Por Humberto Caspa – hcletters@yahoo.com
Una gran parte de los dirigentes y seguidores del actual Partido Republicano se han auto etiquetado como parte del movimiento MAGA, cuyas siglas textualmente ilustran el retorno a una supuesta grandeza de Estados Unidos.
Inicialmente, al Partido Republicano le dio un soplo de vida Abraham Lincoln, su primer presidente y héroe de la Guerra Civil, a mediados del siglo XIX, y luego el presidente Ronald Regan le dio una cara económica diferente en la década de 1980.
Desde ese entonces, el Partido Republicano cambió abruptamente; ya no es el mismo. Hoy está completamente dominado por un hombre, Donald Trump, a quien sus bases políticas le rinden una devoción ciega. En palabras de la ex secretaria de Estado Hillary Clinton, “el Partido Republicano es un culto”.
En este sentido, los partidos políticos son el principal instrumento de representación de los ciudadanos de un estado moderno. Una vez cumplido la mayoría de edad, un ciudadano tiene derecho a pertenecer o no a un partido político, el cual tiene una ideología, una misión política, una dirigencia y unos intereses que le permiten reivindicar sus objetivos individuales.
Los partidos políticos convencionales tienen como objetivo central alcanzar el poder del gobierno y desde allí, generar políticas económicas, proyectos sociales o ambientales, entre otros, que beneficien a la sociedad en su conjunto.
El hecho de alcanzar el poder del gobierno implica respeto a las instituciones, respeto los lineamientos constitucionales, a los procesos democrático y especialmente a los derechos de los individuos, dado que son ellos quienes finalmente ostentan el poder del estado.
Así, el Partido Republicano ya no es un partido político convencional. Tampoco es un “culto” como lo pinta la ex secretaria de Estado Hillary Clinton, sino es un movimiento de masas de diversos sectores radicales de la derecha, quienes, al igual que los partidos políticos convencionales, tienen el objetivo central de tomarse el gobierno. Sin embargo, el movimiento MAGA no tiene intenciones de respetar las instituciones democráticas ni las leyes suscritas en la constitución.
Al movimiento MAGA no le importa la democracia, ni las formas institucionales de poder, sino que su máxima aspiración es la creación de un Estado totalitario. El “magismo o trumpismo” pretende establecer un régimen político de estas magnitudes y ha encontrado en Donald Trump al individuo con las características de un déspota totalitario.
En tal forma, el beneficio de las masas de la extrema derecha y los intereses mezquinos de Trump es recíproco. Entre los dos se ayudan.
Las elecciones del 5 de noviembre es una elección de los ciudadanos estadounidenses de preservar la democracia o crear un régimen totalitario.
Humberto Caspa, Ph.D. es investigador de Economics On The Move.
