiance, featured colorful, handmade signs, encouraged friends and family to rally together, and was supercharged by first-time participants. A strategy of “Each One Reach One” contributed to the astonishing turnout. Last June, five million people came to No Kings I. Seven million were at No King II in October. On March 28 there were between eight and nine million! Remarkably, among first-time attendees were those who had voted for Donald Trump more than once. There’s a synergy at play: as his poll numbers plummet, the No Kings movement rises.
Sure, everyone, it’s fine to absorb what happened, but then, No Kings organizers say, “let’s get back to it.” If we’ve learned nothing else these past 18 months, it’s that democracy is not a spectator sport and citizens can’t afford to stay on the sidelines. The people of Minneapolis showed the nation how to respond.
“This is a people powered movement,” declared Leah Greenberg, co-executive director of Indivisible, a lead organizer of No Kings. It’s a blend of “mass defiance and local power.” To succeed, the movement must be multiracial, multigenerational, and multiethnic, grounded in feminist principles. And, to achieve its goals, women must be leading it.
There is a temptation after an event of this magnitude to replay the powerful images, to bask in the achievements. However, with the Palestinian people still under siege, the climate emergency worsening, the nation embroiled in a mad man’s war, immigrants continually abducted by ICE, and authoritarianism deepening, it’s easy to feel despairing. (I recognize I’ve left out so many other crises.)
Sustaining momentum doesn’t just happen. It must be built. Same with solidarity. A single day of protest—as important as No Kings was—cannot alone carry a movement. What comes next does. And that’s where May Day Strong comes in. May 1st, International Workers Day: a call for no work, no school, no shopping.
A coalition of labor, immigrant rights, youth, and democracy organizations—including Service Employees International Union (SEIU), National Domestic Workers Alliance, Sunrise Movement, United We Dream, and the Working Families Party—are organizing actions nationwide. All told, a coalition of 200 groups.
The numbers will be smaller than No Kings. It is successfully organizing to take the next step. The menu includes work stoppages, school walkouts, and a broader pause in economic activity to demonstrate that our collective political and economic muscle extends beyond a one-day protest.
In On Tyranny, historian Timothy Snyder reminds us, “Do not obey in advance”, warning against quiet accommodation. He also calls for taking collective action. That’s May Day, 2026. Similarly, Heather Cox Richardson, another historian, has written that democracy depends not on institutions alone, but on the willingness of ordinary people to defend them. Ditto. And, economist-activist Robert Reich is even more direct: “The most important office in a democracy is not president… it’s citizen.”
These are not abstractions. They point to a simple truth: participation is the safeguard. In times like these, let’s remember: action is the antidote to despair. Or, put another way, the antidote to anxiety is action.
And anxiety is everywhere—about the senseless war, affordability, healthcare, voting rights, and a despotic political climate hostile to truth. March 28 gave people a place to express their feelings. May Day—and what follows—is a way to stay engaged.
Few challenging the authoritarian actions of the Trump administration believe periodic one-off mobilizations—as important as they are—are the only arrow in the resistance movement’s quiver. It takes a multipronged approach: electoral work—the midterms are critically important. So are public actions, community organizing, and the patient work of building relationships across differences. No Kings is fortunate to have seasoned activists who understand all this.
Another take-away from March 28 is staying positive. Joy. Humor. Creativity. There was a celebratory air to the rallies: “We may not have achieved all our goals, but we’re in it together.” It’s about more than opposition; it’s also community building—affirming a collective commitment to a more just, inclusive society.
The philosophy of “hopeful realism,” at the center of Robert Hubbell’s Today’s Edition newsletter, reminds us that progress is built through steady, collective effort—even when results are not immediately visible, keep going.
The No Kings protests were never intended as an end-all-be-all, but they are a dramatic next step for a movement growing stronger after an injection of Vitamin M—momentum.
On May Day, the country will see the movement flex its collective economic muscle. Organizers are looking to the weeks and months ahead to demonstrate that No Kings has found its rhythm, not through a sprint to the next grand, nationwide protest, but by pacing itself for the marathon. It’s about keeping its eye on the prize—not just to reclaim democracy, but to make sure it can never again be threatened by a wannabe strongman.
If the antidote to anxiety is action, what are we waiting for?
Rob Okun (robokun50@gmail.com), syndicated by PeaceVoice, is editor emeritus of Voice Male, which has long chronicled the pro feminist men’s movement.
