En Ucrania no hay médicos para tratar las heridas más terribles

En Ucrania no hay médicos para tratar las heridas más terribles

Michael Schwirtz

Kramatorsk, Ucrania — Días después de que invadieran las tropas rusas, Yaroslav Bohak, un joven cirujano cardiovascular estaba en casa con su familia en la seguridad relativa del oeste de Ucrania cuando un colega lo llamó por teléfono desde el este, desesperado y rogándole que fuera a ayudar.

Muchos doctores habían huido de la zona de combate, le contó su amigo, y las condiciones en el hospital eran como las de las guerras de antes: cirujanos que amputaban extremidades en lugar de intentar recuperarlas, a fin de salvarles la vida a los soldados malheridos.

“Me llamó y me dijo que ya no soportaba cortar los brazos de personas jóvenes”, recordó Bohak, parado en la sala de operaciones de un hospital en Kramatorsk. “Cuando vine aquí tuve que operar en mi primer día”.

Mientras las fuerzas rusas arremeten contra el este de Ucrania con una mezcla de artillería, ataques aéreos y cohetes, los hospitales de primera línea, muchos de ellos ubicados en las zonas rurales más pobres, están desbordados. Tienen muy poco personal o fueron abandonados por completo, pues los médicos y las enfermeras han huido de la violencia.

Todo el día, los muros del hospital retumban con el estruendo de batallas que se libran cerca de Kramatorsk, una ciudad industrial en la región del Donbás, donde las fuerzas rusas han estado librando una ofensiva sangrienta. Un flujo constante de ambulancias llega a la sala de urgencias reforzada con sacos de arena, transportando a soldados y civiles, muchos de ellos con heridas mortales.

No obstante, el hospital cuenta con una plantilla mínima. Solo quedan dos de sus 10 médicos, junto con seis enfermeras que trabajan en turnos de 24 horas con un día libre para descansar, contó Tatyana Bakaeva, la enfermera principal. (Los responsables del hospital pidieron que no se publicara su nombre por razones de seguridad).

“Solo permanecen los más estoicos”, comentó Bakaeva. “La gente está asustada. ¿Qué se puede hacer?”

En todo el Donbás se vive una historia similar: a medida que crece el número de heridos, la necesidad de más doctores y enfermeras se ha vuelto aún más imperiosa.

En Avdéyevka, justo en el frente de batalla, el único cirujano que queda y el director médico del hospital relatan que llevan meses en la sala de urgencias, sin salir nunca de ella, salvo para ir rápido a la tienda de comestibles bajo los bombardeos. En Sláviansk, una ciudad situada al norte de Kramatorsk, donde las columnas de humo de la batalla alcanzan a verse en el horizonte, solo queda un tercio del personal del hospital.

La ciudad de Bajmut se encuentra en una encrucijada entre las fuerzas rusas que avanzan desde el este y el norte. Allí, las ambulancias se agolpan en un pequeño patio del hospital militar, y la sala de urgencias casi siempre está llena.

“Nadie nunca está preparado para la guerra, y esta región no tiene una densidad de población tal para lidiar con tantos heridos”, afirmó Svitlana Druzenko, quien coordina evacuaciones de emergencia de soldados y civiles heridos de las zonas de batalla. “Las heridas son las mismas para los civiles y soldados porque los misiles no eligen dónde caer”.

Muchos de los heridos del este se llevan a Dnipró, una ciudad de un millón de habitantes que cuenta con seis hospitales grandes. Pero está a cuatro horas de muchas posiciones en el frente y los hospitales de allí también se han quedado sin personal de enfermería, señaló Pavlo Badiul, cirujano del Centro de Quemados y Cirugía Plástica de Dnipró.

El centro estaba lleno de heridos de guerra y el personal trabajaba sin descanso, afirmó.

La mayoría de los cirujanos que operan en el hospital de Kramatorsk, incluido Bohak, son voluntarios. Desde su llegada, el hospital casi no ha hecho amputaciones.

En su teléfono móvil, Bohak nos mostró videos de las intervenciones quirúrgicas que realizó la semana pasada. Tras escarbar en la carne quemada y destrozada, sacaba las arterias cortadas y las suturaba minuciosamente para restablecer la circulación en las extremidades dañadas, lo que permite salvar a los soldados, y evitar la amputación.

“La clínica importante más cercana está en Dnipró, a unos 280 kilómetros de aquí”, dijo. “Se toma mucho tiempo llegar ahí, y quizá sea demasiado tarde para salvar la extremidad, por eso mi llegada fue muy importante”.

A pesar de los meses de advertencias de la Casa Blanca y de otros países de que Rusia estaba planeando una invasión, muchos en Ucrania, incluida gran parte de la clase política e incluso algunos militares, se negaron a creerlo. Cuando los misiles rusos empezaron a impactar en las ciudades ucranianas el 24 de febrero, hubo una gran confusión. Los hospitales, en particular, no estaban preparados para atender la repentina oleada de pacientes con las heridas complejas y crueles que inflige la guerra.

En la primera semana, Maksim Kozhemyaka, cirujano traumatólogo civil, se ofreció como voluntario para ayudar en el hospital militar de Zaporiyia, uno de los principales centros de tratamiento de soldados en el este y el sur de Ucrania. Casi inmediatamente, dijo, el hospital se vio inundado con 30 o 40 pacientes al día, pero no contaban con suficientes suministros para tratar las heridas de bala u otras lesiones graves.

“No creíamos que esto fuera posible porque pensábamos que de cualquier manera también ellos tendrían muchas bajas”, relató Kozhemyaka en la sala de urgencias del hospital. “Y, por supuesto, pensábamos que ningún líder racional de un país haría esto”.

Para los trabajadores del hospital que perseveran en esta rutina sombría, las pérdidas llegan a sentirse como algo personal, y a veces lo son en gran medida.

Una mañana reciente, las ambulancias llegaron al pequeño hospital de Sláviansk con soldados que fueron heridos en un ataque aéreo a pocos kilómetros de la carretera. Una de ellas transportaba el cuerpo mutilado de Ihor Ihoryuk, de 33 años, el único hijo de la enfermera titular del hospital. Gran parte del personal del hospital lo conocía desde que era niño.

La fuerza de la explosión, que sucedió fuera de una habitación en una fábrica de semillas donde él y sus compañeros estaban durmiendo, le había arrancado el brazo; su sangre se vertió en el asfalto frente al hospital mientras lo llevaban corriendo al interior.

Unas horas más tarde, una enfermera llamada Anna salió del hospital, con su delineador verde para los ojos corriendo por sus mejillas. Dijo que ya no se podía hacer nada por Ihor.

“Creció delante de nuestros ojos”, contó, tratando de contener las lágrimas.

Sostenía una caja con las botas negras reglamentarias de Ihor. “Ya no las va a necesitar”, enunció.

Las llevó a un lugar a poca distancia de la entrada del hospital y las colocó junto a un par de tenis negros empapados de sangre. Eran de un soldado que había sido asesinado el día anterior.

 

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