Por/By Robert C. Koehler
Mientras la presidencia de Trump hunde sus garras en el país –¡el ganador se lo lleva todo!–, observo con asombro y terror cómo comienza a instituir con arrogancia lo que solo puede llamarse su plan para devolver a Estados Unidos a los buenos viejos tiempos: a la era de las leyes de Jim Crow y lo que sea que eso pueda significar.
¡Somos blancos, somos cristianos y somos los mejores! Pregúntenle a Pete Hegseth.
¡Este es el “Golfo de América”! No es el Golfo de México rebautizado con aire de superioridad por Trump; es el agujero en la conciencia colectiva del país, que el señor Presidente está empeñado en ampliar. Su plan es hacer que Estados Unidos sea seguro para lo que solía ser y permitir que regresen nuestros viejos y amados prejuicios. ¡Deportar a los ilegales! ¡Acabar con la concienciación! ¡Aniquilar la comprensión y la concienciación!
Todo esto deja algunas preguntas evidentes flotando sobre las noticias diarias: ¿Cómo diablos ganó este tipo una mayoría de votos? ¿Está realmente alineado con las creencias primarias de la nación? Y si no lo está… uh, ¿qué pasó el pasado noviembre? ¿Se manipularon las elecciones? ¿Fueron robadas? Y si es así, ¿cómo? ¿Vivimos en una democracia proclamada públicamente, pero falsa?
Esta es una pregunta fascinantemente incómoda de hacer, considerando lo que sucedió el 6 de enero de 2021. Una parte de la base MAGA, espoleada por su líder, quien inmediatamente proclamó “¡fraude!”, irrumpió en el Capitolio, rompió sus ventanas, atacó a la policía con una pistola Taser, recorrió los pasillos, dejó un regalo de excrementos en el escritorio de la presidenta de la Cámara de Representantes Nancy Pelosi y exigió cortésmente que el vicepresidente Mike Pence fuera ahorcado.
Esta vez, los demócratas tomaron el té con el tipo que los derrotó. Respetaron la transferencia de poder. Defendieron nuestra supuesta democracia. Pero seamos claros: hay preguntas que deben hacerse. Nuestro sistema de gobierno tiene fallas graves, ¡siempre las ha tenido! Y seamos claros: cuando uno está en el poder, y quiere permanecer en el poder, la democracia, “la voluntad del pueblo”, puede ser un enorme inconveniente.
Todo lo cual me lleva al asombroso trabajo de Greg Palast, quien ha estado investigando el proceso electoral, rastreando sus fallas y mentiras, desde la era de George W. Bush. Esta vez, la esencia de su análisis es esta:
“Trump perdió. Es decir, si se hubiera permitido votar a todos los votantes legales, si se hubieran contado todas las papeletas legales, Trump habría perdido los estados de Wisconsin, Michigan, Pensilvania y Georgia. La vicepresidenta Kamala Harris habría ganado la presidencia con 286 votos electorales.
“Y, si no fuera por la purga masiva de votantes de color, si no fuera por la descalificación masiva de los votos provisionales y por correo, si no fuera por los nuevos desafíos masivos de los ‘justicieros’ en los estados clave, Harris habría obtenido al menos otros 3.565.000 votos, superando el recuento oficial de votos populares de Trump por 1,2 millones”.
Esto no se hizo con un simple chasquido de dedos. Palast describe numerosos esfuerzos a lo largo de los años, en numerosos niveles gubernamentales (en particular, el gobernador republicano Brian Kemp de Georgia), para jugar con el proceso electoral e interferir con el derecho a votar de ciertos votantes –y eliminarlo por completo–. Estos esfuerzos incluyen tácticas como rechazar los votos por correo sin una razón válida, no incluir a los votantes recién registrados en las listas electorales a tiempo para que voten en la elección presidencial, no contar los votos “provisionales” y permitir que los votantes registrados sean cuestionados por ciudadanos comunes por razones extremadamente falsas (por ejemplo, sus nombres coinciden con otros nombres, como un nombre en un obituario).
¿Y quiénes son esos “ciertos votantes” que están en la mira? En esencia, son votantes de color: negros, hispanos, musulmanes o lo que sea, a menudo identificables como tales por sus nombres. Y los republicanos poderosos los tienen en la mira porque es estadísticamente probable que voten por los demócratas.
Y esto me lleva al documental recientemente lanzado de Palast: Vigilantes Inc.: America’s New Vote Suppression Hitmen, que está disponible para ver en línea. El término “vigilante”, con todas sus implicaciones violentas, al estilo del KKK, se refiere a esos ciudadanos comunes (blancos) que se han ofrecido como voluntarios para ser verificadores de nombres republicanos, buscando todas y cada una de las razones posibles para desafiar… oh, digamos, a personas con nombres como José García o James Brown. Desafiarlos burocráticamente, para que su legitimidad como votantes pueda ser rescindida.
Lo que encontré absolutamente convincente sobre Vigilantes Inc. es el contexto racial –e histórico– en el que se lleva a cabo el vigilantismo. Este documental trata de mucho más que las elecciones de 2024. El racismo actual de Estados Unidos se pone bajo la dura y deslumbrante luz de su propio pasado: su pasado posterior a la Reconstrucción, la era de Jim Crow, cuando los esfuerzos para “eludir la 15ª Enmienda” incluían no solo impuestos electorales (solo para negros) y preguntas espurias (“¿cuántas gominolas hay en el frasco?”) hasta intimidación directa y violencia brutal.
En el documental, Palast entrevista a votantes negros que fueron “desaparecidos” de las listas electorales, intimidados, amenazados, arrestados, y envuelve tales acciones en el pasado del país. Por ejemplo, se cuenta la historia de 10 mujeres negras que fueron elegidas para el consejo escolar en Quitman, Georgia, a principios de la década de 2000, poco después de que Brian Kemp se convirtiera en secretario de estado de Georgia. Las acusó de introducir papeletas falsificadas en los buzones. Las mujeres se enfrentaron a sentencias de varios años de prisión. Finalmente fueron absueltas, pero una de las mujeres había considerado el suicidio y otra, que sufría de lupus, murió en medio de la terrible experiencia.
El infierno que soportaron las mujeres trajo a la memoria de la gente de la zona el horrible linchamiento de 13 negros en el sur de Georgia casi un siglo antes. Una de ellas era una mujer, Mary Turner, que estaba en su octavo mes de embarazo. Una turba la rodeó, la colgó de un árbol, boca abajo, por los tobillos y luego le abrió el abdomen, mientras aún estaba viva. El feto cayó al suelo, donde la turba lo mató.
Este documental nos abre el alma. Dios mío, el pasado sigue vivo, pero la visión principal de la película es trascendente. No es una película de nosotros contra ellos, sino de amor y coraje extraordinario: el coraje de tanta gente para crear la democracia en la que el país aún no se ha convertido.
Al final de la película, el narrador dice: “Pero los espíritus ahogados se levantarán. Estados Unidos es una casa embrujada y nuestras dinastías gobernantes han ido a la guerra con nuestros fantasmas, los fantasmas de nuestra historia. Hasta que Estados Unidos escuche a esos espíritus, ni ellos ni nosotros seremos libres”.
Robert Koehler (koehlercw@gmail.com), sindicado por PeaceVoice, es un periodista y editor galardonado de Chicago. Es el autor de Courage Grows Strong at the Wound y de su álbum de poesía grabada y obras de arte, Soul Fragments.
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Election Theft in the Context of Racism
As the Trump presidency digs its claws into the country – winner take all! – I look on in terrified amazement as he begins arrogantly instituting what can only be called his plan to devolve America back to the good old days: back to the era of Jim Crow certainty and whatever that might mean.
We’re white, we’re Christian, and we’re the best! Just ask Pete Hegseth.
This is the “Gulf of America”! It’s not Trump’s smugly renamed Gulf of Mexico; it’s the hole in the country’s collective consciousness, which Mr. President is hellbent on expanding. His plan is to make America safe for what it used to be and allow our old beloved prejudices to return. Deport the illegals! Kill wokeness! Stamp out understanding and awareness!
All of which leaves a few glaring questions hovering over the daily news: How the hell did this guy win a majority of votes? Is he really aligned with the nation’s primary beliefs? And if he isn’t . . . uh, what happened last November? Was the election rigged? Was it stolen? And if so, how? Do we live in a publicly proclaimed – yet fake – democracy?
This is a fascinatingly awkward question to ask, considering what happened on Jan. 6, 2021. A portion of the MAGA base – spurred on by their leader, who instantly proclaimed “fraud!” – stormed the capitol, busted its windows, tasered the police, clomped through the halls, left a gift of excrement on House Speaker Nancy Pelosi’s desk, and politely demanded that Vice President Mike Pence be hanged.
This time around, the Democrats had tea with the guy who beat them. They respected the transfer of power. They upheld our alleged democracy. But let’s be clear: There are questions that must be asked. Our system of government has serious flaws – it always has! And let’s be clear: When you’re in power – and want to stay in power – democracy, “the will of the people,” can be an enormous inconvenience.
All of which leads me to the amazing work of Greg Palast, who has been investigating the electoral process – tracking its flaws and lies – ever since the George W. Bush era. This time around, the essence of his analysis is this:
“Trump lost. That is, if all legal voters were allowed to vote, if all legal ballots were counted, Trump would have lost the states of Wisconsin, Michigan, Pennsylvania and Georgia. Vice-President Kamala Harris would have won the presidency with 286 electoral votes.
“And, if not for the mass purge of voters of color, if not for the mass disqualification of provisional and mail-in ballots, if not for the new mass ‘vigilante’ challenges in swing states, Harris would have gained at least another 3,565,000 votes, topping Trump’s official popular vote tally by 1.2 million.”
This wasn’t done with the simple snap of a powerful finger. Palast outlines numerous efforts over the years, at numerous governmental levels (in particular, Republican Gov. Brian Kemp of Georgia), to play games with the electoral process and interfere with – and outright eliminate – certain voters’ right to vote. These efforts include such tactics as rejecting mail-in ballots without valid reason, failing to enter newly registered voters in the voting rolls in time for them to vote in the presidential election, failing to count “provisional” ballots, and allowing registered voters to be challenged by ordinary citizens for extremely spurious reasons (e.g., their names match other names, such as a name in an obituary).
And who are these “certain voters” who are targeted? In essence, they’re voters of color: black, Hispanic, Muslim or whatever, often identifiable as such by their names. And powerful Republicans target them because they’re statistically likely to vote Democratic.
And this brings up Palast’s recently released documentary: Vigilantes Inc.: America’s New Vote Suppression Hitmen, which is available for view online. The term “vigilante,” with all its violent, KKK-esque implications, refers to those ordinary (white) citizens who have volunteered to be Republican name-checkers, looking for any and all possible reasons to challenge . . . oh, let us say, people with names such as Jose Garcia or James Brown. Challenge them bureaucratically, so their legitimacy as voters may be rescinded.
What I found utterly compelling about Vigilantes Inc. is the race-based – and historical – context in which the vigilantism is carried out. This documentary is about far more than the 2024 election. America’s present-moment racism is put under the harsh, glaring light of its own past – its post-Reconstruction, Jim Crow-era past, when efforts to “get around the 15th Amendment” included not only poll taxes (for blacks only) and spurious questions (“how many jellybeans in the jar?”) to outright intimidation and vicious violence.
In the documentary, Palast interviews black voters who were “disappeared” from the voting rolls, intimidated, threatened, arrested – and enwraps such actions in the country’s past. For instance, the story is told of 10 black women who were elected to the school board in Quitman, Ga., in the early 2000s, shortly after Brian Kemp became Georgia’s secretary of state. He accused them of stuffing tampered ballots into mailboxes. The women faced multi-year prison sentences. The were ultimately acquitted but one of the women had considered suicide and another, who suffered from lupus, died in the midst of the ordeal.
The hell the women endured brought up memories for people in the area of the horrific lynching of 13 blacks in southern Georgia nearly a century earlier. One of them was a woman, Mary Turner, who happened to be in her eighth month of pregnancy. A mob surrounded her, hung her from a tree – upside down – by her ankles, then cut open her abdomen, while she was still alive. The unborn child fell to the ground, where the mobbed killed it.
This documentary opens our souls. Oh my God, the past is still alive, but the film’s primary vision is transcendent. This is not a film of us vs. them, but of love and extraordinary courage: the courage – of so many people – to create the democracy the country has not yet become,
As the film ends, the narrator says: “But spirits drowned will rise. America is a haunted house and our ruling dynasties have gone to war with our ghosts – the ghosts of our history. Until America hears those spirits, neither they, not we, will be set free.”
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Robert Koehler (koehlercw@gmail.com), syndicated by PeaceVoice, is a Chicago award-winning journalist and editor. He is the author of Courage Grows Strong at the Wound, and his album of recorded poetry and art work, Soul Fragments.
