Por/By Drew Johnson
Mientras Silicon Valley invierte cientos de miles de millones de dólares en una carrera armamentista de inteligencia artificial, se libra una batalla paralela en torno a algo mucho menos visible, pero igual de trascendental: Netflix y una legión de gigantes tecnológicos —tales como Apple, Microsoft y Google— están colaborando discretamente para hacerse con el control de las tecnologías que sustentan el *streaming* de video.
Esta erosión de un mercado competitivo conducirá inevitablemente a un estancamiento de la innovación, a la fabricación de dispositivos electrónicos de consumo de calidad inferior y a una contracción del mercado laboral para la fuerza de trabajo estadounidense.
Como defensor de toda la vida del sector de las pequeñas empresas, he sido testigo de primera mano de cómo los innovadores ágiles pueden alterar el *statu quo* y, con el tiempo, asumir el liderazgo. Sin embargo, una vez que estas *startups* se convierten en parte del *establishment*, con frecuencia sucumben a la tentación de proteger su propio territorio. En lugar de superar a la siguiente generación mediante la innovación, intentan paralizarla.
Este impulso resulta particularmente agresivo dentro del sector tecnológico.
Basta con mirar a la Alliance for Open Media (AOM), un grupo encabezado por pesos pesados como Google, Amazon y Apple.
La AOM presenta su *software* como “abierto” y “libre de regalías”, pero existe una salvedad importante: cualquier empresa que desee utilizar estas herramientas debe ceder sus derechos de propiedad intelectual a los miembros de la AOM sin recibir compensación alguna. Para los gigantes tecnológicos que valen billones de dólares, este es un intercambio ventajoso: obtienen acceso a una biblioteca de tecnologías a cambio de perder tan solo una cantidad insignificante de los ingresos derivados de las licencias.
Sin embargo, para las empresas especializadas y centradas en la investigación, estas condiciones constituyen una sentencia de muerte. Todo su modelo de negocio descansa en la capacidad de otorgar licencias sobre sus invenciones. Si rechazan los términos de la AOM, se ven obligadas a competir contra una alternativa “gratuita” fuertemente subsidiada por las corporaciones más ricas del mundo.
Aprovechando su inmenso alcance, las grandes tecnológicas pueden imponer los protocolos de la AOM como el estándar predeterminado de la industria, eliminando de hecho cualquier alternativa. Cuando una plataforma dominante canaliza a los usuarios hacia sus propias soluciones internas, los innovadores independientes quedan borrados del mercado.
En esencia, las grandes tecnológicas utilizan el marco de la AOM para apropiarse gratuitamente de las invenciones de otras empresas, consolidando así su propia tecnología como la única opción viable en el mercado.
Es más, una vez que la competencia haya sido eliminada, es muy probable que esas condiciones de “gratuidad” desaparezcan. Hemos sido testigos de esta estrategia de “cebo y cambio” (*bait and switch*) a lo largo y ancho del panorama digital, desde las tiendas de aplicaciones hasta las redes sociales. Las grandes empresas atraen a usuarios y creadores ofreciendo acceso abierto, solo para luego aumentar los precios o endurecer las restricciones una vez que el ecosistema depende totalmente de ellas.
Sin embargo, hay esperanza, ya que los organismos de supervisión están prestando atención al asunto. Los responsables de la política antimonopolio de la administración Trump han advertido que los acuerdos promocionados como «libres de regalías» pueden, en realidad, servir para consolidar monopolios y relegar a la sombra a los rivales más pequeños.
La solución es sencilla. Ya contamos con una alternativa probada: los organismos internacionales de normalización. Se trata de un sistema en el que prevalecen las ideas más sólidas, los inventores reciben una compensación justa y los consumidores están protegidos por un terreno de juego equitativo. Debemos seguir defendiéndolo.
En última instancia, defender el derecho de los pequeños inventores a patentar y licenciar sus obras constituye la forma más eficaz de salvaguardar al consumidor. No podemos dejarnos seducir por la promesa engañosa del software «gratuito» si ello implica entregar a las grandes tecnológicas el control total de nuestras pantallas a través de AOM.
Drew Johnson es analista de políticas tecnológicas y presupuestarias, supervisor de la gestión gubernamental y columnista político. Actualmente es candidato al cargo de Tesorero del Estado de Nevada.
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Big Tech’s Hidden Plan to Strangle Streaming Innovation
As Silicon Valley pours hundreds of billions of dollars into an artificial intelligence arms race, a parallel battle is unfolding over something far less visible but just as consequential: Netflix and a legion of tech giants — such as Apple, Microsoft, and Google — are quietly collaborating to seize control of the technologies behind video streaming.
This erosion of a competitive marketplace will inevitably lead to stagnant innovation, subpar consumer electronics, and a shrinking job market for the American workforce.
As a career-long supporter of the small business sector, I have witnessed firsthand how agile innovators can disrupt the status quo and eventually take the lead. However, once these startups become the establishment, they frequently succumb to the temptation of protecting their territory. Instead of out-innovating the next generation, they attempt to paralyze them.
This impulse is particularly aggressive within the tech sector.
Look no further than the Alliance for Open Media (AOM), a group spearheaded by heavyweights like Google, Amazon, and Apple.
AOM pitches its software as “open” and “royalty-free,” but there is a significant caveat. Any firm wishing to use these tools must surrender its intellectual property rights to AOM members without compensation. For trillion-dollar tech giants, this is a winning trade: they gain access to a library of tech while losing only a negligible amount of licensing profit.
However, for specialized, research-focused firms, these conditions are a death sentence. Their entire business model rests on the ability to license their inventions. If they refuse AOM’s terms, they are forced to compete against a “free” alternative heavily subsidized by the world’s wealthiest corporations.
Using their vast reach, Big Tech can mandate AOM protocols as the industry default, effectively erasing alternatives. When a dominant platform funnels users toward its own internal solutions, independent innovators get erased from the market.
Essentially, Big Tech uses the AOM framework to harvest other firms’ inventions for free, cementing its own tech as the only game in town.
Furthermore, once the competition has been cleared away, the “free” terms are likely to vanish. We have seen this “bait and switch” across the digital landscape, from app marketplaces to social networks. Large firms entice users and creators with open access, only to hike prices or tighten restrictions once the ecosystem is totally dependent on them.
There is hope, however, as oversight bodies are taking notice. The Trump administration’s antitrust leaders have cautioned that agreements marketed as “royalty-free” can actually serve to anchor monopolies and push smaller rivals into the shadows.
The fix is straightforward. We already possess a proven alternative: international standards-setting bodies. It is a system in which the strongest ideas prevail, inventors are fairly compensated, and consumers are protected by a level playing field. We must continue to champion it.
Ultimately, defending the rights of small inventors to patent and license their work is the most effective way to safeguard the consumer. We cannot be lured by the deceptive promise of “free” software if it means handing Big Tech total control over our screens through AOM.
Drew Johnson is a tech and budget policy analyst, government watchdog, and political columnist. He is currently a candidate for Nevada State Treasurer.
