Fundacionales de Estados Unidos
Por/By Bob Topper
Cuando era estudiante universitario en Washington D.C., visité los grandes museos y monumentos de nuestra nación: la Casa Blanca y los monumentos a Washington, Jefferson y Lincoln. Ver el Monumento a Lincoln después de medianoche, con las luces tenues, fue especialmente conmovedor. Entonces, el rostro de Lincoln cobró vida, solemne y compasivo, pero a la vez decidido.
En la década de 1960, se podía llegar al Monumento a Lincoln en coche a cualquier hora del día y aparcar frente al Estanque Reflectante. Washington no es tan abierto ni acogedor hoy en día. El acceso a nuestros monumentos está restringido y, con los cambios que Trump está implementando y planeando, ya no será la ciudad que conocí. Estatuas doradas, un arco hitleriano y un opulento salón de baile que se alza sobre la Casa Blanca no reflejarán la dignidad y la fortaleza contenida de la América de 1960.
Washington se está convirtiendo en una ciudad que refleja las vanidades de un presidente egocéntrico cuya visión de Estados Unidos se alinea con la de los dictadores fascistas de hace cien años: Hitler en Alemania, Mussolini en Italia y Franco en España. Ellos también recurrieron a la arquitectura monumental y a monumentos ostentosos para proyectar poder, apropiarse de legados de grandeza pasada e imponer su ideología política en el paisaje urbano.
Presidentes fuertes como Washington, Lincoln, los Roosevelt y Kennedy confiaban en sí mismos y en sus logros. Dejaron la construcción de monumentos a las generaciones futuras.
La fascinación de Trump por el fascismo es compartida por sus seguidores nacionalistas cristianos, quienes reclaman un derecho especial al patriotismo basado en la sangre y la tierra. Su reclamo se fundamenta en la creencia errónea de que nuestra nación fue construida por europeos blancos cristianos y fundada sobre principios cristianos.
Si alguien tiene derecho a reclamar sangre y tierra, solo pueden ser los nativos americanos. Nuestra nación siempre ha sido multicultural. La verdadera visión de Estados Unidos, el sueño de Washington, Jefferson, Franklin y Adams, era la de una nación fundada en los principios de la Ilustración, no en los cristianos. Estos principios fueron proclamados en la Declaración de Independencia:
“Sostenemos como verdades evidentes por sí mismas que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador [el Dios de la naturaleza] de ciertos derechos inalienables; que entre estos se encuentran la Vida, la Libertad y la búsqueda de la Felicidad. Que para garantizar estos derechos, se instituyen gobiernos entre los hombres, que derivan sus justos poderes del consentimiento de los gobernados”.
La dedicación a estos ideales de la Ilustración —igualdad, libertad y democracia— hizo de Estados Unidos una gran nación. La sangre y la tierra eran irrelevantes.
Hoy, ese legado es deshonrado por un presidente solipsista y sus seguidores fascistas. Bajo el régimen de Trump, Estados Unidos ha abandonado en gran medida sus principios fundamentales.
Igualdad
Estados Unidos tiene una notable capacidad de superación. La institución de la esclavitud empañó nuestra fundación, pero una lucha de 89 años, que culminó con la pérdida de 700.000 vidas durante la Guerra Civil, consolidó un primer atisbo de igualdad racial. Cincuenta y cinco años después, la 13.ª enmienda afirmó la igualdad de derechos de voto para las mujeres.
Sin embargo, las desigualdades persistieron. Las brechas económicas se mantuvieron entre hombres y mujeres, y entre estadounidenses blancos y negros, mientras que el acceso desigual a las libertades individuales continuó. La segregación institucional también perduró, reforzada por las disparidades en la financiación de las escuelas locales. La discriminación contra las personas LGBTQ+ añadió otra dimensión a la lucha inconclusa por la igualdad.
Las iniciativas de diversidad, equidad e inclusión (DEI) intentaron reconciliar estas disparidades. Pero la administración Trump argumentó que tales esfuerzos obstaculizan la meritocracia individual y ha trabajado agresivamente para desmantelar los programas de DEI en nuestro gobierno, ejército e instituciones educativas.
La meritocracia presupone un proceso equitativo donde las recompensas se basan únicamente en el talento y el esfuerzo. Pero un proceso equitativo, una igualdad de condiciones, nunca ha existido realmente en la sociedad estadounidense. Desde sus inicios, los hombres blancos han disfrutado de ventajas fundamentales en riqueza, educación y libertades personales.
El objetivo de las iniciativas de DEI no es socavar la meritocracia, sino lograr la igualdad de oportunidades y establecer un terreno de juego equitativo.
Además, la administración Trump redujo significativamente el personal y eliminó las oficinas regionales responsables de la aplicación de los derechos civiles en los Departamentos de Trabajo, Educación y Vivienda y Desarrollo Urbano. La mayoría conservadora de la Corte Suprema también ha impulsado una serie de fallos judiciales que han reducido la protección de las personas LGBTQ+.
Democracia
Los intentos de Trump de anular las elecciones de 2020, su negativa a realizar una transferencia pacífica del poder y su incitación a la insurrección del 6 de enero constituyen violaciones atroces de nuestras normas democráticas. Es el único presidente derrotado que ha mostrado tal desprecio por nuestra Constitución. Además, el indulto que concedió al final de su mandato a los insurrectos —quienes habían sido juzgados y condenados justamente por nuestro sistema judicial imparcial— agravó aún más la ofensa.
Al comienzo de su primer mandato, Trump perdió el voto popular pero afirmó haber ganado por una mayoría aplastante. Alegó que los inmigrantes habían votado ilegalmente por Clinton. Desde entonces, ha sostenido que la democracia estadounidense es defectuosa, que nuestras elecciones están plagadas de votos ilegales de personas que no son ciudadanas y que están amañadas por gobiernos extranjeros mediante ciberataques a nuestros sistemas de votación electrónica. No ha presentado ni la más mínima prueba, pero sus incesantes quejas han adoctrinado a la mayoría de los republicanos, y su propaganda cuenta con el respaldo total de los republicanos de la Cámara de Representantes.
Su objetivo es sembrar dudas sobre nuestro proceso electoral, el cual es, de hecho, excepcionalmente seguro y justo. Según la Asociación de Abogados de Estados Unidos (American Bar Association), el impacto del fraude electoral es insignificante.
Por último, Trump y sus asesores trabajan para socavar las elecciones de mitad de mandato mediante la manipulación de los distritos electorales (*gerrymandering*) y la interferencia en las comisiones electorales estatales, a pesar de que estas no están bajo control federal según la Constitución. Además, exige acceso a registros confidenciales de votantes a nivel estatal e intenta manipular el voto por correo.
Asimismo, cabe esperar otro suceso similar al del 6 de enero para el 4 de enero de 2027, fecha en la que se prevé que una mayoría demócrata tome posesión de sus escaños en la Cámara de Representantes. El juez Michael J. Luttig —un republicano atípico, ajeno al movimiento MAGA— ha lanzado una advertencia escalofriante sobre los planes de la Administración y de la Cámara de Representantes, controlada por republicanos que actúan como sus lacayos. Lean el artículo de Luttig titulado «La batalla final por la democracia de Estados Unidos».
El costo de abandonar los principios fundacionales de Estados Unidos
El abandono de los principios fundacionales de Estados Unidos por parte del movimiento Trump-MAGA amenaza la supervivencia de nuestra democracia. Sin embargo, la mayoría del pueblo estadounidense decidió devolver a Donald Trump al poder, convirtiendo esta crisis no solo en un fracaso de liderazgo, sino también en un fracaso del criterio cívico.
Restaurar la confianza llevará generaciones. Los estadounidenses que aún creen en el sueño de los Padres Fundadores de igualdad, libertad y democracia necesitarán tiempo para recuperar la confianza en sus conciudadanos. Los aliados de Estados Unidos, que comparten esa visión democrática, también necesitarán tiempo antes de poder confiar plenamente de nuevo en el pueblo estadounidense.
Y aún no hemos tocado fondo.
Bob Topper, articulista distribuido por PeaceVoice, es ingeniero jubilado.
————————–
The Cost of Abandoning America’s Founding Principles
As a college student in Washington D.C. I visited our nation’s great museums and monuments – the White House, and the Washington, Jefferson, and Lincoln Memorials. Seeing the Lincoln Memorial after midnight, when the lights were dimmed, was especially moving. Then, Lincoln’s face came alive, somber, and compassionate, yet determined.
In the 1960’s one could drive up to the Lincoln Memorial at any time of day and park in front of the Reflecting Pool. Washington is not so open and inviting today. Access to our monuments is restricted and with the changes Trump is making and planning, it will no longer be the city I knew. Gold gilded statues, a Hitlerian arch, and an opulent ballroom towering over the White house, will not reflect the dignity and reserved strength of 1960 America.
Washington is becoming a city that mirrors the vanities of an egocentric president whose vision for America aligns with the fascist dictators of a hundred years ago–Germany’s Hitler, Italy’s Mussolini, and Spain’s Franco. They also relied on monumental architecture and self-indulgent monuments to project power and lay claim to legacies of past greatness and to impose their political ideology on the urban landscape.
Strong presidents like Washington, Lincoln, the Roosevelts and Kennedy, were confident in themselves and their achievements. They left the monument building to future generations.
Trumps infatuation with fascism is shared by his Christian nationalist followers who claim a special right to patriotism through blood and soil. Their claim is rooted in the mistaken belief that our nation was built by white Christian Europeans and founded on Christian principles.
If anyone has a right to lay claim to blood and soil, it can only be Native Americans. Our nation has always been multi-cultural. And the true vision of America, the dream of Washington, Jefferson, Franklin and Adams, was a nation founded on Enlightenment principles, not Christian. They were proclaimed in the Declaration of Independence:
“We hold these truths to be self-evident, that all men are created equal, that they are endowed by their Creator [nature’s God] with certain unalienable Rights, that among these are Life, Liberty and the pursuit of Happiness.–That to secure these rights, Governments are instituted among Men, deriving their just powers from the consent of the governed.”
Dedication to these Enlightenment ideals, equality, liberty and democracy, made America a great nation. Blood and soil were irrelevant.
Today, that legacy is dishonored by a solipsistic President and his fascist followers. Under the Trump regime, America has largely abandoned its defining principles.
Equality
America has a remarkable ability to improve itself. The institution of slavery marred our founding but an 89-year struggle, concluding with the loss of 700,000 lives during the Civil War, affirmed a first measure of racial equality. And fifty-five years later the 13th amendment affirmed equal voting rights for women.
Yet inequalities persisted. Economic gaps remained between men and women and between white and Black Americans, while unequal access to personal liberties continued. Institutional segregation endured as well, reinforced by disparities in local school funding. Bias against LGBTQ Americans added another dimension to the unfinished struggle for equality.
Diversity equity and inclusion (DEI) initiatives attempted to reconcile these disparities. But the Trump administration argued that such efforts obstruct individual meritocracy and has worked aggressively to dismantle DEI programs in our government, military, and educational institutions.
Meritocracy presumes an equal process where rewards are based only on talent and effort. But an equal process, a level playing field, has never truly existed in American Society. From the beginning white men have enjoyed fundamental advantages in wealth, education, and personal freedoms.
The aim of DEI initiatives is not to undermine meritocracy but to attain equal opportunity, to establish a level playing field.
What is more, the Trump administration has significantly reduced staff and eliminated regional offices responsible for civil rights enforcement across the Departments of Labor, Education, and Housing and Urban Development. The conservative majority on the Supreme Court has also advanced a series judicial rulings that have reduced protections for LGBTQ people.
Liberty
For the first and only time in U.S. history, the Supreme Court explicitly revoked a personal liberty that had been established and protected for decades. The Dobbs Decision, written by conservative Associate Justice Samuel Alito, overturned Roe v Wade. He concluded irrationally that a woman’s right to control her own body should be left to the states and decided by popular vote.
But decisions of this nature must be based on reason and evidence, which is exactly how Roe was decided. Abraham Lincoln would never have accepted Alito’s thinking for that would have left slavery to a popular vote
The Administration has also assaulted our liberties. It has conducted a comprehensive program to rollback civil and human rights, especially free speech, due process, and protections for the LGBTQ community.
Democracy
Trump’s attempts to overturn the 2020 election, his refusal to peacefully transfer power, and his encouragement of the January 6 insurrection are appalling violations of our democratic norms. He is the only defeated President ever to have shown such distain for our Constitution. And his second term pardon of the insurrectionists, who had been fairly tried and sentenced by our impartial judicial system, added insult to that injury.
At the beginning of his first term Trump lost the popular vote but claimed to have won by a landslide. He said that immigrants had voted illegally for Clinton. Since then, he has charged that American democracy is flawed, that our elections are fraught with illegal votes by non-citizens and rigged by foreign governments using cyber-attacks on our electronic voting systems. He has not produced even a modicum of evidence, but his relentless whining has indoctrinated most Republicans, and his propaganda is fully endorsed by House Republicans.
Their objective is to sow doubt about our election process, which is, in fact, exceptionally secure and fair. According to the American Bar Association, the effect of voter fraud is infinitesimal.
Finally, Trump and his advisors work to undermine the mid-term elections by gerrymandering voting districts, and interfering with state election commissions, though constitutionally they are not under federal control. Moreover, he demands access to confidential state voter records and attempts to manipulate mail-in ballots.
And we can expect another J6-like event on 4 January 2027 when a Democrat majority is expected to be seated in the House. Judge Michael J. Luttig, a rare non-MAGA Republican has issued a chilling warning about what the Administration and his sycophantic Republican controlled House are planning. Read Luttig’s “Final Battle for America’s Democracy.”
The Cost of Abandoning America’s Founding Principles
The Trump-MAGA movement’s abandonment of America’s founding principles threatens the survival of our democracy. Yet a majority of the American people chose to return Donald Trump to power, making this crisis not only a failure of leadership but also a failure of civic judgment.
Restoring trust will take generations. Americans who still believe in the founders’ dream of equality, liberty, and democracy will need time to regain confidence in their fellow citizens. America’s allies, who share that democratic vision, will also need time before they can fully trust the American people again.
And we have yet to reach bottom.
Bob Topper, syndicated by PeaceVoice, is a retired engineer.
