Por Robert C. Koehler
«Toda una civilización morirá esta noche, para no volver jamás».
Escuchemos de nuevo estas palabras virales, mientras se ciernen sobre el planeta… mientras se ciernen sobre —¡Dios mío!— el futuro. Por fin, por fin ha llegado el momento de que hasta el último de nosotros libere la pregunta que estas palabras nos imponen —desde la privacidad, desde el cinismo de nuestros corazones— y la gritemos colectivamente hasta que comience a orbitar el planeta Tierra: ¿Cómo trascendemos la guerra?
Las palabras, por supuesto, son las de Donald Trump, presidente de los Estados Unidos y tal vez el ser humano más poderoso y atormentado del planeta, cuyo dedo tiene acceso al «botón nuclear». Estas palabras forman parte de varias publicaciones en redes sociales que lanzó la semana pasada, mientras su guerra sin sentido contra Irán seguía descontrolándose. Irán estaba contraatacando. Cerró el estrecho de Ormuz, provocando un caos financiero en todo el mundo.
Esta fue su publicación el Domingo de Pascua (5 de abril): «El martes será el Día de las Centrales Eléctricas y el Día de los Puentes; todo en uno, en Irán. ¡¡¡No habrá nada igual!!! Abrid el puto estrecho, bastardos locos, o viviréis en el Infierno. ¡YA VERÉIS! Alabado sea Alá».
Sí, lo sé; casi todo el mundo ha leído estas publicaciones, la mayoría con conmoción e indignación, pero las incluyo en esta columna para mantenerlas vinculadas a la enorme pregunta que plantean. El lunes escribió:
«Su infraestructura podría ser aniquilada en una sola noche. Os lo digo: ni puentes, ni centrales eléctricas. Estoy considerando volar todo por los aires y apoderarme del petróleo».
Y el martes anunció que toda la civilización de Irán moriría esa misma noche. Esto sonó, por supuesto, como la amenaza de un demente de bombardear el país con armas nucleares, desencadenando posiblemente quién sabe qué. Quizás una represalia nuclear… ¿por parte de China? ¿Quién sabe? Y no, no llevó a cabo esa amenaza la semana pasada. Irán sigue existiendo, la guerra continúa y el estrecho de Ormuz se encuentra ahora bajo un doble bloqueo. Pero Trump compartió con el mundo la absoluta demencia que lo posee. Y todavía tiene el poder de desatar una guerra nuclear. Quizás esto no suceda. Quizás esta guerra termine. Quizás sobrevivamos a la presidencia de Trump. ¡Pero quizás no! Trump ha dejado al descubierto la traicionera insensatez de la estructura política global con una claridad sin precedentes. La Destrucción Mutua Asegurada (también conocida como MADness, o «locura») —la premisa de «mientras tú no me ataques con armas nucleares, yo no te atacaré a ti»— es absolutamente defectuosa. Las armas nucleares no van a desaparecer. Y el futuro de la humanidad no está a salvo; ciertamente no lo estará mientras la declaración de guerra y la dominación (el asesinato) del «enemigo» sigan constituyendo el núcleo de la política global.
Pero Trump representa la amenaza más evidente del momento; recientemente, cuatro expertos en psiquiatría, junto con el analista de políticas públicas Jeffrey Sachs, enviaron una carta a los líderes del Congreso (tanto republicanos como demócratas) advirtiéndoles que el presidente ha cruzado un umbral psicológico y está manifestando en su comportamiento lo que se conoce como la «Tríada Oscura» de rasgos de personalidad: maquiavelismo (falta de empatía), narcisismo (egocentrismo) y psicopatía (comportamiento antisocial). La carta insta al Congreso a recuperar su autoridad constitucional en materia de declaración de guerra y a considerar la invocación de la 25.ª Enmienda, la cual podría destituir al presidente de su cargo.
Sin embargo, incluso si esto llegara a ocurrir, solo abordaría una parte del peligro nuclear que acecha al planeta. Tal como escribieron recientemente Jonathan Grannoff y Steven Hendrix en *Foreign Policy in Focus*:
«Independientemente de si el alto el fuego con Irán se mantiene o no, y de si Irán conserva o no su reserva de uranio y su programa de enriquecimiento, una cosa está clara: los peligros nucleares van en aumento».
Por ejemplo, señalan: «La guerra en Irán ha hecho que la proliferación nuclear resulte más probable, no menos. Es evidente que, si Irán hubiera poseído armas nucleares, no habría sido atacado. Esta constituye una poderosa lección práctica para otros países, al mostrarles por qué podrían desear desarrollar sus propias armas nucleares».
¿Y quién sabe cuántos países —especialmente naciones del Tercer Mundo— podrían comenzar repentinamente a sopesar el valor de contar con un arsenal nuclear? Cuando se poseen armas nucleares de verdad, las grandes potencias te dejan en paz. La guerra de Irán ha despertado casi con total certeza esta conciencia, añadiendo una ironía aún mayor a su supuesto objetivo de garantizar nuestra seguridad.
«Esto trasciende lo burlesco y resulta peligrosamente desacertado», escriben Grannoff y Hendrix. «Se trata, en el mejor de los casos, de una amnesia estratégica; en el peor, de caminar sonámbulos hacia el Armagedón…
El problema no radica únicamente en quién las posee, sino en la complejidad y fragilidad inherentes a los propios sistemas nucleares. El mayor peligro tal vez no sean los líderes irracionales o los regímenes inestables, sino los plazos de decisión reducidos, la información imperfecta, las vulnerabilidades tecnológicas y el riesgo siempre presente del error humano en todos los sistemas nucleares».
Y las armas nucleares, como digo, no van a desaparecer. E incluso si lo hicieran, la humanidad sigue siendo capaz de infligir un daño incalculable a sus enemigos y, de hecho, a aquellas personas que simplemente se interponen en su camino. Por lo tanto, lo que debe desaparecer —aquello que debemos superar mediante la evolución— es la guerra misma. De ningún modo afirmo esto de manera simplista. El conflicto, el desacuerdo, la ira y el odio siempre nos acompañarán; sin embargo, pueden ser abordados —e incluso sanados—, ciertamente al menos en el plano personal. La resolución de conflictos constituye un proceso de aprendizaje para todas las partes involucradas. Es, sin duda alguna, un proceso creativo.
Cuando entramos en guerra, la muerte de las personas se convierte en una abstracción. Esto es precisamente lo que permite que la guerra permanezca arraigada en la política global, con la ayuda —huelga decirlo— de los principales medios de comunicación. Y así, permanecemos atrapados en la supuesta inevitabilidad de la guerra. Trump, con su psicopática honestidad, está haciendo añicos esa inevitabilidad; incluso el propio estamento militar estadounidense está comenzando a distanciarse de él.
Quizás el «presidente de la paz» haya sentado las bases… para trascender la guerra.
Robert Koehler (koehlercw@gmail.com), distribuido por PeaceVoice, es un periodista y editor galardonado con sede en Chicago. Es autor del libro *Courage Grows Strong at the Wound*, así como del álbum de poesía recitada y obras artísticas titulado *Soul Fragments*.
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How do we transcend war?
By Robert C. Koehler
“A whole civilization will die tonight, never to be brought back again.”
Let’s listen again to these viral words, as they hover over the planet . . . as they hover over, good God, the future. Finally, finally, the time has come for every last one of us to release the question these words force on us, from the privacy, from the cynicism, of our hearts, and collectively scream it until it begins to orbit Planet Earth: How do we transcend war?
The words, of course, are those of Donald Trump, U.S. president and perhaps the most powerful and troubled human being on the planet, whose finger has access to the “nuclear button.” The words are part of several social media posts he let loose last week, as his pointless war on Iran continued spiraling out of control. Iran was fighting back. It closed the Strait of Hormuz, creating financial chaos around the world.
This was his post on Easter Sunday (April 5): “Tuesday will be Power Plant Day, and Bridge Day, all wrapped up in one, in Iran. There will be nothing like it!!! Open the fucking strait, you crazy bastards, or you’ll be living in Hell — JUST WATCH! Praise be to Allah.”
Yes, I know, almost everyone has read these posts, mostly in shock and outrage, but I plunk them into this column in order to keep them connected to the enormous question they open. On Monday he wrote:
“Their infrastructure could be taken out in one night. I’m telling you, no bridges, no power plants. I’m considering blowing everything up and taking over the oil.”
And on Tuesday he announced that Iran’s entire civilization would die that night. This sounded, of course, like a lunatic threat to nuke the country, possibly triggering God-knows-what. Maybe nuclear retaliation – from China? Who knows? And no, he didn’t carry out that threat last week. Iran still exists, the war goes on, the Strait of Hormuz is now double-blockaded. But Trump shared with the world the utter lunacy that possesses him. And he still has the power to launch a nuclear war.
Maybe this won’t happen. Maybe this war will end. Maybe we’ll survive the Trump presidency. But maybe we won’t! Trump has made the treacherous insanity of the global political structure as clear as it has ever been. Mutually Assured Destruction (a.k.a., MADness)– as long as you don’t nuke me, I won’t nuke you – is absolutely flawed. Nuclear weapons won’t go away. And humanity’s future is not secure, certainly not as long as waging war and dominating (killing) “the enemy” remains at the core of global politics.
But Trump is the most obvious threat of the moment, and recently, four psychiatric experts along with public policy analyst Jeffrey Sachs sent a letter to the leaders of Congress (both Republican and Democrat) warning them that the president has crossed a psychological threshold and is exhibiting in his behavior what is called “the Dark Triad” of personality traits: Machiavellianism (lack of empathy), narcissism (self-absorption) and psychopathy (anti-social behavior). The letter urges Congress to reclaim its constitutional authority over the waging of war and look into the evocation of the 25th Amendment, which could remove the president from office.
But even if this actually happens, it only addresses part of the planet’s nuclear endangerment. As Jonathan Grannoff and Steven Hendrix wrote recently at Foreign Policy in Focus:
“Whether or not the ceasefire with Iran holds, and whether or not Iran keeps its uranium stockpile and enrichment program, one thing is clear: nuclear dangers are growing.”
For instance, they note: “The war in Iran has made nuclear proliferation more likely, not less. Clearly, if Iran had nuclear weapons, it would not have been attacked. That’s a powerful object lesson for other countries in why they might want to pursue nuclear weapons themselves.”
And who knows how many countries, especially Third World countries, may suddenly start considering the value of having a nuclear arsenal? When you actually possess some nukes, the big countries will leave you alone. The Iran war has almost certainly opened up this awareness, adding further irony to its alleged goal of keeping us safe.
“This is beyond farcical and dangerously misguided,” Grannoff and Hendrix write. “It is strategic amnesia at best, sleepwalking into Armageddon at worst. . . .
“The problem is not just who possesses them; it’s the inherent complexity and fragility of nuclear systems themselves. The greatest danger may not be irrational leaders or unstable regimes, but compressed decision timelines, imperfect information, technological vulnerabilities, and the ever-present risk of human error in all nuclear systems.”
And nuclear weapons, as I say, are not going away. Even if they did, humanity is still capable of inflicting endless harm on its enemies and, indeed, on people who are simply in the way. So what has to go away – what we have to evolve beyond – is war itself. By no means am I saying this simplistically. Conflict, disagreement, rage, hatred will always be with us, but they can be addressed, indeed, healed – certainly at the personal level. Conflict resolution is a learning process for all sides. It’s definitely a creative process.
When we go to war, people’s deaths become abstractions. This is what allows war to remain embedded in global politics, with, of course, the help of the mainstream media. And thus we remain locked in the inevitability of war. Trump, in his psychopathic honesty, is shattering that inevitability; even America’s military is backing away from him.
Perhaps the “peace president” has created a starting point . . . for transcending war.
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Robert Koehler (koehlercw@gmail.com), syndicated by PeaceVoice, is a Chicago award-winning journalist and editor. He is the author of Courage Grows Strong at the Wound, and his album of recorded poetry and artwork, Soul Fragments.
