Por/By Lawrence S. Wittner
En abril de 1966, el senador J.W. Fulbright, presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado de Estados Unidos, pronunció un discurso notable y muy publicitado en la Universidad Johns Hopkins, en el que condenaba el papel de Estados Unidos en la guerra de Vietnam. Fulbright advirtió sobre “la arrogancia del poder” y sostuvo que “no estamos cumpliendo con nuestra capacidad y promesa como potencia civilizada para el mundo”. Resultó ser un discurso trascendental, que enfureció al presidente Lyndon Johnson y sirvió de punto de encuentro para los críticos estadounidenses del conflicto.
Esa arrogancia volvió a exhibirse el 28 de febrero de 2025, cuando el presidente estadounidense Donald Trump y el vicepresidente JD Vance procedieron a reprender, intimidar e interrumpir al presidente ucraniano Volodymyr Zelensky en una reunión televisada en la Casa Blanca. Trump, que se quejó de que Zelenski “no estaba en absoluto agradecido” por la ayuda del gobierno estadounidense a Ucrania, también se irritó porque el presidente ucraniano no estaba dispuesto a aceptar su plan para que Ucrania le diera a Estados Unidos 500 mil millones de dólares en minerales de tierras raras de Ucrania sin garantías de seguridad a cambio.
Tampoco estuvo fuera de lugar el comportamiento abusivo de Trump hacia el atribulado líder ucraniano. Apenas un poco antes ese mes, Trump había llamado falsamente a Zelenski “dictador”, afirmó falsamente que Zelenski tenía un “índice de aprobación del 4 por ciento” y acusó falsamente a Ucrania de iniciar la guerra con Rusia.
El acuerdo de “paz” con Rusia que Trump esperaba que Zelenski aceptara se había elaborado en negociaciones secretas de Estados Unidos con Rusia, de las que Ucrania había sido excluida. Era un acuerdo diplomático muy parecido al Pacto de Múnich de 1938, en el que los gobiernos de Gran Bretaña, Francia, la Italia fascista y la Alemania nazi se reunieron para tratar las demandas de Hitler sobre territorio checo y, sin consultar a los checos, aceptaron esas demandas. Al año siguiente, la Alemania nazi se tragó al resto de Checoslovaquia.
La falta de respeto de Trump hacia Zelenski aparentemente se debe, al menos en parte, a la diferencia de poder entre sus dos naciones. Lyndon Johnson creía que Estados Unidos no podía ser derrotado por Vietnam, al que desestimó como un “pequeño país de cuarta categoría y destartalado”. De manera similar, lo que importaba a Trump no eran los principios, sino el poder de sus dos naciones, quien, en su enfrentamiento del 28 de febrero con Zelenski, lo sermoneó diciendo: “Tienes que estar agradecido. No tienes las cartas. Con nosotros, las tienes”. Trump se sintió ofendido por Zelenski porque el líder ucraniano no aceptaba lo que los supremacistas blancos, cuando se dirigían a la gente de color, solían llamar “tu lugar”, lo que, en opinión de Trump, era un subordinado.
Trump nunca tuvo ese problema con Putin, quien, en su opinión, es un compañero Amo del Universo. Durante su primer mandato, Trump mostró un notable cariño por el hombre fuerte ruso, y aceptó la garantía de Putin de que Rusia no interfirió en las elecciones de 2016, a pesar de las pruebas en contrario presentadas por funcionarios de inteligencia estadounidenses, un informe de un panel bipartidista del Senado y una extensa investigación del fiscal especial Robert Mueller. Trump incluso compartió información clasificada con el embajador y el ministro de Asuntos Exteriores rusos. Al explicar el romance entre Trump y Putin, Fiona Hill, investigadora de alto rango de la Brookings Institution y funcionaria de seguridad nacional durante los dos primeros años de la administración Trump, comentó: “Trump ve a Putin como un hombre fuerte”.
La suposición de Trump de que, junto con Putin y algunos otros “hombres fuertes”, nació para gobernar el mundo, no solo surge de su posición como presidente de la nación más poderosa del mundo, sino de fuentes más profundas. Después de todo, pasó gran parte de su vida como un magnate de negocios multimillonario despiadado, en una clásica lucha sin restricciones por la riqueza y el poder. No sorprende que Trump haya surgido con una visión elevada de su superioridad sobre personas de circunstancias más modestas. Por supuesto, era un “genio”, proclamó Trump repetidamente con su característica arrogancia. A diferencia de tantos otros a quienes desestimó con desprecio como sus inferiores, poseía lo que le gustaba llamar “buenos genes”.
En general, entonces, la arrogancia de Trump juega un papel importante en su enfoque dominante hacia el mundo. ¿De qué otra manera podemos explicar su reciente discurso simplista de convertir a Canadá en el estado número 51, o de apoderarse de Groenlandia, el Canal de Panamá y Gaza? Y también está el desdén de Trump por las Naciones Unidas, donde todos los países –los grandes y los pequeños, los poderosos y los débiles– se han comprometido a trabajar juntos por el bien común.
Lamentablemente, como comprendió el senador Fulbright, un mundo más igualitario y más cooperativo está fuera del alcance de quienes se dejan consumir por la arrogancia del poder.
El Dr. Lawrence Wittner, es sindicado por PeaceVoice, es profesor emérito de Historia en SUNY/Albany y autor de Confronting the Bomb (Stanford University Press).
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Arrogance of Power Revived
In April 1966, Senator J.W. Fulbright, Chair of the US Senate Foreign Relations Committee, gave a remarkable and highly-publicized speech at Johns Hopkins University, condemning the U.S. role in the Vietnam War. Warning of “the arrogance of power,” Fulbright argued that “we are not living up to our capacity and promise as a civilized power for the world.” It turned out to be a momentous speech, enraging President Lyndon Johnson and providing a rallying point for U.S. critics of the conflict.
That arrogance was once again on display on February 28, 2025, as U.S. President Donald Trump and Vice President JD Vance proceeded to berate, bully, and interrupt Ukrainian President Volodymyr Zelensky in a televised meeting at the White House. Complaining that Zelensky was “not acting at all thankful” for U.S. government aid to Ukraine, Trump was also irked that the Ukrainian president was not eager to accept his scheme to have Ukraine give the United States $500 billion worth of Ukraine’s rare earth minerals without any security guarantees in exchange.
Nor was Trump’s abusive behavior toward the embattled Ukrainian leader out of character. Only a little earlier that month, Trump had falsely called Zelensky “a dictator,” falsely claimed that Zelensky had a “4 percent approval rating,” and falsely accused Ukraine of starting the war with Russia.
The “peace” agreement with Russia that Trump expected Zelensky to accept had been hammered out in secret U.S. negotiations with Russia, from which Ukraine had been excluded. It was a diplomatic agreement much like the Munich Pact of 1938, in which the governments of Britain, France, Fascist Italy, and Nazi Germany met to deal with Hitler’s demands for Czech territory and― without consulting the Czechs―agreed to these demands. The following year, Nazi Germany gobbled up the rest of Czechoslovakia.
Trump’s lack of respect for Zelensky apparently results, at least in part, from the difference in power of their two nations. Lyndon Johnson had believed that the United States could simply not be defeated by Vietnam, which he dismissed as a “raggedly-ass little fourth-rate country.” Similarly, not principle, but the power of their two nations was what mattered to Trump, who, in his February 28 confrontation with Zelensky, lectured him, stating: “You gotta be thankful. You don’t have the cards. With us, you have the cards.” Trump felt offended by Zelensky because the Ukrainian leader didn’t accept what white supremacists, when addressing people of color, used to call “your place,” which in Trump’s view, was as an underling.
Trump never had any such problem with Putin who, in his view, is a fellow Master of the Universe. During his first term in office, Trump showed a remarkable fondness for the Russian strongman, accepting Putin’s assurance that Russia didn’t meddle in the 2016 election, despite evidence to the contrary produced by U.S. intelligence officials, a report by a bipartisan Senate panel, and an extensive investigation by special counsel Robert Mueller. Trump even shared classified information with the Russian ambassador and foreign minister. Explaining the Trump-Putin bromance, Fiona Hill, a senior fellow at the Brookings Institution and a national security official in the first two years of Trump’s administration, remarked: “Trump views Putin as a strongman.”
Trump’s assumption that, along with Putin and a few other “strongmen,” he is born to rule the world, flows not only from his position as president of the world’s most powerful nation, but from deeper wellsprings. After all, he spent much of his life as a ruthless billionaire business tycoon, in a classic, no-holds-barred scramble for wealth and power. Not surprisingly, he emerged with an elevated view of his superiority to people of more modest circumstances. He was, of course, a “genius,” Trump proclaimed repeatedly with characteristic hubris. Unlike so many others he dismissed with contempt as his inferiors, he possessed what he liked to call “good genes.”
Overall, then, Trump’s arrogance plays a major part in his domineering approach to the world. How else can we explain his recent glib talk of making Canada the 51st state, or of seizing Greenland, the Panama Canal, and Gaza? And there is also Trump’s disdain for the United Nations, where all countries―the large and the small, the powerful and the weak―have pledged to work together for the common good.
Unfortunately, as Senator Fulbright understood, a more egalitarian, more cooperative world is out of bounds for those consumed by the arrogance of power.
Dr. Lawrence Wittner, syndicated by PeaceVoice, is Professor of History emeritus at SUNY/Albany and the author of Confronting the Bomb (Stanford University Press).
