Del ADN revelan que la familia trasciende el parentesco genético
Sabina Cveček documenta un conjunto de cerámica hallado en una vivienda de hace 5.000 años en Çukuriçi Höyük, en el oeste de Turquía; este hallazgo ofrece información valiosa sobre la vida cotidiana y las prácticas de parentesco en los hogares de la Edad del Bronce Temprana.
Sabina Cveček documenting pottery assemblage from an ancient house from a 5,000-year old house at Çukuriçi Höyük in western Türkiye, offering insight into everyday life and kinship practices in Early Bronze Age households. Photo by Maria Röcklinger. Fotografía/Photo Maria Röcklinger.
Probablemente usted tenga algún miembro en su familia con el que no le une ningún vínculo de sangre: un padrastro o una madrastra, un primo adoptado, o esa mejor amiga de su madre a la que usted creció llamando «tía». Son, indiscutiblemente, parte de su familia, aunque una prueba de ADN no revelaría la existencia de dicha relación. Los arqueólogos están descubriendo que esto también se cumplía en las familias de hace miles de años. Al comparar las antiguas prácticas funerarias con la información genética obtenida de los restos humanos, los investigadores demuestran que no era inusual que personas sin parentesco de sangre fueran tratadas como miembros de una misma familia; lo cual significa que el ADN antiguo no nos cuenta la historia completa de cómo funcionaban las familias y las sociedades del pasado.
«Incluso en la prehistoria, el parentesco era algo más que simples lazos de sangre», afirma Sabina Cveček, arqueóloga y becaria global Marie Skłodowska-Curie en el Field Museum de Chicago. «Muchas comunidades de todo el mundo poseen un concepto de familia que trasciende este marco biológico. Por lo tanto, por mucho que avancemos en la investigación del ADN antiguo, nunca conoceremos la historia completa si no tenemos en cuenta la diversidad y las perspectivas de la antropología cultural». Cveček es una de las autoras principales de un número especial del *Cambridge Archaeological Journal*, dedicado a analizar cómo los arqueólogos, antropólogos y genetistas determinan las relaciones entre las personas del pasado, y qué papel desempeña la investigación genética en nuestra comprensión de dichas sociedades.
Este número especial —editado por Cveček junto con Maanasa Raghavan (Universidad de Chicago) y Penny Bickle (Universidad de York)— incluye investigaciones sobre la relación entre la familia y el parentesco genético en diversas partes del mundo, a lo largo de miles de años. Cveček, Raghavan y Bickle subrayaron en su artículo introductorio que el parentesco no puede reducirse únicamente a los lazos genéticos y que, si bien los recientes trabajos en arqueogenética resultan muy potentes, han tendido a priorizar la descendencia biológica y los linajes genealógicos lineales. «El artículo interviene demostrando que este es solo un “código” de parentesco. En cambio, la investigación sobre el parentesco antiguo requiere nuevos enfoques que consideren detenidamente la ética del muestreo de restos humanos, la formación interdisciplinaria, el diseño de investigación colaborativo y nuevas interpretaciones que tengan en cuenta las múltiples formas de establecer lazos de parentesco», afirma Cveček.
El equipo revisó décadas de estudios arqueológicos y genéticos previos realizados en yacimientos de Europa y Asia occidental. Por ejemplo, en un yacimiento llamado Çatalhöyük —situado en lo que hoy es Türkiye (a veces llamado Turquía)—, a menudo se hallaban enterramientos bajo los suelos de viviendas antiguas que datan de hace 8.000 años. «Inicialmente, los arqueólogos asumieron que las personas enterradas dentro de la misma casa estarían genéticamente emparentadas», señala Cveček. «Pero ahora es posible trazar el perfil de esas personas mediante el análisis de ADN antiguo para elaborar árboles genealógicos; y, con frecuencia, los genetistas han descubierto que personas enterradas en la misma casa no guardan ninguna relación genética entre sí, lo cual indica una proximidad social más que una vinculación de parentesco basada exclusivamente en lazos de sangre en dicho yacimiento».
El ADN se degrada con el paso del tiempo, pero pueden permanecer rastros de él en el interior de los huesos humanos, incluidos huesos pequeños como el hueso petroso del oído interno. En las últimas décadas, los científicos han logrado extraer ADN de estos huesos antiguos y secuenciarlo. Las secuencias genéticas resultantes suelen ser fragmentarias, por lo que «los genetistas deben realizar un exhaustivo análisis computacional y estadístico de las firmas genéticas obtenidas de esos fragmentos dispersos de ADN antiguo para poder reconstruir realmente los vínculos biológicos del pasado», explica Cveček.
Estos hallazgos sugieren que, en estas comunidades antiguas, el concepto de familia no estaba dictado únicamente por la sangre. Dado que lo mismo ocurre con muchas familias en la actualidad, esto podría no parecer un descubrimiento trascendental. Sin embargo, podría constituir una pieza de información crucial para los investigadores que intentan reconstruir cómo las culturas antiguas construían y transmitían sus lazos familiares. El ADN no siempre cuenta toda la historia.
«Uno de los objetivos de este artículo es desmentir las percepciones occidentales sobre el parentesco familiar, las cuales a menudo parecen basarse en lazos de sangre. No podemos limitarnos a utilizar un único indicador para comprender el concepto de familia o parentesco en todo el mundo», afirma Cveček.
Este concepto más amplio de familia trasciende el ámbito de la investigación arqueológica y antropológica; nos topamos con él a diario al gestionar cuestiones relacionadas con el seguro médico, la vivienda, el cuidado de los hijos y la educación. «El viejo dicho de que hace falta una aldea para criar a un niño es cierto», afirma Cveček. «Todos invertimos tiempo y esfuerzo en construir un mundo que cuide de las personas más allá de nuestros dependientes biológicos». Cuidar de personas con las que no nos une ningún vínculo de sangre es parte de lo que nos hace humanos.
————————
Ancient burial practices and DNA research reveal that family goes beyond genetic relatedness
You probably have a member of your family that you’re not related to by blood—a step-parent, an adopted cousin, your mom’s best friend who you grew up calling your aunt. They’re indisputably part of your family, but a DNA test wouldn’t hint at your relationship. Archaeologists are finding that this holds true for families from thousands of years ago, too. By comparing ancient burial practices with genetic information gleaned from the remains, researchers show that it’s not uncommon for people who aren’t related by blood to be treated as members of the same family—which means that ancient DNA doesn’t tell the whole story of how families and societies worked.
“Even in prehistory, kinship was more than just blood relations,” says Sabina Cveček, an archaeologist and Marie Skłodowska-Curie Global Fellow at the Field Museum in Chicago. “Many communities around the world have a concept of family that goes beyond this biological setting. So no matter how hard we push with ancient DNA research, we’ll never know the whole story if we don’t take diversity and cultural anthropological perspectives into account.” Cveček is one of the lead authors of a special issue of the Cambridge Archaeological Journal dedicated to how archaeologists, anthropologists, and geneticists determine the relationships between ancient people, and how genetic research plays a role in our understanding of these societies.
This special issue, which Cveček edited with Maanasa Raghavan (University of Chicago) and Penny Bickle (University of York), includes research about the relationship between family and genetic relatedness around the world, over the course of thousands of years. Cveček, Raghavan, and Bickle emphasized in their introductory piece that kinship cannot be reduced to genetic relatedness, and that recent archaeogenetic work—while powerful—has tended to privilege biological descent and linear pedigrees.
“The piece intervenes by showing that this is only one ‘code’ of relatedness. Instead, ancient kinship research is in need of new approaches by closely considering ethics of sampling human remains, interdisciplinary training, collaborative research design, and new interpretations that consider multiple ways of becoming kin,” says Cveček.
The team reviewed decades’ worth of previous archaeological and genetic studies from sites in Europe and western Asia. For instance, at a site called Çatalhöyük in what’s now Türkiye (sometimes called Turkey), burials were often found below the house floors of ancient houses from 8,000 years ago.”Archaeologists initially assumed that people buried within the same house would be genetically related,” says Cveček. “But now, it is possible to map those people through ancient DNA analysis on genetic pedigrees, and geneticists often found people buried within the same house who are not at all genetically related, indicating social proximity rather than exclusively blood relations made kin at the site.”
DNA degrades over time, but traces of DNA can remain inside human bones, including small bones such as petrous bone in the inner ear. In the past few decades, scientists have been able to extract DNA from these ancient bones and sequence it. The resulting genetic sequences are generally patchy, so “geneticists need to do a lot of computational analysis and statistics with genetic signatures from those broken pieces of ancient DNA to actually reconstruct biological relatedness of the past,” says Cveček.
These findings suggest that in these ancient communities, the concept of family wasn’t only dictated by blood. Since the same is true of many families today, that may not seem like an earth-shattering discovery. But it could be a critical piece of information for researchers attempting to reconstruct how ancient cultures built and passed down their family ties. DNA doesn’t always tell the whole story.
“One of the aims of this paper is to debunk the Western perceptions of family kinship, which often seems to be based on blood. We cannot have just one proxy for understanding family or kinship around the world,” says Cveček.
This broader concept of family goes beyond archaeological and anthropological research—we run into it every day when we handle health insurance, housing, childcare, and education. “The old saying, that it takes a village to raise a child, is true,” says Cveček. “We all invest time and labor to build a world that looks after people beyond our biological dependents.” Caring for people who aren’t blood-related to us is part of what makes us human.
